CINEÓscar 2006: Una tradición que se rompe, María Helena Barrera-Agarwal

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Tal vez ninguna premiación organizada por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de los Estados Unidos (popularmente conocida bajo el nombre de Óscar) haya sido tan sorprendentemente de vanguardia en sus resultados como la de 2006. Muchas veces acusada de ser demasiado políticamente correcta y de favorecer sucesos comerciales de contenido, la Academia en su 78 palmarés no pudo ser menos conservadora: Los cinco filmes en competición para mejor película tocan puntos neurálgicos del devenir político social estadounidense y mundial. Tal consistencia, raramente alcanzada en ese u otros foros, junto con sus implicaciones, merece analizarse observando la ceremonia en sí y el contexto e impacto de las cintas escogidas.

Los Óscar y su ceremonia

Los Óscar sufren de un fenómeno usual en la televisión de emisión libre estadounidense: la disminución, aparentemente incontenible, de los niveles de audiencia para todo tipo de programación, con contadas excepciones, como las de ciertos reality shows. Las razones de esa mengua van mucho más allá de la naturaleza de los programas. Se ha sugerido que la atención del público está siendo atraída, tanto hacia canales especializados de cable como hacia otros medios de diversión electrónicos, como juegos de video e Internet. A medida que los años pasan y los ratings bajan, los promotores de eventos antaño primordiales buscan desesperadamente nuevas vías para mantener e incrementar su audiencia, so pena de perder publicidad y relevancia.

Un buen ejemplo de tal fenómeno es el certamen de Miss América. Sus empresarios, en busca de revivir el interés en el mismo, han decidido crear un producto híbrido para el año que viene, combinando el tradicional concurso con un reality show centrado en las participantes. En el caso de los Óscar, las posibilidades de renovación son más limitadas, en razón del prestigio de los premios y la naturaleza de la ceremonia. En 2006, la Academia recurrió a diversos elementos con el fin de incrementar audiencia. Uno de ellos fue la elección como presentador de Jon Stewart, un hombre que poco tiene que ver con el mundo de Hollywood y con los cómicos del medio que tradicionalmente han servido de anfitriones.

El caso de Jon Stewart merece estudiarse. Stewart es el muy conocido conductor del programa televisivo Daily Show, conocido por lo acerbo y certero de sus críticas, particularmente anti-republicanas. El Daily Show se especializa en presentar noticias con giros satíricos de magnitud. En los segmentos de entrevistas, los actores que trabajan para Daily Show se presentan como periodistas serios, obteniendo diálogos que intentan demostrar la arrogancia, insensatez o plena ignorancia de todo tipo de figuras públicas. Moldeado en las líneas de Saturday Night Live y Ali G, el Daily Show es, sorprendentemente, la fuente de noticias preferida para una gran parte del público joven de los Estados Unidos, como una encuesta lo descubrió en 2005.

Contratar a Jon Stewart era una maniobra arriesgada. Su innegable popularidad y eficiencia televisiva se combinan con el hecho de que era un novicio total en un programa de la envergadura que los Óscar poseen. No estaba claro tampoco si su público habitual lo seguiría en su aventura en Los Angeles. Ya en la ceremonia, Stewart evitó las ironías extremas, incluyendo un limitado repertorio de sarcasmos políticos, en vivo y vía segmentos pregrabados. Su prudencia fue sorpresiva y totalmente fuera de carácter.

A pesar de la presencia de Stewart, los resultados estadísticos no fueron los esperados. Una vez más, los Óscar sufrieron un retroceso en materia de audiencias dentro de los Estados Unidos. Tal vez éste sea un indicador de un inevitable descenso. El mismo, sin embargo, no se refleja en los mercados internacionales, donde cada edición es recibida por mayor número de países y de personas. Esta ironía da la medida de cómo ciertas pautas de difusión y audiencia no se reproducen, o se reproducen con retraso, a nivel del orbe.

