OPINIÓNMorir en la televisión: dos alternativas políticas de la crueldad actual, Ángel Rodríguez Kauth |
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Los espectáculos habituales de la cinematografía primero, y de la televisión después, han banalizado, trivializado, de algún modo, el acto tan sublime e individual de la muerte; cada uno vive la suya -aunque parezca una contradicción esto de afirmar que se vive la muerte- de una manera unívoca, irrepetible e intransferible. Es el momento en que aquel que no lo aprendió antes deberá aprenderlo ahora -que ya es tarde como para utilizarlo- de que se trata de un fenómeno irreversible. Mas, aquí no es el propósito de hacer una metafísica banal de la muerte y de la vida, sino solamente de ser capaces de observar cómo los medios fílmicos de comunicación se han acostumbrado a acostumbrarnos a convivir con al espectáculo de la muerte, ya sea de una manera ficcional o la de un realismo mágico, tal como lo hace la televisión. El cinematógrafo fue el que inició esta tendencia al exponernos películas -tanto de ficción como documentales- en que la muerte era el principal protagonista. Así, en las clásicas de vaqueros del lejano Oeste, en las de guerra y en las policiales, que a partir de los años 40 hicieron las delicias de quienes éramos jóvenes, entonces nos banalizaban la muerte: era como que los muertos no fuesen personas sino meros muñecos y, de algún modo era de esa forma, ya que el muñeco muerto en la primera película solía aparecer vivo en la próxima que exhibían en la matinée. Con las documentales la situación era distinta, aún hoy a casi 60 años de haberlas visto, recuerdo horrorizado la crueldad sufrida por los prisioneros en los campos de concentración nazis cuando estos eran liberados, especialmente cuando lo fue el de Auschwitz. Más tarde la televisión entró con todo su ímpetu y arrollador empuje en los hogares, presentando imágenes similares -ya que buena parte de la programación eran películas- y nos trajo imágenes semejantes como para reconocer en la muerte un hecho banal. Pero no es a estos episodios a los que pretendo referirme con estas reflexiones hechas en voz alta. Lo que me alarma es la puesta en escena de la muerte, no de actores profesionales de la pantalla, sino de personas de carne y hueso que dejan su vida -o partes de sus humanidades- ante las cámaras de la televisión en hechos de una realidad que nos habitúa a convivir con la muerte, del mismo modo que se hace con un partido de fútbol. Y, lo peor, es que ante un partido nos emocionamos y discutimos la legalidad de alguna jugada o un fallo del arbitro, mientras que los muertos y heridos provocados por algún acto terrorista -por lo general- no merecen mayor discusión entre los espectadores que los ven morir, tranquilamente sentados, mientras ingieren alguna comida o desde la más confortable cama. Y en este momento quiero hacer una distinción en cómo son manejados los episodios terroristas por unos y otros contendientes en la guerra que se comenzó a librar a partir de septiembre de 2001. Mientras las fuerzas de ocupación terroristas -los buenos de la película- que han tomado a Afganistán y a Irak por el momento, como un coto de caza para sus intereses imperialistas, recurren a la censura de tales escenas cuando son ellos los que atacan -o cuando son reprimidos por las milicias de los países ocupados- los terroristas del otro lado -que son los que representan el papel de los malos del mismo film- no dudan en mostrar imágenes de un altísimo volumen sangriento. Esto ocurre cuando colocan frente a la pantalla las escenas terroríficas de la decapitación de algún rehén capturado; estas imágenes no son novedosas para los espectadores. Sucedieron cuando, por ejemplo durante la guerra en Vietnam, los imperialistas no aplicaban mayores censuras a los contenidos que enviaban los corresponsales de guerra que cubrían el frente de combate, mientras que los atacados raramente ponían en el escenario de pantallas las imágenes crueles de las ejecuciones sumarias de sus prisioneros tomados detrás de las filas invasoras. Ya los estadounidenses no presentan más escenas sangrientas producto de la guerra de ocupación; no son políticamente correctas, ya que no les conviene hacerlo debido a la experiencia acumulada luego de la Guerra de Vietnam. Solo es posible intuirlas a través de escenas difusas cuando los bombardeos nocturnos con proyectiles trazadores; nada más. Ni siquiera los dos mil muertos y decenas de millares de heridos propios son presentados ante el público por la televisión. Es como que ellos no fuesen los héroes de una guerra que no quisieron protagonizar, así se los oculta y se escamotea la visualización de su llegada a la patria del mismo modo que si fuesen bolsas de basura. Si esto se hiciese, entonces podría haberse venido abajo el clima de apoyo al conflicto de que goza -o gozaba, ya que en la actualidad el apoyo ha disminuido sustancialmente según las empresas encuestadoras- en los primeros tres años de la guerra en Irak la administración genocida de Bush. Esa es la simple y hasta cruel razón del