
Chasqui
77, 2002
PRENSALA PRENSA AMARILLA EN AMERICA LATINA
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El
presente texto surge de la preocupación por la mayor presencia de la prensa
amarilla en nuestras naciones. Ciertamente mucho se ha escrito y discutido
sobre la prensa amarilla, de cómo tergiversa la información, cómo inventa
noticias, cómo resalta el morbo e incentiva la violencia y banaliza la vida
social. Dada la amplia discusión que este fenómeno ha tenido desde la prensa
de masas norteamericana hasta los tabloides ingleses, no hay muchas novedades
si solo nos centramos en el análisis de los textos y de las estructuras
narrativas de estos diarios. Más allá de una nueva condena o la apelación a
una legislación más severa, estimo que el fenómeno de la prensa amarilla ya
ha sido ampliamente descrito desde su dimensión periodística. Sin embargo, como fenómeno comunicativo y cultural, la
reciente prensa amarilla sugiere una serie de interrogaciones y preguntas que
no han sido abordadas suficientemente. Al concebirse a la prensa amarilla al
margen del periodismo, de cierta manera ha primado una visión negativa y
condenatoria (estimo que con justa razón), sin embargo, ello ha impedido
observar las tramas culturales que ésta entreteje con las culturas de sus
lectores y con la agenda pública . Ciertamente, pensar la prensa amarilla como un proceso comunicativo supone superar la perversidad con que sus dueños usan y tergiversan la información y nos lleva a comprender la comunicación también desde el punto de vista de sus públicos. Si partimos de esta premisa, debemos entender a la prensa amarilla desde otra perspectiva: como un proceso dinámico, en el que están involucrados otra oferta de prensa, otros medios audiovisuales, un sistema político. En una sociedad de intercambios cada vez más dinámicos que trascienden el tiempo y el espacio, no podemos pensar la relación entre el lector y el diario amarillo como si estos estuvieran aislados de lo que ocurre en el mundo, es necesario analizarlos en sus contextos culturales y mediáticos. |
La prensa amarilla actual
Como
muchos autores han señalado, la prensa amarilla ha evolucionado, de las
primeras planas del Journal de New York de
1895, pasando por el Bild alemán, hasta los diarios amarillistas peruanos como
el Chino y Ajá o los bolivianos como Extra y Gente, el sensacionalismo ha
permeado tanto a la prensa seria como a la televisión y la radio. Es evidente
su influencia en los noticieros y
programas periodísticos, como también en otros géneros audiovisuales.
Frecuentemente, resulta difícil trazar una línea tajante entre el
sensacionalismo y la prensa amarilla. De hecho el término prensa amarilla surgió
de una disputa entre el World de Albert Pulitzer y el Journal de
Rodolf Hearst, por una tira cómica que se publicaba en ambos diarios
llamada “yellow kid”, y cuyo color pasó a representar el tipo de periodismo
en extremo sensacionalista. Sin embargo, la prensa amarilla de nuestra época
presenta algunas particularidades que detallaremos. Esta prensa cumple una doble
función, sirve tanto para ser comprada y consumida por sus lectores como para
ser mirada en sus titulares. La práctica de ver los titulares es muy común; más
del 50% de los consumidores limeños prestan atención a los titulares, es más,
durante el proceso electoral peruano del 2000 muchos titulares no tenían
interiores (no para que sirvieran como gancho para la compra)
pues su objetivo era llegar al transeúnte, al que pasa en el ómnibus, a
la que observa desde su propio auto. Ciertamente, estos diarios estuvieron
articulados al poder corrupto de Fujimori
y Montesinos y fueron parte de los operativos psicosociales, pero también
reflejan la velocidad de la vida cotidiana, donde lo audiovisual tiene su
imperio y toda la diagramación periodística está organizada para ser más
vista que leída. A diferencia de la prensa
amarilla de finales del siglo XIX, en nuestro medio esta prensa se ocupa muy
poco de la noticias internacionales o de personajes de la realeza. Más bien,
una lista interminable de personas anónimas, como albañiles,
profesores, vendedores ambulantes, cobradores de microbuses discurren entre sus
páginas, entre las notas exageradas y distorsionadas. Personajes que de ninguna
manera son los protagonistas de los diarios serios y sesudos, encuentran en esta
prensa una representación, distorsionada y banal de su cotidianeidad y sus
espacios. Contra lo que se suele
pensar los lectores de esta prensa no son siempre los menos instruidos, ni los
miembros de las clases sociales más bajas. En el estudio que realizamos
encontramos que muchos miembros de las clases medias también son lectores
asiduos. Otro dato sorprendente fue
que sus lectores suelen consumir otros diarios que usan para seguir la agenda
política. En cambio, los diarios amarillistas son fuente de entretenimiento, de
satisfacción de sus necesidades de protagonismo y también de vouyerismo público.