Los Óscar y chasqui94_0061.jpgsus películas

Las películas nominadas para el titulo de mejor filme del año tienen un denominador común, sin duda alguna: todas ellas tratan de un aspecto político-social que está al orden del día en los Estados Unidos y en el mundo. Adicionalmente, requieren de la activa participación del público para su comprensión. Su lenguaje cinematográfico es inusual. Las cinco han causado controversia, de diversos tipos y con distintas ramificaciones.

Un punto común poco divulgado reside en que ninguna de las películas nominadas fue un éxito de taquilla. A diferencia de blockbusters como Titanic y la trilogía de El Señor de los Anillos, los filmes del 2006 han sido apreciados generalmente en urbes costeras como Nueva York y San Francisco, así como también en regiones de predominante tinte liberal. En sectores conservadores del país no han contado con el apoyo popular reflejado en la compra de entradas.

Un análisis cercano de cada filme permite ponerlo en contexto, para así permitir una mejor comprensión de la corriente que representa, desde un punto de vista mediático, y de las razones de su impacto.

Crash, o la denuncia del racismo

Ante los ojos de la mayoría anglosajona y de otras minorías, la mayor sorpresa del 2006 ha sido sin duda alguna la emergencia de una fuerza social latina, expresada de modo multitudinario en marchas por los derechos de los inmigrantes indocumentados. Es muy probable que las mismas constituyan tan solo el preludio de un nuevo movimiento de derechos civiles que puede hacer cambiar la faz política de los Estados Unidos.

Las razones del descontento expresado en esas marchas se pueden apreciar en múltiples detalles. Su más elitista expresión se encuentra, por ejemplo, en la obra del catedrático de Harvard, Samuel P. Huntington, quien no ha tenido reparos en condenar a los latinos como una presencia indeseable y destructiva en los Estados Unidos. Los intentos de congresistas para criminalizar inmigrantes sin papeles y de cerrar las puertas a la entrada de latinos son otro aspecto de la misma corriente. Esos prejuicios tienen eco en todo tipo de niveles, hasta los episodios más cuotidianos de racismo y discriminación.

En tal contexto, Crash es un filme que apunta sin ambages a los preconceptos anti-latinos, así como también a los muchos otros que medran en esta nación multicultural. No es común que la pantalla grande presente una visión tan realista de las trabas que los prejuicios presentan a la gente común y corriente. Englobados bajo el epíteto de hispanos, los latinos en la película son vistos como mano de obra poco calificada, incomprensible y esencialmente ligada a pandillas y criminalidad. El hecho de que esos estereotipos son desarticulados uno a uno, igual que aquellos referentes a otras minorías, es un logro que bien merece un Óscar a la mejor película.

Brokeback Mountain, o la denuncia de la intolerancia

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El filme de Ang Lee es probablemente el mayor catalizador de críticas y noticias en esta edición de los Óscar. Basada en una historia de Annie Proulx, su premisa es simple: ¿qué efecto tiene la intolerancia del predominantemente conservador oeste de los Estados Unidos sobre la relación homosexual de dos pastores de ovejas? El tema toca factores obvios, como los de las presiones sociales que obligan a los protagonistas a presentarse como heterosexuales, a contraer matrimonio y a fundar familias a pesar de su continua historia mutua.

Para comprender el alcance político de Brokeback Mountain, es necesario recordar cuán candente es el tema de los derechos de los homosexuales en los Estados Unidos, particularmente en cuanto respecta al matrimonio gay. La cuestión ha sido caballo de batalla para los candidatos de izquierda y de derecha en las más recientes elecciones presidenciales. En 2004, George W. Bush capitalizó en el temor de conservadores y evangélicos a las uniones legales homosexuales, sirviéndose de su rechazo por las mismas como argumento electoral.

