
Chasqui
76, 2001
PRENSA:"El Espectador" de Colombia: Agonía de un periódico
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Los
enfrentamientos entre estudiantes y policías que estremecieron la tranquilidad
lugareña de la capital de Antioquia, en mayo de 1921, fueron motivados por el
retrato al óleo de un periodista. El Congreso Nacional había ordenado honores a la
memoria del fundador de El Espectador,
don Fidel Cano, y el gobernador Miguel M. Calle se había negado a cumplir ese
mandato. Cuando se trató de colocar ese óleo en la galería de personajes del
paraninfo de la Universidad de Antioquia, el funcionario se negó, en parte por
la repulsa que se había producido en la muy tradicional sociedad antioqueña a
que, al lado de la imagen del Sagrado Corazón y entre patriarcas antioqueños, llevados a la inmortalidad del
óleo, quedara la imagen de don Fidel “exponente de cultura, virtud y
patriotismo”, según el senado, “adalid del periodismo descreído e impío”
para el editorialista del periódico local, El Colombiano (21-04-1921). El
conflicto se agudizó cuando los estudiantes, enardecidos, descolgaron el cuadro
del Sagrado Corazón para
entronizar en su lugar el óleo de don Fidel; exceso que él mismo hubiera
condenado. Pero aparte del explosivo contenido de lucha religiosa que adquirió
el episodio, ubicar ese óleo en la
galería de los personajes regionales representaba la legitimación y exaltación
de un periodismo sin dependencias de poder alguno: ni del político, ni del
militar, ni del eclesiástico, ni del económico. Para el gobernador y en
general para las gentes en el poder, un periodista era lo más próximo a un
delincuente, se miraba como un personaje reconocidamente peligroso, o como “un
gamonal de la pluma”, según la expresión del expresidente Miguel Antonio
Caro. Al comenzar el siglo XXI, cuando el periódico fundado
por don Fidel llegaba a los 114 años como el segundo periódico más antiguo
del país, ha dejado de ser diario y se ha convertido en semanario, episodio que
puede ser el último de una procelosa historia de luchas por la información
libre. El
azaroso oficio de ser libre Solo habían
pasado 30 días después de la publicación del primer número de El
Espectador cuando su director comenzó a pagar el precio de escribir con
libertad. Aquél periódico era una hoja aparentemente insignificante en cuya
primera página dominaba, como una marea creciente, el oleaje de los avisos de
propaganda comercial que solo dejaban una reducida playa
en el ángulo superior izquierdo para un texto, también comercial, sobre
el propio periódico; pero esa hojita provinciana tuvo fuerza suficiente para
inquietar en Bogotá al propio presidente que ordenó al gobernador de Antioquia
“ atenerse al artículo K de la Constitución.” Se trataba de un artículo
transitorio de la Constitución, adoptada dos años antes, en el que se
autorizaba a la policía impedir la circulación de publicaciones que atentaran
contra el honor de las personas, el orden social y la tranquilidad pública.
