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Solo esas tres cosas: la lotería, el toreo y el crimen ejercen influjo sobre la masa enorme, enormísima, de millones de españoles, que solo leen esas tres cosas, importándoles muy poco, mejor dicho, nada de todo lo demás.
Esto es, en efecto, una tristísima verdad; pero ¿es la culpa toda del público? ¿no alcanza acaso buena parte de ella a la prensa misma, que sobre poner por encima de todo la caza del perro chico (moneda de cinco céntimos), ni entiende bien sus propios interese permanentes ni acierta a hacer que otras informaciones tengan atractivo para el público?
Lo de ir contra pelo al público y decirle no lo que el quiere que le digamos, sino lo que creemos que debe oír, no es para todos. Yo vengo haciéndolo hace años, y al fin he logrado, gracias a Dios, hacer respeto y atención en torno mío. Pero me ha costado mi tiempo y mi trabajo.
Si lo atenienses se molestaban cuando se les pedía enseñar algo, según nos dice Platón, y eso aun siendo atenienses, es decir, amigos de saber la ultima novedad, conforme a la caracterización que de ellos nos da el libro de Los Hechos de los Apóstoles ¿qué les sucederá a los que no son atenienses?
Pero aquí lo que principalmente priva es aquel terrible aforismo de nuestro Fénix de los Ingenios, del en un tiempo popularísimo Lope de Vega cuando decía:
"El vulgo es necio, y pues lo paga, es justo hablarle en necio para darle gusto".
¿Cuántos son los escritores que se rebelan contra esto, y en vez de someterse al público y servirle hasta en sus prejuicios, luchan con él? Muy pocos. Y entre los casos últimos más nobles y más ejemplares están Ibsen y Carducci.
Pero aquí nuestros escritores son por lo común cortesanos del público, hasta los que parecen querer contradecirle. A lo más le hacen cosquillas.
¿Y la prensa? Es difícil imaginarse otra más cobarde. A nada eficaz se atreve. Cada tendencia de pensamiento tiene su órgano y dentro de el hay una ortodoxia y una heterodoxia. Apenas si empieza a ensayarse el palenque abierto. Así es que al desdichado que va a caer en ella, al punto le corta, recortan y liman las uñas.
Y hay que observar cuáles son las cosas graves, las "inefables", esto es las que no pueden decirse.
La prensa, en general, lejos de tratar de corregir los prejuicios y las presunciones del público, tiende a confirmarlos. Hay para ella valores declarados, que es lo mismo que valores sobreentendidos, a los que no se puede tocar. Y de hecho nuestra Prensa, que de todo podrá pecar menos de soberbia y presuntuosa, ha declarado cien veces ella misma que su mayor defecto es la debilidad, es el dejarse llevar a alabarlo todo y a ayudar a todo atrevido. Su prodigalidad en el adjetivo es realmente alarmante.
Y lo malo es que suele acabar por creer que es ella la que hace los prestigios. Cuando en realidad los mas sólidos se han hecho a pesar de ella, o tal vez contra ella.
Lo malo nuestro no es que el pueblo bajo, que la masa de lectores de aluvión tenga esas aficiones, pues esas mismas las tiene en otros países; lo malo es que los lectores escogidos, que el publico que busca instruirse o deleitarse con algo más fino, es entre nosotros mucho menor. Lo malo es -y esto, aunque se ha referido mucho entre nosotros, conviene repetirlo aquí una vez más-, lo malo es que no tenemos sino una enorme masa de plebe intelectual y una muy escasa aristocracia de la misma especie. Nos falta clase media de la cultura, nos falta algo así como una burguesía del espíritu deseosa de ilustrarse.
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