Brokeback Mountain parece que fue concebida para impactar esas consideraciones. La misma historia, ambientada en una ciudad como San Francisco, no habría tenido el mismo impacto. La selección del oeste estadounidense como escenario, espacio de masculinidad tradicional y conservadorismo acérrimo, fue sin lugar a dudas un elemento de genio. A pesar de ello, el filme no posee la necesaria sutileza: se puede argumentar que, por ejemplo, la escena de Ennis, iluminado por los fuegos artificiales del 4 de julio, victorioso después de una lucha a puñetazos, carece de la sutileza necesaria a una obra que transciende admoniciones.

Capote, o la denuncia de la ambigüedad

De Capote se ha dicho mucho en relación a la condición de homosexual declarado del escritor. Tal carácter ha sido conjugado con el de los protagonistas de Brokeback Mountain, para dar la impresión de una edición de los Óscar que privilegió una inclinación gay en sus filmes.
Lo cierto es que reducir Capote a un filme gay es poco adecuado. La película analiza en esencia la responsabilidad de escritores y periodistas frente a sus fuentes. ¿Cuán lejos es demasiado lejos, al investigar un evento, particularmente si los réditos para quien lo hace son obviamente amplios? ¿Cuáles son los obstáculos éticos que deben tomarse en cuenta a la hora de sumirse en los destinos del prójimo, cuando de tal inmersión puede resultar un reportaje importante o incluso en una obra maestra? En una era en la que la ambigüedad y el engaño parecen predominar en ciertos espacios del hacer creativo e informativo, las materias puestas en evidencia por Capote no pueden ser de mayor actualidad.

Munich, o la denuncia del ojo por ojochasqui94_0064.jpg

Munich, de Spielberg, tiene por punto de partida y razón de ser la masacre de los deportistas israelíes en las Olimpiadas de Verano de 1970. De esa barbarie se desprende una misión de retaliación que busca justicia por medios que pueden ser comparables a los del crimen original. Nadie puede objetar a la actualidad de tal confrontación. Munich ha causado polémica, no solo porque el conflicto Israelí-Palestino es un tema que suscita encontradas y emocionales reacciones, sino por la manera en la que la narrativa evita proponer salidas fáciles al espectador.

Good Night and Good Luck, o la denuncia del Fascismo

Nadie que haya escuchado las grabaciones de Edward R. Murrow o leído sus discursos y las transcripciones de sus trabajos para radio y televisión puede permanecer impávido ante la magnitud de su personalidad y sus lecciones. La cinta de George Clooney es claramente la de un admirador. Ello no obsta para que se constituya en mucho más que una simple lección de historia favorable. El uso de filme en blanco y negro, la preferencia por habitaciones y estudios cerrados, y la brillante idea de servirse de grabaciones originales para presentar a Joseph McCarthy, son elementos que introducen al espectador en la era de la caza de brujas de los años 50 con exacerbada efectividad.

La película tiene una resonancia particular en una era en la que las mismas libertades puestas en peligro por McCarthy y sus asociados parecen, una vez más, frágiles ante la escalada del temor interno. Clooney no tiene reparos en examinar los paralelismos, respetando eso sí la integridad de los hechos que recrea. La inclusión como la escena inicial y final de la última intervención pública de Murrow, destinada a increpar la creciente complicidad de los medios en la aculturización y manipulación del público, no puede sino aplaudirse como uno de los rarísimos momentos en los que un tema semejante es abiertamente analizado en el cine.

Conclusión

Pocas conclusiones son más aptas en este tema que una cita tomada de la aceptación del Óscar al mejor actor de reparto, pronunciada por George Clooney: “tal vez estemos un poco fuera de toque en Hollywood, de tiempo en tiempo. Pienso que es probablemente algo positivo. Somos los que hablamos del SIDA cuando de ello solo se susurraba y los que hablamos de derechos civiles cuando no era popular. Y, ustedes saben, traemos temas a la vanguardia”. Esas palabras, no siempre adecuadas para describir las labores de la Academia, han sido acertadas al menos en la edición de los Óscar 2006.

 
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