SECCIONES FIJASPÁGINAS DE GRANDES PERIODISTAS - La literatura: respuesta a lo que está vivo o moribundo, Susan Sontag

| Imprimir |  E-Mail
Me permito hablar como escritora, como paladín de la empresa de la literatura, pues en ello reside la única autoridad que detento. La escritora en mí desconfía de la buena ciudadana, de la "embajadora intelectual", de la activista en favor de los derechos humanos; esos papeles que se citan en la mención del premio, a pesar de mi vínculo con ellos. La escritora es más escéptica, más dubitativa que la persona que intenta hacer (y apoyar) lo justo.

Una de las tareas de la literatura es formular preguntas y elaborar afirmaciones contrarias a las beaterías reinantes. E incluso cuando el arte no es contestatario, las artes tienden a la oposición. La literatura es diálogo, respuesta. La literatura puede definirse como la historia de la respuesta humana a lo que está vivo o moribundo a medida que las culturas se desarrollan y relacionan unas con otras. Los escritores algo pueden hacer para combatir esos lugares comunes de nuestra alteridad, nuestra diferencia, pues los escritores son hacedores, no solo transmisores, de mitos. La literatura no solo ofrece mitos, sino contramitos, al igual que la vida ofrece contraexperiencias; experiencias que confunden lo que creías creer, sentir o pensar.

Un escritor es alguien que presta atención al mundo. Eso significa que intentamos comprender, asimilar, relacionarnos con la maldad de la cual son capaces los seres humanos, sin corrompernos –volviéndonos cínicos o superficiales– al comprenderlo.

La literatura nos puede contar cómo es el mundo. La literatura puede ofrecer modelos y legar profundos conocimientos encarnados en el lenguaje, en la narrativa. La literatura puede adiestrar y ejercitar nuestra capacidad para llorar a los que no somos nosotros o no son los nuestros.

¿Qué seríamos si no pudiéramos sentir simpatía por quienes no somos nosotros o no son los nuestros? ¿Quiénes seríamos si no pudiéramos olvidarnos de nosotros mismos, al menos un rato? ¿Qué seríamos si no pudiéramos aprender, perdonar, volvernos algo diferente de lo que somos?

En ocasión de la entrega de este glorioso premio, este premio alemán, me permito contarles algo de mi propia trayectoria.

Soy descendiente de judíos lituanos y polacos, la tercera generación estadounidense, y nací dos semanas antes del ascenso de Hitler al poder. Crecí en las provincias estadounidenses (Arizona y California), lejos de Alemania, y sin embargo toda mi infancia estuvo imbuida de Alemania, de la monstruosidad de Alemania y de los libros y la música alemanes que adoraba y fijaron en mí su modelo de seriedad e intensidad.

Antes de Bach y Beethoven, de Schubert y Brahms, hubo unos cuantos libros alemanes. Estoy pensando en un profesor de mis años de enseñanza elemental, en un pueblo del sur de Arizona, el señor Starkie, el cual atemorizaba a sus alumnos al decirnos que había combatido en el ejército de Pershing contra Pancho Villa en México; este canoso excombatiente de una otrora aventura imperialista estadounidense se había conmovido con el idealismo –en traducción– de la literatura alemana y, habiendo comprendido mi singular afición por los libros, me dio en préstamo sus propios ejemplares de Werther y de Immensee.

Poco tiempo después, en mi orgía lectora infantil, la casualidad me guió hasta otros libros alemanes, entre ellos La colonia penitenciaria de Kafka, en la que descubrí el pavor y la injusticia. Y aún unos años después, cuando cursaba el bachillerato en Los Ángeles, encontré toda Europa en una novela alemana. Ningún libro ha sido más importante en mi vida que La montaña mágica, cuyo asunto es, precisamente, el conflicto de los ideales en el corazón de la civilización europea. Y así hasta el presente, a lo largo de una vida inmersa en la alta cultura alemana. En efecto, tras los libros y la música, que fueron experiencias virtualmente clandestinas, dado el desierto cultural en que vivía, llegaron las experiencias reales. Pues también soy tardía beneficiaria de la diáspora cultural alemana, habiendo tenido la enorme buena fortuna de tratar íntimamente a algunos de los incomparablemente brillantes refugiados de Hitler, aquellos escritores, artistas, músicos y eruditos que los Estados Unidos acogió, a partir de los años treinta, y que tanto enriquecieron al país, sobre todo a las universidades. Me permito mencionar a dos que tuve el privilegio de contar entre mis amigos al final de la adolescencia y principios de la edad adulta, Hans Gerth y Herbert Marcuse; a muchos otros, cuando cursé estudios en Chicago y Harvard; y a Hannah Arendt, a quien conocí después de trasladarme a Nueva York a los 26... Cuántos modelos de seriedad cuyo recuerdo me gustaría evocar aquí.
 
© 1997/07 Chasqui - Contacto
comunica.org