Por lo tanto, no estamos frente a un lector de poca instrucción, ni
desvinculado de la agenda política, no estamos frente al paradigma de la
marginalidad, según el cual esta prensa se ocupa de los márgenes de la
sociedad. Todo lo contrario, esta prensa resalta y apela a dimensiones que los
otros diarios no se proponen, la función lúdica predominante. Ellos no tiene
competencia en los diarios tradicionales que encasillan el entretenimiento a las
secciones de humor y misceláneas. Por su parte los lectores de estos diarios se
articulan en torno a algunos factores: ü
El gusto por el entretenimiento extremo por encima de
la veracidad. ü
Por los enfoques trasgresores, es decir, sin reparar
en aspectos éticos, morales o de valores (de allí el gusto o la tolerancia
frente a la crónica roja, el uso del cuerpo de la mujer como objeto y la escasa
preocupación por la estricta veracidad de los hechos
) ü
Por la búsqueda de “horizontalidad social”, es
decir de espacios, rostros y
lenguajes similares a los suyos. ü
Y finalmente la preferencia por las narrativas de acción
en desmedro de una actitud más analítica. Por lo mismo, estamos hablando de comunidades de consumo
que trascienden las clases sociales y el grado de instrucción (instrumentos clásicos
del análisis del marketing) y se ubican en lo que podemos llamar cultura de la
trasgresión y la horizontalidad que ampliaremos a continuación. Prensa amarilla y búsqueda de horizontalidad socialLa prensa
amarilla tiene sus orígenes en la prensa sensacionalista o popular de los años
50. De cierta manera, las distintas generaciones han espectado sus titulares y
han sido unas lectoras y otras observadoras del proceso de radicalización que
devino en la actual prensa amarilla. Existe, por lo tanto, una historia personal
de consumo que se ha constituido a lo largo de los años en cada uno de sus
lectores. Dado que la conformación del gusto no surge simplemente de la
exposición a las ofertas amarillistas, a este habitus por la noticia amarillista concurren otros medios y otros
fenómenos culturales.
Cuando
analizamos la constitución de los públicos debemos tener en cuenta el sistema
de medios, frente al cual se sitúan como públicos y ante el cual desarrollan o
no diálogos con sus universos culturales. Por ello, es central en nuestro análisis
que los lectores entrevistados subrayaron que en los diarios serios, los
protagonistas de la información, suelen ser otros.
Ciertamente,
la clase política y los sectores económicos acomodados suelen ser los
protagonistas de las noticias, ellos, en cambio, figuran en las páginas
interiores, recluidos a las secciones policiales. En el momento en que surgieron
los principales diarios amarillistas en el Perú, no existía una oferta periodística
sostenida que recogiera el “mundo popular”, estos diarios ingresaron porque
los diarios serios excluían a amplios sectores, del protagonismo de sus
noticias.
La prensa
amarilla se incrusta como una cuña allí donde el periodismo serio y
racionalista no facilita la comprensión de las noticias o éstas están
disociadas del entretenimiento y lo lúdico. Por lo mismo, existe un sistema de
medios en prensa que de alguna manera margina o no tiene ofertas para los
grandes sectores de las poblaciones urbanas. Si analizamos las fotos de los
principales diarios de las capitales latinoamericanas encontramos que los
rostros y personajes, allí representados, difieren de los personajes populares
o de los sectores conocidos como C, D y E.