Aunque el documento correspondiente llevaba por título: ”Sobre
libertad de prensa y juicios por los abusos de la misma,” la atención
del gobierno se concentraba más en los abusos que en la protección de la
libertad. Extraña la impavidez, exenta de cualquier escrúpulo
democrático, con que los distintos gobiernos procedieron contra El
Espectador a lo largo de su historia. Había sofismas para legitimar esas
acciones, como el que consignó el presidente Rafael Núñez en 1888 en una
carta a Jorge Holguín: “ la imprenta es incompatible con la obra
necesariamente larga que tenemos entre manos.” Para este presidente, coautor
de la Constitución de 1886 “ la imprenta no es elemento de paz sino de
guerra,” en consecuencia a los periódicos se los combatía como a un ejército
enemigo. El gobernante le imponía trabas y silencios. Al aparecer el primer número
de El Espectador estaba prohibido
referirse a los jesuitas. Medio siglo después, anotaba don Gabriel Cano, “no
se nos permitió a los periodistas independientes tocar siquiera de manera
superficial el tema de la violencia.” El poder eclesiástico fue aún más quisquilloso en
materia de temas que se debían evitar. Cuando un columnista manizaleño publicó
una nota en la que destacaba el contraste entre la pobreza y humildad de los apóstoles
de Cristo y la fastuosidad con que la Iglesia preparaba la celebración de las
bodas de oro sacerdotales del Papa León XIII, el obispo de Medellín, Bernardo
Herrera Restrepo prohibió “ leer, comunicar, transmitir, conservar o de
cualquier manera auxiliar al periódico titulado El
Espectador.” Un siglo después, la circulación de El
Espectador en Medellín no era pecado, pero la habían restringido, esta vez
los sicarios de Pablo Escobar compraron toda la edición para evitar que el periódico
fuera leído, y acabaron asesinando a los empleados del periódico. El Espectador, como en los tiempos del obispo Herrera, tuvo entonces
una circulación clandestina. Al hacer memoria de la historia del periódico don
Gabriel Cano, su director en 1958, recordaba los “dos lustros de dictadura”
padecidos por el periódico: “del gobierno del doctor Mariano Ospina Pérez en
1949, del doctor Laureano Gómez en 1950, del doctor Roberto Urdaneta Arbeláez
en 1951 y del general Rojas en 1953.” Fueron años de censura oficial
implacable, de asalto y destrucción de las instalaciones del periódico, de
multas con toda clase de pretextos, de suspensión y cierre del diario. En
septiembre de 1956, durante la XII Asamblea General de la SIP, celebrada en La
Habana, el director de El Espectador
manifestó ante un conmovido auditorio de directores de periódicos de todo el
continente: “me considero el
depositario responsable de una tradición casi centenaria de dignidad e
independencia, que no debo y no quiero dejar disminuir en mis manos.” En ese
momento, para circular, el periódico había cambiado de nombre y se llamaba El
Independiente. En el acta correspondiente, la Sociedad destacó “la heroica e
infatigable resistencia a la nefasta censura y al sofocamiento económico
impuesto por la dictadura.” Cárceles
y multas La tercera
suspensión del periódico en 1891 estuvo acompañada por la prisión de su
director. El gobernador de Antioquia, Abraham García, apresó al director Fidel
Cano, durante casi un año, sin que autoridad alguna explicara las razones de la
detención. Al final, en nombre del vicepresidente de la República le
notificaron a don Fidel que “por un acto de indulgencia volvía a la condición
de hombre libre.” Entonces el periodista escribió: “indulgencia es
facilidad para perdonar, y perdón no se otorga sino a los culpados; luego yo
cargo con una culpa –enorme, sin duda, pues a pesar de haberla expiado ya,
larga y duramente, se necesita que el jefe de la nación se arme de indulgencia
suma para remitírmela- ¡y a fuerza de magnanimidad el gobierno me la remite,
en efecto! Pues bien: si él insiste en acusarme con su mismo perdón, yo
insisto en defenderme; y así como ayer pregunté qué se me castiga, pregunto
hoy qué se me perdona.” Además de la prisión sin explicaciones, se intentó
la asfixia económica contra El
Espectador a través de multas y de castigos tributarios que resultaban
devastadores en una empresa para la que las ganancias no eran una prioridad..
Cuando El Espectador dejó de
circular como vespertino, a pesar de que no tenía competencia en el mercado y
sus ganancias eran apreciables, el director explicó que “ un diario de la
tarde puede producir dinero, pero no produce opinión.” Fue un periódico que
nació pobre “ con máquinas y tipos de tercera y hasta de quinta mano,
tomados aquí y allá de entre los desechos que aportaban, por inservibles,
otras imprentas,” contaba don Gabriel Cano quien recordaba aquellos chibaletes
de madera, las fuentes de 12,10, 8 y 6 puntos y la prensa Washington de mano que
podía hacer entre 100 y 200 tiros por hora, según fuera el estado físico del
operador. El periódico que se imprimía en esas condiciones “salía a
cualquier hora, cuando lo dejaban salir los esbirros del régimen, o cuando su
abnegado editor lograba reunir fondos para pagar el papel y los obreros.” Es fácil
entender, al menos así lo tuvieron en cuenta los enemigos del periódico que
desde el gobierno querían silenciarlo, lo que representaba para este periódico
económicamente vulnerable, un asedio a su desabastecida caja. Que fue lo que
hizo en 1892 el ministro de gobierno, Antonio B. Cuervo, al multarlo por
considerar que una nota del periódico era subversiva:” impuse a usted una
multa de 200 pesos por considerar subversivo dicho escrito. Dios guarde a
usted,” notificó el ministro.
