Dudas y RupturasLa lámpara encendida, Juan Manuel Rodríguez |
| Imprimir | |
|
“¿Dónde están los hombres?” Con pregunta similar y farol en mano, el filósofo Diógenes el Cínico buscaba un ejemplar verdadero entre los ciudadanos griegos. Pero la frase citada es del Principito durante su vagabundaje por el desierto. En la soledad de las dunas, el viajero espacial se topa con una flor de tres pétalos. La interroga para hallar a los humanos. La flor recurre a la memoria. Recuerda el paso de una caravana y contesta que solamente existen seis o siete hombres, pero que nunca se sabe dónde encontrarlos pues el viento los arrastra de un lado a otro porque no echan raíces y el viento los arrastra. Finalmente sentencia que esta falta de arraigo es la causa de la amargura humana. Afincarse, echar raíces, aproximarse y crecer solidariamente junto a los otros proporciona sentido a la persona. Lámpara, búsqueda y raíz aparecerán al final en este mismo contexto. El grito y el silencioUna vida sin contactos humanos es pensable, pero imposible. Emociona observar cómo una madre se acerca a su hijo, un sacerdote al agónico, un místico a Dios, un perro al pordiosero que lo acaricia y un pintor al lienzo donde trabaja. Somos prójimos (próximos) de aquellos que se nos arriman, también de esos a los cuales nos acercamos y nos aceptan; y somos amigos de esos objetos que nos acompañan: el libro almo, la butaca, el vértice de la montaña, el paisaje marino, el árbol amigo que creció compartiendo el mismo aire, las máquinas que traicionan haciéndonos creer que nos acompañan. La indiferencia, el olvido, la fragmentación social, el rencor y descuido son actos que propician la separación. Las formas de acercarse y alejarse son tan variadas y ricas que complican y avivan la existencia. Estamos necesitados de soledad, pero también de compañía y comunicación. Sin estos momentos que envuelven toda la vida social no existiría ni lo humano ni lo cultural. La comunicación, el amor, el nacimiento y la muerte, el grito y el silencio, la guerra y la paz son algunas situaciones en que la atracción y repulsión se producen y manifiestan. Nos acercamos con miedo o confianza, ilusión y curiosidad, interés o desinterés, de tal modo que estas maneras de allegarnos a los prójimos y a las cosas tiñen y destiñen nuestro tránsito por la existencia. En el acercamiento y su contraparte, el repudio, se encuentra comprometido todo proyecto humano. De la misma manera que no hay vida sin conducta, tampoco existe conducta sin comunicación. ¿Se nos aproxima la muerte o nosotros nos aproximamos a ella por ser una necesidad irremediable? Llegar a lo desconocido requiere cautela más que audacia; pero cuando lo desconocido se nos acerca, tememos. No es lo mismo algo extraño que se nos aproxima, que nosotros decididos a acercarnos. Al arrimarnos, prevemos resultados e imaginamos posibilidades; sin embargo, la provocación de un acercamiento inesperado nos produce temor o angustia, desespero y asombro. Las contiendas pueriles ejemplifican este juego vital que se representa alejando el peligro y causándolo por aproximación. El fútbol, contienda que atrae a tantos fanáticos, resume esta rivalidad entre acercar el peligro a un arco y alejarlo del otro; y en algo similar coinciden otros juegos de competición y las guerras. También la comunicación es expulsión y salida de nuestra conciencia; tal vez inicio de una senda para la andanza y puerta de misterios entre interlocutores. De acercarse y alejarse, de este vaivén entre repulsiones y afectos trata la verdadera comunicación. Leer es aproximarse a un objeto que será compañero, calmante, malestar, ocio, subversión o aburrimiento. Nos enseñan a acercarnos al mundo con técnicas de investigación y observación; pero en las relaciones humanas y en el mundo de las cosas aprendemos a aproximarnos por experiencia propia y vicaria. Quizá no nos enseñan a alejarnos. La obsesión es vivir para un acercamiento radical. Y la pasión posibilita el encuentro entre dos obsesiones. La existencia se ampara en esos entusiasmos. Nunca nos acercamos en estado puro. Tras cualquier acto de aproximación, siempre hay intenciones que modelan, esquemas mentales, preferencias, estereotipos, prejuicios, exclusiones e inclusiones. Bajo este sentido, que se limita por el desliz de la mirada y también por su agudeza (situación), nos aproximamos a las máquinas receptoras de mensajes banales y adormecedores. La presencia directa con la persona se diluye y se cambia por la experiencia indirecta con apariencias humanas y objetos figurativos. Nos aislamos y no hay búsqueda ni encuentro. Presencia y ausenciaPrendemos el televisor. La lámpara encendida, símbolo de la espera como en las vírgenes que aguardaban la llegada del señor y su encuentro, ahora es divertimiento y evasión. La lámpara de la televisión insiste en eso mismo, pero con la ilusión engañosa de que a través de ella entramos en diálogo. Con el espectáculo del programa creemos echar raíces en un suelo de irrealidad donde no hay hombres sino retratos que danzan para evadirnos y engañarnos con acercamientos irrelevantes. La vedetización del presente social, del pasado y futuro ingresa por la imagen de los medios y los multimedia, ¿los medios masivos o los “miedos” masivos? El miedo al contacto directo, por tanto la distracción con la máquina que es fácil de manipular. El contenido del mensaje desaparece entre el oropel, en la pose y la figura maquillada, y aparece la seducción de la vaciedad. La sensación visual mediatizada reemplaza el contacto directo con las cosas, de tal manera que la expresión oral y escrita ya no versa sobre la vivencia directa sino sobre las experiencias leídas y vistas. Por eso la literatura trata cada vez más sobre libros que sobre existencias, sobre la expresión de los muertos y no sobre la aparición del ser. Con el teléfono digital, el ipod, la televisión y el computador portátil nos aislamos del contacto personal. En una sociedad altamente preparada para aceptar la realidad ilusoria y artificial como natural, donde las cosas se diluyen y difuminan, el mayor valor es ser aceptado. Ser percibido es existir, para ello hay que hacerse notar, aparecer en los medios y convertirse en producto. En ello radica el seudo valor de llamar la atención y provocarla con cualquier pretexto. Ecce homo. He aquí el hombre. Lo dijo y escribió F. Nietzsche, también el otro hombre verdadero, pero ninguno de ellos apareció en televisión. La lámpara encendida ya no busca, ni espera, ni involucra, solamente nos distrae de nuestra radical soledad para que sumisos y obsesos no nos paralice el aislamiento, creyendo en las imágenes, en las representaciones de las cosas, sin raíces donde crecer. Si el Principito interrogara hoy por los hombres la flor contestaría “están viendo televisión,” obnubilados y magnetizados, distraídos. Esa flor afirmaría que los hombres crecen bajo la sombra de este aparato; frente a la televisión se absorben y aíslan renunciando al encuentro con otras personas, a las presencias. Y la canija flor de tres pétalos concluiría de igual manera: “¿Los hombres?... Nunca se sabe dónde encontrarlos. El viento los lleva, pues no tienen raíces. Y no tenerlas les causa amargura.” |