|
Tan lejos como podemos entrever, nuestra época se debate en situación similar a la del siglo XIII, cuando el absolutismo papal tuvo que afrontar una herejía que amenazaba diluir la comunidad de los fieles: la peligrosa idea de que los cristianos podían permanecer unidos alrededor de la fe, sin estarlo bajo la autoridad de una iglesia.
Tomás de Aquino y Guillermo de Occam, dos hombres de la iglesia, modificaron entonces los medios de enseñanza. Desde el monasterio, el empleo de la lección (lectio) y la discusión (disputatio), fundamentos de la Escolástica (del título “scholasticus”, dado a los maestros en las escuelas y universidades), contribuyó a sistematizar el saber que emanaba del florecimiento de las ciudades.
Paradójicamente, la escolástica hizo que las cosas del espíritu tomasen vuelo propio, ensanchando el horizonte mental de aquel tiempo: los temas seculares se distanciaron de la metafísica y la teología, el absolutismo papal devino en artículo de fe, y así fue despejándose el camino de los experimentos científicos y la filosofía inductiva. Presentado en relación a la totalidad de las ciencias, el conocimiento empezó a resultar menos tedioso, más coherente, más... comunicativo.
A ocho siglos de aquel libre albedrío que condujo a los tipos móviles de la galaxia Gutenberg primero, y a la informática de la galaxia Von Neumann después, fuerzas ominosas del presente parecerían empecinarse en recorrer el camino inverso. Por ejemplo, la creciente irrupción de nuevos absolutismos allí donde los imperativos del lectio hostigan al disputatio: universidades y centros de excelencia académica sujetos a lógicas de tipo mercantil, que difunden el llamado pensamiento único, o pensamiento cero: tener para ser.
Ya no más formación: información. Ya no más contextualización: facts, hechos. Ya no más comunicación: revelación, entretenimiento, consumo. Si procede, el gerundio ecuatoriano lo resume de un modo magnífico: que otros nos den pensando. El problema consiste en que los otros que tratan de pensarnos, tampoco se destacan por pensar.
En el caso de muchos jóvenes egresados de las escuelas y facultades de comunicación, los resultados de tales tendencias saltan a la vista: lecturas escasas y vocabulario restringido, dominio quizá de la glosolalia informática mas incapacidad para expresarse con claridad y propiedad, o escribir tres párrafos sin errores gruesos de ortografía y sintaxis.
La imagen, se les ha dicho y repiten, vale por mil palabras. Muletilla que en dirección contraria a la racionalidad moderna, conduce al supuesto de que ver es comprender. Que se comprende con los ojos o con los sentidos, siendo la razón convidada de piedra. En tanto informador y comunicador, solo me importa la actualidad, reiteran con necedad. Como si la noción de actualidad, tan cara al hecho de informar y comunicar, brotase con espontaneidad de los medios de comunicación y al margen del orden establecido.
¿Cómo explicar a un joven estudiante que hasta no hace mucho no existían playstations, nintendo 64, X Boxes, juegos de video, videograbadoras, sonido surround, computadoras, chatrooms en Internet? ¿Cómo contarle que teníamos amigos, que andábamos en bicicleta sin usar casco, que tomábamos agua de una manguera y no de una botella de agua mineral y que salíamos a jugar en la calle con la única condición de regresar antes del anochecer? ¿Cómo describirle aquellas tenaces discusiones de café en las que (¡como no!) el mundo iba a cambiar, porque estas formas de comunicar acercaban y hermanaban de un modo más efectivo que un celular personal y 300 canales de televisión en cable?
Perdón. La propuesta encomendada consistía en hablar de los 45 años del CIESPAL en América Latina. Y no sé por qué me fui por las ramas para hablar de lo que entiendo por comunicación de a de veras, como dicen en México. Quizá por sentir que en tanto las tecnologías de información se expanden de un modo geométrico, la comunicación avanza con ritmo aritmético. Pero quizá sea mejor así. Cualquiera puede informar. Comunicar exige algo más. Por ejemplo, conciencia.
Los primeros años del CIESPAL, allá por los míticos años de 1960, fueron de crítica y reflexión. Entonces, el consenso de periodistas y comunicadores sociales fue categórico: así como la educación y la salud, la información es un derecho. Y mal puede la información, mero procesamiento de los datos, desvincularse de la comunicación, interacción y contextualización histórico-social de los datos.
En la década de 1970, los esfuerzos para legislar el derecho de los pueblos a la información y la comunicación tuvieron en el CIESPAL una caja de resonancia, y poco importa si en la década de 1980 estos esfuerzos se estrellaron contra las poderosas estructuras del poder mediático transnacional, que sigue viendo la información como mercancía de venta al mejor postor, y sujeta a las necesidades del mercado o lo que quiere la gente.
¿Qué si el medio es el mensaje? No. El medio es el masaje, el medio es un sistema de absolutismo informativo que moldea y modela la realidad a su antojo, haciendo de mentira y verdad valores indiferenciados. Basta con abrir las páginas de un periódico comercial y basta con encender la televisión para concluir que la estupidez humana podría ser inmortal.
La supervivencia de un centro de estudios que desde su fundación contribuyó a enriquecer el pensamiento crítico de América Latina y la capacitación de 20.000 personas de 33 países del continente, es un acontecimiento que habla por sí solo.
Para quienes, tras haber pasado y conocido las actividades de esta casa, y seguimos siendo parte del periodismo latinoamericano con rango de tropa, la existencia del CIESPAL y sus actividades han sido y seguirán siendo motivo de orgullo y satisfacción en los años venideros.

¿Quiere saber cuando
aparezca el próximo número de Chasqui?
¡Aviso
en línea!
[ Número actual ] [ Números anteriores ] [ Colecciones Chasqui ] [ Suscripciones ] [ Publicidad ] [ Chasqui ]
|