PÁGINAS DE GRANDES PERIODISTASCrónicas personales., Terenci Moix |
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Si Francia fuese la Francia que amábamos, no habría necesidad de contarle a un jovencito francés quién Y aún iría yo más lejos: una generación que ha perdido el placer por la cultura, precisamente en una época en que esta llega vehiculizada en las formas más asequibles y, para entendernos, modernas. Hablábamos de esas cosas con Joan de Sagarra durante un almuerzo en la agradable atmósfera de mi vecino restaurante Cosmopolitan, donde un plato excelente puede ir acompañado por música de fondo de Aznavour, Brel o Piaf si se pide con modos. Sabiendo que la memoria de Sagarra es alejandrina y francófona -insisto: de la Francia que habíamos amado-, no es extraño que acabase exorcizando, en la larga historia de nuestras pequeñas cosas, la presencia en Barcelona de grandes figuras de la canción francesa, allá a finales de los años cincuenta, cuando el siglo era medio adulto. Se da la casualidad de que junto al Cosmopolitan estuvo hace tiempos la sala Emporium, cuyos carteles solía observar yo con envidia, dolor acaso, cuando me atrevía a traspasar los límites de la Ronda, dejando atrás los entresuelos de la calle Ponent para internarme en lo que juzgaba el mundo de los ricos. Y sin duda lo era para un mediocre aprendiz de Autoaccesorios Harry Walker que entraba en 1956 sin otros sueños que los que pudiera ofrecerle el caritativo leoncito de la Metro. (Por cierto, es el animal que más he amado en mi vida, con perdón de mis gatos Ulises y Omar, y de mi hermana Anna María, que es devota de la mula Francis.) Ya digo que las presencias francesas en Barcelona me cogieron en mal momento; siguiendo los decires de la copla nuestra -y aquí me aplaudirán las vecindonas-, podría decir que yo tenía catorce años y Aznavour me doblaba la edad. Al ritmo de los recuerdos surgieron las películas que el prodigioso invento del video nos permite atesorar en casa, como pepitas de oro rescatadas al recuerdo fugaz que tantas veces es el cinematógrafo, supremo rastreador de la memoria y pérfido catador del olvido (alguien, no sé si Néstor Luján o si Rafael Borrás, estuvo empeñado durante meses en recordar el título de una película de Pierre Fresnay que le había impresionado en su día. Son cosas que nos pasan a menudo. Maldito sea el tiempo, que no perdona ni a la mula Francis). Películas, pues, que surgían y resurgían, con ventaja para Sagarra, que las vio en París, en su momento preciso, y desventaja para mi, que las descubrí treinta años después por culpa de este enemigo jurado del buen cine que se llamó franquismo. Ello explica que descubriese al eminente inmortal Jean Gabin bajo los rasgos de un honorable viejales que daba rostro al comisario Maigret, sin posibilidad de recordar que en los años treinta, durante la etapa del realismo poético, había sido el héroe maldito por excelencia. Luego me sorprendió que un actor al que, para entendernos, podríamos clasificar de preexistencialista, cantase en alguna comedieta con insuperable gracia boulevardiere y, seamos sinceros, mucha y simpática caradura. Cuando en un cine estudio parisino vi Pepe-le Moko y sus chulescos amoríos por la casbah argelina, se me detuvo el aliento y tuve ocasión de emitir la notoria exclamación de la Sardá en trances semejantes: "Aixù ès vianda del Prat". Y a fe que en aquella época yo ya sabía algo de carnicerías y pollerías varias. Mucho pollo y mucha polla circularon por las callejas del barrio chino de mi infancia, y de muchos de ellos y muchas de ellas dieron fe algunos maudits de la gran literatura transgresora, abierta, cruda que alimentó nuestras lecturas adolescentes, con un punto de condenación y otro de placer por caer en ella. (C) 1999 La Vanguardia, Barcelona, España. |