Por los personajes, lugares
y lenguajes que discurren en la prensa amarilla pensamos que estamos frente a
una prensa pensada para agradar y responder a las demandas básicas de
protagonismo y visibilidad pública de los sectores más populares de las
sociedades. Se trata de periódicos que construyen su propia agenda, una agenda
que hace de los hechos triviales y anecdóticos que la prensa seria suele desdeñar
en sus titulares de portada. De esta manera, las muertes accidentales cobran
protagonismo tratándose de humildes albañiles o vendedores de fruta, que no
sería tal si su espectacularización no estableciera una relación de espejo
que logra con amplios sectores excluidos de la imagen y presencia pública. Tal
y como lo señala Martini, “no solo la violencia criminal logra una cobertura
sensacionalista: todo conflicto puede ser relatado desde la retórica
sensacionalista”, es decir, que el sensacionalismo puede permear toda la vida
cotidiana de los personajes representados, por más insignificantes que sean, y
por lo mismo la relación de espejo que se establece viene a ser a veces más
importante que las estrategias discursivas y de diagramación que estos diarios
ofrecen Para
sus públicos, la prensa amarilla retrata a pobladores que usualmente se
encuentran en las márgenes, en los espacios de sombra de lo que es importante y
de lo que es protagónico en la ciudad. Estos diarios, de cierta manera, les dan
visibilidad y representatividad, dando a su vida cotidiana dimensiones épicas
que de otro modo se perderían en la memoria de su entorno inmediato. No estamos ciertamente ante
un proceso de democratización de la imagen pública o del protagonismo social,
pues este periodismo se ejerce a través de la exageración, distorsión y la
mentira, estamos, eso sí, frente a un proceso de horizontalidad del rostro, del
territorio y del discurso de los sectores populares. En los países andinos,
donde no existió en el espacio público un proceso de reconocimiento y valoración
de las imágenes propias, esto es importante. En otros países como en México,
a través del cine, en Brasil a través de la zamba, de la salsa en Centroamérica,
o del tango en Argentina, ya se pasó por este proceso.
En conclusión, la prensa
amarilla es la solución perversa que da el mercado y la política a la exclusión
de los sectores populares, es la forma a través de la cual adquieren
protagonismo y son actores de la épica social, que provienen de los géneros de
acción, en desmedro de los géneros melodramáticos históricamente anclados en
nuestra cultura. La
prensa amarilla como parte de la cultura de la trasgresión Las
expresiones culturales cotidianas, sean del signo positivo o negativo, como bien
lo señala Stuart Hall responden a contextos culturales específicos.
Ciertamente nuestras sociedades están atravesadas por tres procesos: ü
La desistitucionalización, por el cual las personas
se desvinculan de las esferas decisorias (sea por caducidad de las instituciones
o por su disfuncionalidad) como resultado de la reducción del Estado. ü
La inserción conflictiva y excluyente de la población
al ejercicio ciudadano, que está permeado de racismo, autoritarismo e inequidad
de género y generacional. ü
Hegemonía audiovisual de programas que trasgreden las
normas y costumbres tradicionales, tales como programas cómicos, talk shows,
revistas noticiosas, concursos y musicales. Estos
tres factores vienen conformando esta cultura de la trasgresión. Pero para
nuestro análisis nos detendremos en el factor mediático.
De hecho la producción de la región se ha visto inundada del
vedettismo, de situaciones que denigran al ser humano, de revistas periodísticas
que enfocan la crónica roja y se concentran en las notas de trasgresión.
