DUDAS Y RUPTURASEl regreso del andrógino, Juan Manuel Rodríguez |
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Indico un fenómeno masivo y patente: anatomías humanas sin circuitos integrados son rareza de antropólogo. El chip es el aderezo posmoderno, visible en los receptores prendidos como arreos al individuo. Este menudo aparato aparece en el teléfono celular, en la USB o memoria extendida, en la computadora portátil, en la llave del carro, en el reloj de muñeca –que tiene radio, agenda, televisor y teléfono incorporados–, en el discman, el juego electrónico, la tarjeta de crédito, las gafas multipropósito y la cámara digital. El chip se ha vuelto casi tan indispensable como el oxígeno. El mini componente tiene más ventajas que un amigo-a: portátil, memoria extraordinaria, liviano, útil, virtualidades inmensas, recursos generosos, múltiples opciones de diversión y placer; y además no se queja, consume poca energía y se reemplaza con facilidad. ¿Evolucionamos o involucionamos? Conectarse y contactarse es moda y empeño de la técnica. No se trata de discutir la controversia de Eco entre apocalípticos (contrarios a la cultura de masas) e integrados (defensores de la misma), sino de ajustar algunas consecuencias en el uso indiscriminado y voraz de estos receptores. El mundo posmoderno exige principalmente “estar enchufados” y, paradójicamente, sin cables, porque lo conectado ya no es el aparato, sino la persona ligada a sistemas inalámbricos que copan la atención e interés. Nos enchufamos al celular, al televisor, al radio, a la música MP3, a los discos ópticos, al computador, y paradójicamente nos creemos comunicados cuando vivimos incomunicados con los prójimos. Así, no es persona desarrollada quien más piensa, sino la que está más enchufada, el individuo obsesionado con los juegos electrónicos, el electrocutado por el ruido, el que evade la realidad con imágenes virtuales, con la magia de los multimedia. Pero ese nuevo androide no se sabe manipulado, ni masajeado, ni violado; parece tan inconsciente que divaga entre el éxtasis y la orgía, entre la satisfacción y la inconsciencia, autosuficiente y automatizado como lavadora inteligente. Los espectáculos deben ser desenfrenados, la clase entretenida, el libro divertido, la fiesta bacanal, la ciencia simple, y la misa con orquesta y pachanga, sin meditación. El individuo que no se entretiene y divierte, no posee validez y es digno de lástima, un extraño aburrido y atemorizado por el tsunami de información y desinformación que lo invade. En la Grecia antigua, el mito del andrógino (Platón, /Banquete,/ habla Aristófanes) representaba a un ser satisfecho, con ambos sexos incorporados, redondo, incomunicado y “descomplicado”. Hoy, el nuevo andrógino es un engendro conectado y enchufado a la red, al Internet, al celular, al discman y al “/Chat”/. La relación “yo–tú”, que en el andrógino griego era una sola entidad compacta y coincidencia de los opuestos, en el actual andrógino es “yo–chip”, reciprocidad entre hombre y máquina que ha suprimido el tú. Este nuevo sujeto pasa por humano gracias a que muestra más su anatomía, pero es difícil conocer si entiende el entorno natural al estar acoplado e inmerso en el digital. Los acoplados desatienden el espacio real y se sumergen en el virtual porque parece más fácil de operar, sencillo y repleto de certezas. Evadir el mundo circundante para meterse en sensaciones digitales significa empezar a conectarse con lo extra-terrestre y formar parte de los mensajes a través de una proyección de nuestra personalidad que se pierde en difusos contenidos de una “cultura mosaico” (A. Moles). El gran logro de los “cibernántropos” –detrás de ellos hay intereses económicos del negocio (no-ocio) del ocio y estrategias de poder– es que la conciencia ha sido reemplazada por el semiconductor. Este aparato nos dice quiénes somos, dónde compramos, qué nos agrada, cuáles son nuestros hábitos, el número de la cuenta bancaria, tipo sanguíneo, cuánto debemos, el dinero disponible y nuestro mapa de enfermedades. La memoria humana ya no reside en eso que se llamaba la razón histórica sino en la del circuito integrado. La conciencia tiende a desaparecer y ha sido reemplazada por el chip que es impersonal, de larga duración, amoral, sumiso y profiláctico. Una de las dificultades de los multimedia es que la persona no puede ver televisión y entender un libro, escribir un mensaje y accionar el juego, o