SECCIONES FIJASPáginas de grandes periodistas - El periodismo y la libertad social, Carlos Fuentes

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Si etimológicamente la palabra "historiador" significa el testigo, el que ve lo que pasó, ¿no conviene soberanamente esta raíz del nombre a quienes hoy, más que nadie, ven, atestiguan y relatan: los periodistas?

Ejercer el periodismo es una forma de ejercer la libertad social: el periodista es factor indispensable para que los hombres y las mujeres, bien informados, actúen política, social y personalmente para mejorar su entorno.

Los despotismos políticos, en cambio, despojan a las personas de esa libertad de acción y del doble derecho a informar y ser informados, mediante la destrucción, si ello es necesario, del entorno mismo de la vida.

Éste es el terrible dilema que hoy confrontamos todos, como escritores, como periodistas, como ciudadanos, como personas: cómo defender esa parte esencial de la libertad que es no solo la libertad de información, sino el derecho a la información.

De este doble derecho son privados, consuetudinariamente, los ciudadanos de 43 países, catalogados por Reporteros Sin Fronteras, donde más de un centenar de periodistas siguen en prisión y, a lo largo del año pasado -cito a Fernando Castelló-, 25 periodistas fueron asesinados; 692, detenidos; 1.420 sufrieron amenazas de muerte, y 389 medios de comunicación fueron sometidos a censura.

En nuestra propia América Latina, la más reciente redada de Fidel Castro -78 disidentes condenados a un total de 2.000 años de prisión- incluye a escritores y periodistas libres como Raúl Rivero y Ricardo González -amén de tres ejecuciones sumarias en un país que vulnera el derecho de libre desplazamiento de sus ciudadanos-.

Mal contribuye el régimen cubano a concentrar la repulsa mundial al belicismo de Washington, desplazándolo del terreno real de la guerra en Irak al de una invasión hipotética de la isla de Cuba.

La lista de periodistas victimados, más que físicamente, en su dignidad profesional crece cada día.

Phil Smucker, del Christian Science Monitor, de Boston y del Daily Telegraph, de Londres, fue expulsado de Irak por las autoridades norteamericanas. Su pecado: poner en peligro la guerra mediante reportajes demasiado precisos.

El legendario Peter Arnet fue destituido por la cadena televisiva NBC. Su pecado: expresar un punto de vista profesional opuesto al punto de vista oficial.

Un trío honorable de periodistas españoles -Pachú, Pedro y Jon Andar- declararon ante la imposibilidad de informar verazmente: no somos corderos de un rebaño. No nos callarán. No nos callarán.

Qué gran triunfo. Pero qué doloroso triunfo, cuando el corresponsal de la cadena de la televisión ABC tiene que abandonar el frente ante el sesgo informativo impuesto por el comando central de la invasión.

Qué doloroso triunfo, cuando el corresponsal de The New York Times en Doha tiene que reprochar la falta de veracidad de las autoridades militares de ocupación.

Qué doloroso triunfo, cuando el corresponsal mexicano de Televisa Joaquín López Dóriga tiene que denunciar la contradicción entre los partes militares optimistas y la cruda realidad de una campaña de costos imprevistos.

Qué doloroso triunfo, cuando dos de los mayores medios de información británicos, la BBC y el diario The Independent, denuncian la exclusión de los corresponsales que no siguen la línea oficial de Bush y de Blair.

Y qué razón asiste al filósofo español Eduardo Subirats, cuando afirma que estamos ante un totalitarismo mediático caracterizado por la manipulación a nivel planetario.

En efecto, la consejera de Seguridad Nacional del Gobierno de Washington, Condoleezza Rice, no se mide cuando ataca a lo que llama "la prensa incómoda".

Pero, ¿es otra la misión más inmediata de la prensa: incomodar, quebrantar dogmas, afirmar verdades desagradables? A los periodistas censurados y obstaculizados se añaden, trágicamente, los muertos en el cumplimiento de su deber.

En la guerra de la información, los atacantes necesitan satisfacer auditorios, tranquilizar clientes, amenazar, expulsar a los periodistas veraces y sellar alianzas cómplices con los informadores sumisos. Los atacados, a su vez, se defienden con estudios móviles y antenas auxiliares que suplen la destrucción de los inmuebles televisivos.

Digamos que ni la coalición británico-norteamericana ni el régimen de Bagdad eran dueños de la verdad absoluta.

Lo que importa es que haya más de una versión del conflicto.

Lo excelente es que la credibilidad se haya vuelto más exigente y, en consecuencia, la manipulación sea menor.

Y lo que importa, por sobre todas las cosas, es que, cualquiera que sea la posición de los gobiernos, la opinión pública, en todo el mundo, se está manifestando de manera imponente, masiva, jamás antes vista, movida por su propia inteligencia y por su propia discriminación entre la verdad y la mentira en los medios que la informan.

Que la opinión libre prime sobre la fuerza bruta.
 
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