“Puede su señoría disponer del dinero que ha resuelto exigirme forzosamente.
Dios me guarde de usted,” respondió don Fidel. Ante el
ataque, la ayuda En adelante, los enemigos del periódico dispararían
contra la caja de El Espectador, como
si ahí estuviera su talón de Aquiles. La crisis de los años 30, que a tantas
empresas dejó en la ruina, golpeó fuertemente la frágil economía del periódico,
que pudo sobrevivir merced a la ayuda del doctor Eduardo Santos, director del
diario El Tiempo. Recuerda don Gabriel Cano que Santos “acudió en ayuda del
moribundo y lo salvó de la total
ausencia al abrirle, en condiciones liberalísimas, las puertas de los talleres
de El Tiempo para que pudiera editarse allí con menos estrecheces y dificultades.” Sabía bien lo que hacía, en consecuencia, la Oficina
de Información y Prensa de la dictadura del general Rojas Pinilla cuando le
impuso al periódico, el 20 de diciembre de 1955, una multa de diez mil pesos,
que el periódico pagó de inmediato, aunque advirtió en su editorial “El
Tesoro del Pirata”: “ ya ha llegado el ataque por el sistema típicamente
estratégico de minar la base económica de las empresas periodísticas
independientes.” Esa base había sido atacada
en forma brutal dos años antes cuando, bajo el régimen conservador, las
oficinas y talleres de El Tiempo y de El
Espectador fueron reducidas a cenizas, sin que los cuerpos de seguridad del
Estado intentaran cumplir con su deber de defender los bienes
de los ciudadanos. En esa oportunidad el periódico pidió a un juez
ordenar una inspección ocular de los daños y un avalúo de las pérdidas que,
según los peritos actuarios, ascendieron a 1.721.070 pesos. Multa
de una dictadura Cuando en 1959 la dictadura atacó de nuevo con una
sanción de 600 mil pesos, por presuntas inexactitudes en las declaraciones de
renta, el periódico pagó la multa pero al mismo tiempo quiso explicar a la
opinión pública su posición, en un editorial titulado: La Isla del Tesoro, en
que mostraba lo que se escondía detrás de esa multa. Cuando los censores
oficiales determinaron que el editorial no se publicaría, el periódico notificó
que si no se le permitía ejercer su derecho de defensa, dejaría de circular
por tiempo indefinido. Y así sucedió. El editorial daba cuenta del monto de las pérdidas que
había ocasionado el ataque a sus instalaciones con la advertencia: “jamás
pensamos cobrar ni recibir del Tesoro Público un solo centavo...entendemos que
el Tesoro Nacional es, o debe ser, el de todos los colombianos y no creemos
tener el derecho de mermarlo por culpas que solo son de sus custodios
accidentales.” Y concluía: “ no deja de resultar sarcástico que ahora
aparezcamos las víctimas no indemnizadas y no indemnizables, como los
defraudadores castigados del erario.” El periódico se había señalado, como
condición para volver a circular, la publicación de ese editorial, sin
recortes. Y a las personas amigas, entre ellos los jefes liberales Alfonso López
Pumarejo y Alberto Lleras Camargo, que le pidieron al director revocar su
determinación de suspender el periódico, éste les respondió: “El
Espectador no volverá a aparecer sino cuando pueda publicar, sin el más mínimo
recorte, su memorial de defensa, dentro de un mes, dentro de un año, o dentro
de un siglo.” A pesar de todo El
Espectador llegó a contarse
como “una de las tres empresas periodísticas mejor organizadas y más económicamente
capaces del país”. Las otras dos eran el diario El Tiempo, de Bogotá, y El
Colombiano, de Medellín. Otros nuevos enemigos se encargarían de poner a
prueba esa solidez económica. En
la mira de corruptos y narcos En 1982 el
periódico había culminado una investigación sobre la manipulación de
acciones en el Grupo Grancolombiano, que era uno de sus más fuertes
anunciadores. Cuando los artículos de denuncia comenzaron a aparecer y no
valieron los reclamos y presiones de la agencia, el grupo financiero retiró su
pauta publicitaria. El periódico
mantuvo sus denuncias y su atención
