
Chasqui
76, 2001
LIBERTAD VERDADERA:AUTOCENSURA Y PROPAGANDA
|
![]() |
|
Entre
las víctimas conocidas del terror del 11 de septiembre en Nueva York y
Washington se encuentra la gran prensa estadounidense, en especial los
noticieros de televisión comercial. Diezmadas por la autocensura, la caída
económica y el deber de informar patrióticamente, las cadenas privadas de
noticias angloamericanas están lejos de ser el “Quinto Poder” que soñaron
antes de perder su rumbo en el último cuarto del siglo XX. Televidentes con
experiencia ratifican a diario cómo el periodismo audiovisual de la Guerra Fría,
a pesar del provincialismo y el oligopolio de la época, enfrentó con decisión
y relativa independencia los retos del Macartismo, de la era espacial, del
asesinato del Presidente Kennedy, y de las revueltas por derechos civiles o
contra la guerra del Vietnam. Lamentablemente, los noticieros comerciales de la
actual globalización y la lucha contra el terrorismo en EE.UU. tienen poco que
ver con la televisión de la edad dorada.
Edward R. Murrow, el gran comentarista del entonces nuevo medio de la
televisión, creía por ejemplo que los programas noticiosos desperdiciaban la
Primera Enmienda si no promovían un debate libre y vigoroso, con escenarios
abiertos, con una práctica de obtener noticias independientemente, y con una
actitud crítica hacia los asuntos públicos. Desilusionado, no tuvo más
alternativa que renunciar, acusando a las cadenas de una comercialización y una
sed de ratings que acabaría por asfixiar al periodismo audiovisual. Ni abierto,
ni crítico, ni independiente, Murrow, con increíble precisión, adivinó la
suerte del periodismo actual por televisión hace cuarenta años. |
|
|
Antes de la tragedia El
replanteamiento, puramente mercantil y tecnológico del viejo precepto del libre
mercado de las ideas, empujó a las cadenas privadas en los años ochenta a
concentrarse casi exclusivamente en la rentabilidad. Atemorizadas por la
competencia interna (Fox Network), la televisión por cable (CNN), el satélite
y otros sistemas, la industria de la televisión comercial adoptó una evidente
actitud pro-régimen al lado de los grandes intereses del gobierno o del mundo
empresarial, según le favoreciera. Envueltas en un torbellino de fusiones, con
alianzas comerciales que para mediados de 1990 ya alcanzaban los 375 mil
millones de dólares al año en Estados Unidos, las cadenas de TV comerciales
buscaron asegurar o establecer lazos rentables con los consorcios
transnacionales. La tendencia a la mega-empresa y la concentración, aun con la
diversidad por el ingreso de nuevas tecnologías y canales, hundió a los
noticieros en un festín de inversiones e intereses cada vez más opuestos a la
“objetividad” y la libertad de prensa.
Para fines del siglo XX, la industria
de la noticia por televisión comercial en EE.UU era un negocio de dura
competencia entre la CNN, subsidiaria del poderoso conglomerado AOL-Time Warner,
y las cuatro grandes redes al aire con sus respectivas casas matrices:
NBC-General Electric, Fox-News Corporation, CBS-Viacom, y ABC-Disney. Las
semi-cadenas UPN y WB ya habían caído también en manos de los conglomerados,
mientras que las hispanas, Univisión y Telemundo, jugaban un papel muy
marginal.
Recientemente, sin embargo, gracias al
efectivo crecimiento de la población y del mercado hispano, la NBC decidió
entrar otra vez al mundo latino con la adquisición de Telemundo por 1,980
millones de dólares. La primera vez lo hizo a través de Noticias NBC, fundada
en abril de 1993, y fracasó en menos de cuatro años. De cualquier modo, esta
última adquisición es incomparable con los no menos de U.S. $110 mil millones
que costó la fusión AOL-Time Warner incluyendo CNN. Recordemos además que la
AOL estuvo a punto de comprar Telemundo en agosto del 2001.