sea, que la posibilidad de recibir la información está limitada por nuestra incapacidad de captarla y entenderla, pues atendemos solamente pequeñas parcelas y focos de interés. Mayor cantidad de mensajes en el espacio no significa que estemos mejor o más informados porque el humano tiene escasa memoria y deficiente atención a muchos canales a la vez. Por ello, hay que distinguir entre cantidad de información transmitida y la información recibida en cada caso particular, diferenciando entre la que llega al aparato, la que el destinatario personal descodifica, la que entiende y la que comprende en un espacio saturado. Problema aparte resulta la calidad de información a la que tenemos acceso. Una cantidad de información igual puede ser de muy diferente calidad. Cinco palabras al azar y cinco palabras que conforman un sentido tienen casi igual cantidad de información, pero la calidad es mayor en el segundo caso. El problema se agrava aún más con la redundancia. Una búsqueda regular en la red evidenciará la cantidad de información que se repite una y otra vez sin ningún aporte novedoso. La redundancia satura la “semiosfera” a tal punto que buena parte de la información divulgada es desecho, reiteración de iguales tópicos, pérdida de tiempo. La llamada información será desinformación o información lateralizada, redundante y superflua. Somos bastante pobres en varios de los procesos del manejo de información. Retener un número de doce dígitos de un teléfono es tarea titánica, y la más simple calculadora puede hacer operaciones matemáticas en décimas de segundo cuando al cerebro humano le supondría enormes esfuerzos. La fortaleza humana no radica en el procesamiento de información, por eso hemos generado máquinas sustitutas que sirven para almacenar y manejar información. El sicólogo G. Miller afirmaba que la persona es un lamentable sistema de información: “tiene escasa amplitud de banda, un alto nivel de ruido, es caro para mantenerlo y duerme ocho horas de cada veinticuatro.” Si las tareas rutinarias nos fastidian y aburren, es en ellas donde sorprende la gran capacidad de la máquina: su constante operar sin descanso. Frente a nuestra precariedad como sistema de información y ante la enorme potencia de las máquinas, hay que destacar el ilimitado poder de la mente para transformar, “recodificar”, reconocer, intuir, abstraer y explicar los rasgos esenciales de la realidad. Por tanto no está en la capacidad de memoria y de recibir datos en lo que se destaca el sistema humano de información sino en su facultad de interpretarla para convertirla en pensamiento y emoción. La información, sacralizada por la técnica, no nos humaniza, sino la comprensión y su reelaboración a través del pensamiento, la simbolización y el razonamiento. La pregunta si hay vida fuera de nuestro planeta es inocua, la clave es si habrá vida fuera de la red. ¿Qué tal si el mundo de la Web está fabricado por una máquina poderosa que nos harta con mensajes y engaña con la idea de que son producidos por seres humanos? Puede ser. Al nuevo andrógino no le interesa el problema, satisfecho y abastecido por la in/desinformación recibida a través de sus circuitos integrados es feliz, alelado y mudo; sabe todo, se divierte y no atiende el reclamo de los dioses. Sin embargo, antiguamente los dioses reclamaron sacrificio, gratitud, admiración y temor. Al no obtenerlos, dividieron al andrógino por la mitad porque un ser satisfecho y sin carencias contradecía el sentido mismo por el que los dioses existían. ¿Será separado este nuevo andrógino por los dioses? Queda la duda, pues el posmoderno, habiendo aprendido la lección antigua, tal vez sea capaz de eliminar a las divinidades, evitando así la mutilación. Parece que algunos dioses ya han sido borrados; es la victoria del andrógino, la desaparición de la soledad, el triunfo de lo creado sin tener que someterse a ningún creador. Por ello no hay desgarramiento ni ruptura, sino totalidad en la unión del “yo–chip”, confluencia de los opuestos, unión egotista, sentido y contrasentido, totalidad distraída, en definitiva recuperación de la unidad primitiva que aparece en el mito del andrógino. Tal vez la “deconstrucción” (Derrida) del humano ha producido una construcción: el andrógino posmoderno que deberá ser “deconstruido” con el tiempo. Aunque también es posible que ocurra una reconstrucción, porque cada vez más encarnamos los mitos y nos olvidamos de la razón y del asombro. |