puesta sobre el tema hasta que el presidente del Grupo fue procesado y
encarcelado. Para el periódico fue un costoso servicio de información ofrecido
a sus lectores. Aún no se había repuesto de las pérdidas que le había
traído esa batalla, cuando comenzó otra, ésta más larga y dolorosa: la
denuncia persistente contra el narcotráfico, que dejó un sangriento saldo de
atentados; el mayor de ellos fue la explosión
de un camión bomba al pie de las instalaciones del periódico. Esa vez el
edificio quedó en ruinas y setenta y tres personas quedaron heridas, pero la
edición del día siguiente apareció con un contundente titular de primera página:
“Seguimos Adelante.” Más doloroso fue el saldo de muertos que dejó esta
guerra. En este lapso los funerales se sucedieron como una trágica rutina: Héctor
Giraldo Gálvez, columnista y abogado del periódico, Julio Daniel Chaparro y
Jorge Torres, reportero y fotógrafo, víctimas de los paramilitares; Roberto
Camacho, corresponsal en Leticia, y el propio director, Guillermo Cano,
asesinado el 17 de diciembre de 1986, al frente de las instalaciones del periódico. El
asedio final Este largo
recuento era necesario para mostrar que en más de un siglo de historia, a El
Espectador no lo pudieron silenciar ni los gobiernos autoritarios, ni los
baculazos episcopales, ni los cierres ordenados por gobernadores, presidentes o
dictadores militares, ni la destrucción de su sede en dos ocasiones, ni el
asedio económico de multas y sanciones tributarias, ni las bombas y
metralletas de los sicarios del narcotráfico, ni el retiro masivo de pautas
publicitarias. En todos esos casos, con maquinaria propia, o en talleres
prestados, como semanario, como mensuario, como vespertino o como diario, el
periódico nunca calló. Lo más parecido a un silenciamiento llegó el pasado
dos de septiembre cuando anunció que dejaría de ser diario para convertirse en
semanario. La opinión pública colombiana miró esta decisión como el preanuncio de un colapso definitivo para el viejo periódico
de 114 años, cuando había pasado a ser propiedad del grupo económico más
poderoso del país. Lo que no había sucedido en una procelosa historia de
persecuciones de toda clase, vino a ocurrir cuando una junta directiva,
calculadora en mano, decidió que el periódico no era viable económicamente. A las diez personas reunidas en Valores Bavaria, el 28
de agosto pasado, les presentaron tres posibilidades ante el hecho contable de
una pérdida mensual de 1.500 millones de pesos: o el cierre definitivo del periódico,
después de 114 años de existencia; o su reducción a una edición semanal, que
haría descender las pérdidas mensuales a 350 millones de pesos; o una inyección
de 50 millones de dólares. Esta opción fue descartada de plano, tras una pérdida
acumulada en los últimos tres años y 8 meses, de 79 millones de dólares. La
propuesta de cerrar implicaba una responsabilidad histórica que los presentes
no se atrevieron a asumir por lo que, muy a la colombiana, se escogió la vía
media de la edición semanal. Ataques
físicos con atentados El
Espectador había comenzado a morir años antes, cuando sus
enemigos lo sitiaron económicamente negándole publicidad y pretendieron
destruirlo físicamente con atentados. Una acumulación de deudas de 24 mil
millones había impuesto en 1996 una reestructuración que redujo la planta de
personal de 1.402 empleados a 669 y planteó la necesidad de atraer
inversionistas. Finalmente el Grupo Santo Domingo compró el periódico por 20
millones de dólares, asumió sus pasivos, nombró nuevo director y reemplazó a
los miembros de la familia Cano que hasta entonces habían estado en la dirección
y control del periódico . Entonces comenzó la que puede ser la agonía
definitiva del viejo diario. El día en que se anunció que El Espectador desaparecería como diario, su último director,
Carlos Lleras de la Fuente, explicó que los anunciantes habían retirado el 51
por ciento de la publicidad, como efecto de la crisis económica del país.