Lo anterior solo para indicar que
existe poco espacio en la prensa para algo distinto de la inversión y la
ganancia. En un ambiente de globalización donde el interés es posicionarse a
cualquier precio en el mercado mundial de la información, se sacrifica con
facilidad los rezagos de una tradición de autonomía noticiosa que en realidad
se perdió hace más de una década. De hecho, en medio de la ambición y el
“orden” económico global, la credibilidad de las cadenas privadas de TV
comenzó a sufrir con la invasión de Granada en 1983. Los Marines salieron a
“liberar” la isla caribeña sin la intervención de la prensa, mientras el
gobierno de Reagan aprovechó el periodismo amigable para fijar límites al
acceso de la información en tiempos de guerra y en zonas de combate.
Tales restricciones, incluyendo la
organización de cuadrillas de reporteros bajo la tutela de relacionistas públicos
militares, sirvieron posteriormente para amordazar la prensa en la invasión de
Panamá y en la Guerra del Golfo Pérsico. Pete Williams, un vocero del
Departamento de Defensa, llegó a comentar públicamente cómo los reportajes de
la guerra eran una simple repetición de lo que decían los funcionarios del
pentágono. CNN, renuente en ese entonces al control de las super-empresas,
apareció como una voz independiente, en medio de la pasividad de la noticia por
canales comerciales. Esto es, hasta que la CNN no resistió el magnetismo de los
conglomerados, acabando con su espíritu de autonomía y convirtiéndola en otra
cadena comercial más. Como sucede hoy con los disidentes, Peter Arnet, el crítico
estelar de la antigua CNN, fue denunciado por el promedio de la opinión
estadounidense como un periodista traidor y antipatriota de la causa militar en
el Medio Oriente.
Con el correr del tiempo, la
autocensura sobre la devastación de los bombardeos en Irak, los despidos de
reporteros y editores, y las actitudes pro-guerra y pro-gobierno de las cadenas
privadas, incluyendo la manipulación y distorsión de informaciones, llevaron
al famoso Walter Cronkite a decir que el verdadero horror de la Guerra del Golfo
Pérsico fue la censura de los medios noticiosos. Luego no nos debe sorprender
que cada vez que surge un conflicto armado, afirma el mismo profesor Jenssen,
“la verdad sea la primera baja, [pues] la prensa no ha aprendido la lección”. Durante
y Enseguida de la Tragedia
La guerra contra el terrorismo puede
parecerle nueva al grueso de la audiencia estadounidense, pero el cubrimiento en
la TV comercial de la lucha contra este y otros crímenes atroces, sigue siendo,
en EE.UU., el reflejo de una prensa sin aspiraciones ni objetivos distintos a la
supervivencia económica de los últimos veinte años. En momentos en que el público
necesita un periodismo intrépido, inteligente e independiente, las cadenas
privadas no tienen alternativas que ofrecer.
Una vez que se vio que la tragedia no
era un accidente, los noticieros comenzaron a corear el populista slogan
“America under Attack,” lo que los llevó a confundir la devastación en
Nueva York con Pearl Harbor y el temor de una tercera guerra mundial. Sin duda,
la destrucción fue peor que la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, pero
la situación estaba lejos de parecerse a la Segunda Guerra Mundial,
aun cuando tuviese la potencialidad de generar un conflicto de grandes
proporciones. Como en Pearl Harbor, el sentimiento de furia y de venganza, como
también de invulnerabilidad se apoderó del país. En minutos, el
apasionamiento hizo presa fácil de presentadores y reporteros que hasta ese
momento promulgaban con fe el dogma de la objetividad.
Con un presidente ausente en una
escueta grabación desde Florida y una industria de televisión sin recursos
intelectuales para entender lo que ocurría, las primeras horas de la crisis
fueron de un inmenso vacío de poder, falta de liderazgo, y confusión. El
experimentado Peter Jennings de la ABC, canadiense de nacimiento y una de las
figuras que como pocos transmitió con relativa ecuanimidad el dolor de la
tragedia, criticó con cautela la demora en la intervención del presidente
Bush. A la semana siguiente lo acusaron de extranjero y antiamericano.
