PORTADA¿Por qué Harry Potter?, Hernán Rodríguez Castelo

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El primer Harry Potter se defendía solo

El primer libro de lo que parecía quedar abierto a segundas y terceras partes debió defenderse solo. Tenía con qué. Su autora, J. K. Rowling, lucía buen oficio de narradora: sabía crear interés y sostenerlo, llevándolo a sus tiempos a momentos de clímax -que es en lo que en substancia consiste un buen contar-. Y había algo más que parecía ofrecer suculentas posibilidades narrativas: se comenzaba a beneficiar una cantera riquísima, el mundo de magia y magos. Y a ese mundo se le había creado un espacio aprovechándose de uno ilustre, esos góticos recintos escolares ingleses. Allí, en ese Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería podía aparecer cualquier personaje, por extraño que pareciese, y suceder cualquier cosa. Detrás quedaba el otro mundo, el de los buenos burgueses y su chato sentido común -los "muggles" del libro (tratados tíos y primo de Harry del modo más maniqueo)-. Faltaba el héroe -que en este tipo de relatos es el as de diamantes- y Rowling sacó a esa escena rica de ambientes a un simpatiquísimo héroe entre infantil y juvenil: tímido y medio despistado tras sus redondos espejuelos, pero signado con una marca que le merece respeto de todos los magos, la del único a quien no pudo matar el perverso y poderosísimo Voldemort. Un héroe siempre en riesgo -riesgo que en el tercer libro de la serie, el del Prisionero de Azkaban, cobra especial dramatismo-, pero siempre victorioso. Junto al héroe venía bien una pequeña pandilla, y se la dio. Y le proveyó de un envidioso rival y su grupo. Y para que nada faltase de cuanto pudiese emocionar a audiencias juveniles, se creó un deporte con sus tensos y violentos torneos: ese "quidditch" que se juega a velocidades de vértigo, cada joven jugador en su escoba mágica. Y, claro, Harry era el goleador.

En fin, todo esto hacía un magnífico relato. No una obra maestra de la literatura para niños y jóvenes: falto de hondura y lastrado de maniqueísmo y efectismo -síntomas de un narrador más utilitario que libre y poderoso.

La serie, nueva clave de éxito

Harry Potter y la piedra filosofal tuvo buena acogida y abrió una serie. Esa fue otra clave del creciente éxito que iba a conocer.

Los ciclos vienen de muy lejos. Del siglo XII y el Ciclo Bretón. El éxito de una de esas historias heroicas y fabulosas en verso invitaba a realizar continuaciones con los héroes ya conocidos, pero en aventuras nuevas, que renovaban los temas. La fórmula se prolonga hasta los folletones de capa y espada del siglo XIX. Un público cautivo espera la siguiente aventura de su héroe y su interés contagia a nuevos lectores -o televidentes, porque el modelo lo ha aprovechado también la televisión desde mediocres y tópicas telenovelas hasta series de calidad, como, por dar un ejemplo último, "Los Sopranos"-, que se uncen al convoy de adictos. El éxito de los últimos títulos de Harry Potter tiene que ver con su naturaleza cíclica.

Y entonces apareció el mago

Y entonces apareció el verdadero mago -o equipos de magos- que acaba de explicar el fenómeno Harry Potter: la mercadotecnia. Los mercaderes que manejan el libro -que como todo en la sociedad de consumo es cosa de negocio- vieron las posibilidades de esas historias que habían llegado a entusiasmar a grandes públicos con un héroe de gran simpatía y a remover en otras gentes limos obscuros y nostalgias de espacios donde pueda tener lugar la maravilla. Y pudimos asistir a uno de los despliegues más inteligentes de publicidad y mercadeo que se hayan hecho nunca con un libro.

Llegadas las historias de Harry Potter a altísimos niveles de difusión -grandes tiradas, traducción a varias lenguas, interés de grandes casas editoras (como Beterlsman y sus Círculos de Lectores y otras filiales)-; es decir, teniendo cautivas enormes audiencias, se pensó en el cine.

La relación cine-literatura o, mejor, literatura-cine, que es el orden que nos viene al caso, ha sido fecunda en frutos comerciales (aun para la obra literaria y, en casos, para grandes obras. Al este del paraíso de Steinbeck tuvo muy poca acogida de público hasta que Kazan la convirtió en un magnífico filme, con el carismático James Dean). Esos frutos -pensaron los magos- podían ser en el caso de Harry Potter espectaculares.

Harry Potter se hizo filme. Resultó bastante simple hacer con Harry Potter y la piedra filosofal un relato cinematográfico que satisfaciese a los fanáticos de Potter, a la vez que trasmitía los logros narrativos de la historia a vastas audiencias ajenas al libro. La novela tenía largos tramos casi cinematográficos y apenas había en ella complejidades literarias. (¡Qué diferente fue el caso de obras más vastas, densas y ricas como La historia interminable o El señor de los anillos, cuyas versiones fílmicas son frustrantes para los lectores de esas grandes sagas!).

Y, claro, al Harry Potter de La piedra filosofal siguió el de La cámara secreta. Y la serie puede seguir: filmes y libros cobran de esta relación opimos frutos comerciales.

La mercadotecnia, por supuesto, no se quedó allí. Llegó a golpes de efecto tan espectaculares como eso de convertir en noticia mundial el envío de un ejemplar de la última obra del ciclo, autografíado por la autora, como regalo a Nueva York y su depósito en las bóvedas de un banco, como auténtico tesoro. Y ello como preámbulo del impresionante espectáculo de sacar a la venta en una sola edición local ocho millones y medio de ejemplares y mantenerlos a buen recaudo de curiosidades y avideces de fanáticos hasta el momento en que comenzase su febril venta.

Un libro con el que pasan estas cosas, ¿quién no quiere leerlo? Los magos convencen al mundo de que no haber leído Harry Potter significa permanecer al margen del libro y la cultura.

Balance final

Y bien, está la respuesta: por lo dicho existe el fenómeno Harry Potter.

La alquimia de este éxito mágico tiene poco de gran literatura; una buena parte de narración eficaz y una bastante mayor de mercadeo.

Pero de todo este gran espectáculo, tan propio de los tiempos fenicios que vivimos, queda algo sólido en el "haber": cientos de miles de niños y jóvenes han llegado o vuelto a la lectura o se han apasionado más por ella gracias al joven alumno del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería y sus amigos y sus enemigos y sus peripecias y su futuro (que asegura continuidad al ciclo). Esto en el erial de lectura juvenil que padecemos es bueno. Muy bueno. 
 
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