Antes, por la misma razón, habían desaparecido dos importantes periódicos
regionales: Occidente, de Cali, y Diario del Caribe, de Barranquilla, y en Bogotá
el diario La Prensa. Pero, casi simultáneamente, con la agonía financiera de El
Espectador estaban viviendo sus últimos días los noticieros de televisión
de los canales públicos, aquejados por el mismo mal: el recorte drástico de la
publicidad, que también obligó, aun a los medios más sólidos como empresas,
a declarar una alerta amarilla. Esta crisis generalizada, que amenaza el derecho
ciudadano a la información libre y que, por tanto, afecta la solidez de la
democracia, está dejando al descubierto las debilidades y fallas de la
estructura de los periódicos en este comienzo del nuevo siglo. Medios
y Grupos económicos Que El
Espectador haya muerto como diario, en manos del grupo económico más
poderoso del país, es un hecho rico en significados. La práctica corriente en
el mundo de las alianzas entre poderosos grupos, como la de Time y Uol, ha
dinamizado la economía, pero le ha creado serios dilemas a la libertad de
prensa. Los directores de Time expresaron en un inusual editorial dirigido a los
lectores que, a pesar de la fusión, su
libertad no había estado ni estaría en venta. Los dos más poderosos grupos económicos colombianos
han incorporado a sus activos importantes medios de comunicación que,
inevitablemente, han visto en riesgo su independencia. De hecho, esos grupos no
le dieron importancia a los medios de comunicación como generadores de riqueza.
Comparada su productividad con la de otras empresas de estos grupos, los medios
resultaban de segunda importancia; pero si su poder económico no era una
prioridad, sí lo era su poder político y social. El primer director de El
Espectador nombrado por el Grupo Santo Domingo, solo duró mientras no se
presentaron las tensiones que provocó el cubrimiento político del periódico.
Según los nuevos dueños, El Espectador debía apoyar incondicionalmente al candidato liberal para
las elecciones presidenciales de
1998. Cuando resultó elegido el candidato conservador, la orden fue apoyarlo,
ductilidad política e incondicionalidad que el director no aceptó. Fue
reemplazado por un viejo amigo de la familia Santo Domingo. El derecho de la
sociedad a recibir una información libre desaparece cuando los medios de
comunicación se concentran en pocas manos y pasan a ser activos políticos y
sociales de los poderosos. Esta realidad, aunque no fuera percibida en detalle, sí
fue captada por la opinión pública que, al ver desaparecer del escenario de El
Espectador, a la familia Cano, entendió que con ellos se iba la
credibilidad del periódico. Entre una familia que a través de tres
generaciones había librado intensas y bravas batallas de independencia y un
fabricante de cervezas, empresario de aviones y de otros negocios, la diferencia
fundamental era esa: estos tenían dinero pero no credibilidad. Cuando una
empresa periodística queda en manos de
un grupo económico es posible que se salve como negocio, es casi imposible que
sobreviva como periódico creíble. En el caso de El
Espectador no pasó ni lo uno, ni lo otro. Medios
y Publicidad Si El
Espectador dejó de ser diario, entre otras razones, por la caída de las
pautas de publicidad; si otros diarios y los noticieros de televisión han
desaparecido por la misma razón, es forzoso revisar la relación
publicidad-medios. En la vida de El Espectador, cuando el cerco económico no procedió del gobierno,
provino de los anunciantes. La alcaldía de Bogotá tomó represalias de esa
naturaleza cuando el periódico denunció las fallas de un costoso proyecto de vía
circunvalar; lo mismo hizo el banquero Jaime Michelsen cuando el periódico dejó
al descubierto la manipulación de acciones en el Grupo Grancolombiano; pero
todas estas fueron crisis sorteadas por el diario. La situación creada en la
actualidad es otra: la dependencia de los medios respecto de sus anunciantes ha
llegado a ser de tal naturaleza que en las manos del dueño de los avisos está
la vida o la muerte de la información libre. Aunque se trata de una relación
antigua, en la que anunciantes y medios habían llegado a una cohabitación sin
conflictos insolubles, los términos en que se plantea hoy esa relación han
llegado a ser amenazantes para la democracia. En efecto, tal como están las
cosas, para que una sociedad tenga información libre, debe contar con la