ocultamiento de cadáveres y de los paseos públicos por las calles de sus ciudades -con bombos y platillos desfilando- de los lisiados en las lejanas arenas iraquíes. Es la misma mentalidad terrorista que anima tanto a unos como a los otros, esto es, con una visión maniquea, fundamentalista -laica o religiosa-, donde solamente cada uno de ellos afirma ser el poseedor de la Verdad, aunque operando políticamente según tácticas y estrategias que les resulten más convenientes a sus espurios intereses. No nos llamemos a engaño, porque unos se hayan definido como los buenos a la par que definieran a los otros como los malos, la realidad nos demuestra que ambos son lo mismo ideológicamente -fundamentalistas- y, consecuentemente, comparten una estructura psicológica semejante en cuanto a conformar sus engramas de pensamiento -y también los contenidos emocionales- de naturaleza autoritaria ante el mundo. Ambos enemigos operan -en este como en otros sentidos- disociando al mundo de un modo maniqueísta, compuesto por baldosas blancas y negras, sin dejar lugar a los diferentes matices intermedios que pasan por ambos extremos de la gama de colores. Los dos se encierran en sí mismos ante la posibilidad de tolerar la existencia del otro en el planeta; su egoísmo los lleva a creer que el orbe es solo de ellos y el otro no tiene lugar alguno a ocupar, solamente le cabe la destrucción por parte de sus delirantes iluminaciones de pretendido origen divino. Tanto unos como otros terroristas han construido -con sus limitaciones de orden perceptual propias de los que "tienen un solo libro"- una especie de "realidad paralela" (Montero Gómez, 2006) que les facilitan el desciframiento sencillo de una realidad por demás compleja. En síntesis, lo único -y que no es poco- que los une es el deseo de hacer desaparecer, de borrar de un plumazo del mapa de los vivos al adversario. Asimismo, tampoco seamos tan ingenuos como para creer que la táctica de presentar decapitaciones de rehenes, que ponen en práctica los seguidores de Al Qaeda, es muy original; permanentemente, la televisión nos muestra colocando por delante nuestro imágenes violentas. Ya se trate de balaceras en un barrio marginal, el secuestro de rehenes por parte de delincuentes comunes con su ulterior ajusticiamiento a manos de los mismos -o a veces de la policía que aduce haberse equivocado de blanco al disparar sus armas- y tantos otros episodios que ya se han convertido en el alimento diario para los espectadores de la pantalla chica. Todas y cada una de esas imágenes -como muchas más que enhebrarían un largo listado- llevan a una suerte de domesticación de la violencia por haberla convertido en un hecho normal, cotidiano en nuestras vidas. Susan Sontag afirma, con mucha razón, que somos simples espectadores, mirones de la violencia. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre estos hechos cotidianos y los que nos ofrece esporádicamente Al Qaeda? Entiendo que la diferencia estriba solamente en la atribución del sentido simbólico que los medios le otorgan a la escenificación de la violencia en cada condición diferente; mientras las escenas de la cotidianeidad violenta en las calles de las ciudades sirve a los medios, como una forma de entretener a su público con hechos de los cuales todos hemos sido, o podemos ser, actores alguna vez, en el caso de los terroristas islámicos les es útil como un elemento de advertencia, como una amenaza útil para meter miedo y hacer arrugar a quienes con su voto son cómplices de las guerras religiosas -y económicas- que hoy tienen lugar por el Oriente Medio, y que en cualquier momento será trasladado su epicentro nuevamente a las metrópolis, como sucedió el 11 de septiembre. Si se miran ingenuamente las imágenes de ajusticiamentos -decapitaciones- hechas sobre prisioneros civiles, quien lo haga podrá fácilmente pensar que los integristas islámicos son bárbaros, que de ellos no se puede esperar otra cosa. Pero a la vez estará ignorando que sus enemigos también son bárbaros. Cualquiera sea la expresión terrorista de que se trata tiene un objetivo común con la de su adversario, cual es la de provocar pánico, miedo, en definitiva, terror, que es el testimonio fundamental del terrorismo. ¿O acaso las imágenes de proyectiles trazadores y de misiles balísticos en la noche sobre Bagdad no tienen el mismo objetivo? Sí, lo tienen, es una forma de advertir al resto del mundo que quien se atreva a atacar al nuevo poder imperial recibirá idéntico castigo: fuego a granel sin reparar donde cae. En todo caso, si las víctimas civiles han sido muchas, se reconocerá que fue un error de puntería, nada más que eso y los consabidos pedidos de disculpas. Ambas formas de la expresión política contemporánea por parte de los protagonistas de la nueva forma de la guerra que el mundo está viviendo -y sufriendo, bajo una fórmula común que las emparenta: el terror (Rodríguez Kauth, 2003)- demuestran ser la negación rotunda del discurso racional, de la caída del pensamiento, de la emocionalidad puesta en funcionamiento sin límite alguno que sea capaz de contenerla. |