Mientras el Internet daba problemas
por fallas de alto tráfico o interconexión, la radiodifusión y el cable
absorbieron el comienzo de la crisis. Rodeados de multitudes, los televisores
escasearon, y millones de oyentes, todavía en las autopistas, se enteraron de
la tragedia por locutores desubicados para describir la magnitud del hecho en
radio. Con golpes criminales tan temibles, el ambiente era de guerra, de
emociones reprimidas, y de sospecha por lo relacionado con el origen del ataque:
“los musulmanes.” Imágenes de celebración en Palestina caldearon aún más
el entorno. En menos de un mes, cuatro estadounidenses de origen árabe
aparecieron asesinados, incluyendo a Abdul Ali Ahmed, propietario de un almacén
en California, con ocho hijos y más de treinta años de residencia en el país.
En este momento, se adelantan 168 causas criminales por asaltos contra personas
de apariencia árabe.
Aunque el primer ministro inglés Tony
Blair denominó rápida e inteligentemente el ataque una pesadilla del
“terrorismo masivo,” las cadenas comerciales estadounidenses, enceguecidas
por el patriotismo, hablaban de una guerra no declarada entrevistando a
“expertos” militares o burócratas y generales retirados que justificaban su
historia. Los políticos, especial aunque no exclusivamente los demócratas, así
como los intelectuales y los académicos, brillaron por su ausencia.
Sencillamente, no existían garantías para hablar. Hoy, apenas si las hay.
Según Marvin Kalb, antiguo
corresponsal de televisión y actual director de la oficina en Washington del
Shorenstein Center on the Press de la Universidad de Harvard, la prensa desde el
inicio de la crisis “no solo se adornó de imágenes de patriotismo sino que
se dedicó a obtener gran parte de su información de fuentes oficiales. Pero,
como sabemos, luego de un buen número de crisis políticas y militares del
pasado, los gobiernos en ciertas circunstancias no solo guardan información
sino que también engañan al público o simplemente mienten,” advierte Kalb.
Efectivamente, la audiencia más
preparada del país de la Primera Enmienda solo encontró refugio en la radio y
la televisión pública, los medios alternativos, y los servicios noticiosos en
línea del extranjero. Superando el choque de la crisis y arriesgando su
precaria estabilidad política y económica, las cadenas públicas salieron a
cumplir con su obligación ética y profesional. Por el contrario, la gran
prensa, tanto las cadenas de radiodifusión comercial como los periódicos,
bandera de las monopolizadas áreas metropolitanas, quedó relegada, en
Internet, en papel, por aire o por cable, a ser la voz de lo permitido o lo
censurado.
Octubre 10 del 2001, para los
comunicadores de EE.UU., será también una fecha incomprensible, ya que las
cinco cadenas de TV comercial claudicaron ese día su responsabilidad de
informar. Persuadidos por Condolezza Rice, consejera nacional sobre asuntos de
seguridad, los directores de los principales noticieros de televisión del país
acordaron con el gobierno “poner límites a los mensajes y comunicados de
Osama Bin Laden y sus asociados”. Sin eco para los empresarios de la noticia
quedó el principio de Jefferson de que es mejor una prensa sin gobierno que un
gobierno sin prensa, aun en tiempos de crisis.
El argumento para censurar los videos
de Bin Laden, según oficiales de Gran Bretaña y EE.UU, es la eventualidad de
mensajes codificados con instrucciones para cometer actos terroristas. De hecho,
la expresión “Juro ante Dios,” según la inteligencia estadounidense, podría
ser uno de esos mensajes. Con el liderazgo de la CBS, los ejecutivos de las
cadenas decidieron censurar los videos para garantizar “un periodismo
responsable que informe al público sin poner en peligro vidas
norteamericanas”.