anuencia de los anunciantes. Anteriores conflictos, originados por la pretensión de
los anunciadores colombianos de influir en los contenidos de la información,
hasta el punto de querer determinar lo moral y lo inmoral, lo democrático y lo
no democrático, lo institucional y lo no institucional, habían encendido luces
de alarma en los medios colombianos; la desaparición de El Espectador agudiza los problemas de esa relación que, mientras
fue de mutua colaboración sirvió a periodistas y anunciantes; pero cuando se
convierte en dependencia, degenera en amenaza. A esto equivale una situación en
la que la información libre depende de las políticas publicitarias de las
empresas. Tradicionalmente se ha entendido que una prensa que depende de la
publicidad oficial para sobrevivir, deja la información libre en manos de los
gobernantes, que es tanto como darles a los gatos la vigilancia de la despensa ;
en cambio no ha sido tan claro para los dueños de periódicos
que entregar ese poder a los empresarios privados es aún más dañino
para la democracia. El antecedente colombiano de la muerte casi simultánea de
varios medios periodísticos, asfixiados por el recorte de la publicidad que se
origina en la empresa privada, es un argumento para pensar que la batalla por la
libertad de prensa ya no se libra en las dependencias gubernamentales, ni contra
leyes de censura, sino en las oficinas de los agentes de publicidad. En la búsqueda de soluciones a esta situación, ha
sido necesario regresar a los tiempos en que los periódicos sobrevivían a los
asedios económicos a golpes de austeridad. Tal vez allí está la fórmula que
hoy buscan los directores de medios: la reducción de la dependencia de la
publicidad. La supervivencia de medios de información libres siempre ha tenido
una relación estrecha con la capacidad para eliminar dependencias. Quizás ha
llegado el momento de examinar una dependencia que le está costando demasiado a
los medios y a la sociedad democrática, la de la tecnología. Medios
y tecnología Contaba
Gabriel Cano que fue El Espectador el
primer periódico colombiano que trajo la tipografía en caliente y agregaba:
“desde entonces El Espectador,
cuando lo han permitido sus recursos económicos, jamás ha estado atrás en los
adelantos editoriales.” Dos meses antes de su desaparición como diario, el
director de El Espectador sorprendió
con el pomposo lanzamiento de los
nuevos productos editoriales del periódico, en los que se destacaba la aplicación
de la mejor y más novedosa tecnología editorial. Entre el momento descrito por
don Gabriel y el canto de cisne del relanzamiento del periódico, los conceptos
dieron un salto mortal. Entre aquella tecnología elemental, que se actualizaba
“cuando lo permitían los recursos” y el despliegue de tecnología, más
publicitario que periodístico, se produjo un desvío que, a menudo, se
encuentra en el origen de mortales equivocaciones en los medios. Estos parecen
convencidos de la necesidad de incorporar
tecnologías de punta, no para establecer una más productiva comunicación con
sus lectores, sino para competir entre ellos, y como resultado
del triunfo en la competencia, llevarse la mayor tajada del ponqué
publicitario. Lo que inicialmente se había mirado como un medio, ha resultado
convertido en un fin. Se puede medir el impacto negativo de este trastrueque
de prioridades si se piensa que la tecnología de las comunicaciones, con su
constante desarrollo y la obsolescencia consiguiente de todos los productos,
impuso una constante renovación de equipos costosos que sólo pueden obtenerse
con la ayuda de financiaciones que recortan, cada vez más, la independencia de
los medios comprometidos en la absurda carrera. Han sido pocos los que se han
detenido a pensar sobre las prioridades fundamentales: ¿a qué apostarle: a la
libertad o a la tecnología? Porque es evidente que las dos difícilmente se
pueden tener. En un reciente taller de ética con periodistas peruanos, una
discusión sobre el tema concluyó en un apoyo casi unánime a la proposición:
“ se puede prescindir de la tecnología, pero no de la libertad.” La desaparición del diario El Espectador bajo el peso de deudas que, entre otras, había dejado
la devoción por las tecnologías de punta, acentúa la convicción de que la
tecnología está generando costos inaceptables en términos de libertad.
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| Chasqui
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