Ciertamente el fenómeno de la prensa amarilla debe leerse como un fenómeno
social que no se agota con un enfoque satanizador de la respuesta del mercado,
tiene que ver con los procesos de significación que las grandes mayorías hacen
de la vida cotidiana y de su ubicación en las ciudades. Por
lo anterior, debemos tener en cuenta que las instituciones significadoras de
nuestras sociedades están en crisis: la iglesia, la escuela y la familia han
perdido su rol formativo de valores y constructores de comunidades de
significación. En cambio, los medios de comunicación cumplen una serie de
funciones de soporte social que antes eran de exclusividad de dichas
instituciones, de tal manera que
los públicos demandan a los medios la satisfacción de necesidades de
espiritualidad (encontrar el sentido y significado a su vida), las necesidades
de comunidad (sentirse parte de un proyecto junto a otros), las necesidades de
entretenimiento y las necesidades políticas (pertenencia simbólica a la
comunidad política a través del seguimiento de la agenda pública) y hasta las
necesidades sexuales por citar algunas. Por
su parte, los medios evidentemente no están preparados para asumir ninguna de
estas funciones, es más, su visión del marketing los impulsa a la satisfacción
de las necesidades inmediatas sin comprender la densidad de los procesos políticos,
culturales y sociales que están en juego. La prensa amarilla en este contexto
da cuenta de los segmentos más desagregados de nuestras sociedades,
incentivando el morbo, el entretenimiento perverso, construyendo comunidades de
significación alrededor de la farándula y el vedettismo. Las
instituciones tradicionales, por su parte, no caminan a la misma velocidad que
los lenguajes audiovisuales y se encuentran marginadas de las formas actuales de
producción de conocimientos, lo cual las ha debilitado en su rol de
constructores de sentidos que organicen el mundo de la vida de los habitantes de
las ciudades. En medio de este vaciamiento de sentidos operan los medios
sensacionalistas. Lamentablemente, estamos
frente a una cultura de la trasgresión, que en el Perú se le denomina
“cultura chicha”, hecha de la mezcla, de la superposición, del sacarle la
vuelta a las normas, la cultura del vivo, del criollo que obtiene lo que quiere
sin importar los medios, una cultura ciertamente híbrida que no tiene forma ni
estructuras, que camina de la mano del mercado, pero que también se alimenta de
su tradición. La cultura que da forma a la actual versión de la prensa
amarilla es ciertamente signo de la confusión y el desorden de nuestras
sociedades, de la velocidad de la vida actual que sedimenta con dificultad y que
no opera en los plazos largos, sino en la inmediata satisfacción de
necesidades. Político y el ablandamiento
Diversos
autores han señalado los cambios en el género informativo, el creciente
ablandamiento de sus temas (Brunner, 1988),
el uso de géneros híbridos (Macassi, 1999), de elementos de la sátira
(García Avilez, 1999) en general se ha descrito la tendencia a espectacularizar
las noticias. Sin embargo, no es lo único que ha cambiado, también las formas
de hacer política han sufrido profundas transformaciones, como bien lo ha señalado
Manuel Castells. Han caducado los partidos de masas y los ciudadanos no tienen
referentes de cómo interpretar los acontecimientos políticos, por lo tanto
recurren a elementos de su vida cotidiana para relacionarse con el espacio público,
interpretando los gestos o comportamientos de los políticos en lugar de sus
ideas y propuestas (en caso que las tuvieran). Por su parte, la prensa
amarilla desde sus inicios ha estado fuertemente articulada a la política. Solo
basta recordar la famosa cobertura que el “Journal” realizó de los
acontecimientos que precedieron la invasión de Cuba por parte de los Estados
Unidos en 1998, donde a decir de muchos este diario precipitó los hechos.
Recientemente en el Perú los diarios amarillistas sirvieron como herramientas
de presión, difamación y debilitamientos de los adversarios políticos del régimen
autoritario de Fujimori. Posteriormente, se supo que cada titular le costaba al
gobierno entre 2.000 y 4.000 dólares. La credibilidad de sus lectores en las
noticias políticas era muy baja, pues no encontraban correspondencia entre los
titulares y los interiores. Ciertamente el objetivo del gobierno no era
convencer a los lectores de los diarios, sino influir en todas aquellas personas
que de una manera o de otra miran, a diario,
los titulares en los kioscos. Como lo demostramos en la investigación,
los lectores de titulares fueron quienes más se desilusionaron y dudaron de sus
opciones políticas, a raíz de los titulares de
la prensa amarilla. Otro de los usos dados a
esta prensa fue el de distractor político, generando cortinas de humo y escándalos
de la farándula o inventando hechos como la “virgen que llora” para
reorientar la atención pública de los hechos que eran desfavorables al
gobierno de turno. Posteriormente la prensa amarilla siguió apoyando a
diferentes candidatos y teniendo un papel oscuro en el proceso electoral
reciente. Querámoslo o no la prensa amarilla actual es parte del tejido político, cultural y social de nuestras sociedades, las ideas aquí presentadas nos deben servir como preguntas para repensar las relaciones entre los ciudadanos y los medios entre los ciudadanos y la política.
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| Chasqui
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