Durante la Segunda Guerra se
transmitieron mensajes encodificados a la resistencia francesa desde Londres,
pero como bien aclara Richard Sambrook, director de noticias de la BBC, las
afirmaciones de estos videos solo se transmitieron en parte, siendo dobladas al
inglés, “un proceso que Bin Laden no pudo controlar”. Para The Independent del Reino Unido, “la noción de que los
terroristas puedan estar pasando mensajes secretos en las noticias es algo
fatuo”. Del mismo modo, la cadena Al
Jazeera en Doha, Qatar, el equivalente a la CNN de la Guerra del Golfo,
considera que si sus videos noticiosos contienen algún mensaje codificado de
Bin Laden, lo que se necesita es ayuda para identificarlos, no censura. Es más,
lo que nos parece raro, afirma Ibrahim Hilal, editor en jefe del canal satélite
árabe, “es que los estadounidenses se quejen cuando lo que estamos haciendo
es luchar por el criterio occidental de la objetividad”.
Ari Fleischer, vocero de la Casa
Blanca, no está de acuerdo. Alegando que toda transmisión sobre declaraciones
del responsable del actual terrorismo es una amenaza a los intereses de los
EE.UU., cualquier canal que los presente, “termina siendo un foro de
propaganda para incitar a la gente a matar norteamericanos”. Como era de
esperarse, el gobierno estadounidense empezó a ejercer presión sobre Qatar,
tratando de ablandar Al Jazeera. De hecho, las cadenas de TV comercial
estadounidenses prefirieron ceder ante la presión del gobierno y el cerrado espíritu
patriótico de sus audiencias. Agilmente, Al Jazeera invitó a Ms. Rice para
presentar el punto de vista de la administración Bush y aminorar sus quejas.
Ese mismo dia, Al Jazeera sirvió de
puente para que Osama Bin Laden le ofreciera a CNN la posibilidad de hacer
preguntas sobre la crisis terrorista. En un ceremonioso anuncio, Patricia
Janiot, presentadora estelar de CNN en Español, aceptó implícitamente la
invitación en nombre de la cadena. Con un listado de pre-avisos y condiciones
al aire, incluyendo el que no sabemos donde esta Bin Laden, no dependemos de Al
Jazeera para decidir la noticia, no estamos bajo presión de Al Queda, y no
publicaremos nada sin revisar los videos, la CNN procedió a hacerle preguntas
al sospechoso. Entre ellas, ¿por qué atacaron las torres gemelas? ¿Tiene algo
que ver con las armas bacteriológicas o los ataques de antrax? ¿Entrenó o
recibió apoyo de gobiernos extranjeros para atacar a los Estados Unidos? Si no
hay justificación en el Islam para actos violentos ¿por qué los patrocina? Al
momento de escribir este artículo, la audiencia esperaba
las respuestas.
De haberlas, sería una buena
oportunidad para corregir la autocensura impuesta el pasado 10 de octubre. Se
presume que cualquier material importante originado en Afganistán no llegaría
solo a CNN, luego, ¿qué sentido tendría mantener tales imágenes fuera del
aire, cuando podrían ser transcritas o reproducidas en los periódicos o la
Red? pregunta un ejecutivo de The New York
Times anónimamente. Todos
en lo Mismo
La Sociedad Interamerica de Prensa,
reunida coincidencialmente en Washington D.C., criticó abiertamente a los
Estados Unidos en la apertura de su asamblea anual. Desacostumbrada a denunciar
a los estadounidenses, la organización identificó distintas violaciones a la
libertad de prensa en el país sede, incluyendo la revelación forzosa de
fuentes noticiosas, la intromisión en conversaciones telefónicas personales de
los periodistas, y las medidas de seguridad dictadas por el Pentágono en contra
del libre flujo de la información. “Esto último hace pensar –afirmó
Rafael Molina, presidente de la Comisión de la Libertad de Información– que
la libertad de prensa podría ser una de las primeras víctimas de esta guerra
(contra el terrorismo).
Meses atrás, en el prefacio del
informe anual del 2001, Molina afirmó: “La [SIP] no cejará en su empeño por
detectar y reportar cada atentado, por mínimo que sea, que ocurra en cualquier
rincón de nuestro continente y que pueda afectar el sagrado derecho de los
pueblos por tener acceso, sin restricciones, a todo tipo de información”.
Llegó la hora entonces de vigilar también a las autoridades estadounidenses en
bien de la libertad. Dos duras lecciones del 11 de septiembre entre muchas,
sobre todo para los estadounidenses, de que no existe sociedad segura e
invulnerable por desarrollada que sea. La otra, que afecta a todos los
americanos, es decir, a los habitantes de las Américas en su conjunto, es que
no existe una prensa enteramente libre en ningún país del continente.
En medio del terror por la bacteria
del antrax, originada y dirigida en gran parte a los medios de comunicación
(curiosamente, los tabloides y las cadenas NBC y ABC), los Estados Unidos tratan
de reconstruir la sociedad de que gozaban. Sin embargo, a pesar de los discursos
y las expresiones de patriotismo, los estadounidenses y el resto de la comunidad
internacional saben bien que el mundo de hoy no es el mismo del amanecer del 11
de septiembre. Ojalá, y pronto, pueda decirse que va a ser mejor, en honor de
las más de seis mil personas inocentes que perdieron la vida ese día y los que
la están perdiendo ahora mismo en Afganistán. Para lograrlo, se requiere de
comunicadores verdaderamente “patriotas,” como diría Kalb, periodistas y
medios que sin censura reporten los hechos y digan la verdad como mejor la
entienden.
Un serio obstáculo para superar la
crisis de los medios es la propia administratión George W. Bush, que no ha sido
el mejor amigo de la prensa, incluso antes de la tragedia. Con una celosa agenda
de proteger secretos militares y de inteligencia, heredada de su padre y de la
Guerra del Golfo, el actual presidente inició su gobierno fijando advertencias
y condiciones sobre el flujo de la información pública. Con la crisis, los
intentos de restringir se han vuelto sencillamente más obvios.
En menos de un mes, el presidente Bush
ha querido reducir el círculo de congresistas con
información directa del presidente, ha intentado mantener oculta
información esencial sobre la seguridad pública (posibilidades de un nuevo
ataque, información sobre medicinas), y ha persuadido a los medios con éxito a
autocensurarse. En el Departamento de Estado, la Casa Blanca, y el Pentágono,
la información es frecuente pero cada vez más irrelevante. Largas sesiones
para recibir respuestas evasivas y excusas por razones de seguridad nacional, se
combinan con intromisiones en contenidos como sucedió en la Voz de América y
el programa “Polítically Incorrect” de la ABC con Bill Maher. En relación
a este último, Mr. Fleischer llegó a decir en la Casa Blanca: “es mejor que
los americanos se cuiden de lo que dicen o hacen”.
Para terminar, hace casi un año que
Eduardo Frei Ruiz-Tagle dijo en un foro de expresidentes en la República
Dominicana, durante la crisis Bush-Gore, que los EE.UU. ya no tenían autoridad
moral para darle clases a América Latina sobre elecciones democráticas. Lo
mismo debemos decir ahora en relación con su libertad de prensa. Aunque tenemos
mucho que aprender de la Primera Enmienda, EE.UU., después de lo sucedido con
los medios a partir de la tragedia del 11 de septiembre, no tiene autoridad
tampoco para dar disertaciones sobre libre prensa y expresión.
|
| Chasqui
Apartado 17-01-584 Quito-Ecuador. Telfs. (593-2) 250.6149 / 254.8011 Fax (593-2) 250.2487 E-mail : chasqui@ciespal.org.ec |
|
![]() |