Páginas de grandes periodistasLos periodistas y la política, Francisco Febres Cordero |
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Ahora resulta -va resultando desde hace algunos años- que el periodismo es la mejor plataforma para lanzarse a la política. Al fin y al cabo, los periodistas han ganado popularidad, un elemento nuevo que pretende que el oficio cambie la sustancia dura, férrea de que está hecho, por otra cauchosa, dúctil, agradable, complaciente. Entonces, solo es cosa de rendirse ante las zalamerías del partido que los pretende, acordar una cifra con el líder que los financia, y comenzar a recorrer, con los brazos en alto, la geografía donde está el electorado al que hay que cautivar. Y, claro, también es cuestión de seguir jugando con los olvidos. Y con los silencios. Porque ellos olvidaron que el periodismo es un oficio que cosecha más angustias que lisonjas, sudores más que aplausos, dolores más que lauros. Y que, por eso, se construye más desde las sombras que desde la enceguecedora luz del espectáculo. Y silenciaron la voz que arremete contra los embustes. Olvidaron la distancia que es necesario mantener con el poder, la necesidad de indagar, de criticar, de hurgar, de escarbar para exhibir las purulencias que otros pretenden esconder. Silenciaron la voz contra los latrocinios, contra las injusticias, contra las prebendas. Olvidaron mostrar a las autoridades lo que sus colaboradores les tapan, les esconden. Silenciaron la voz para decir a los mandatarios aquello que sus cortesanos no les dicen. Mas para esos periodistas que hoy pretenden trasmutarse en caudillos, el periodismo es un espejismo, es brillo, maquillaje. Son cámaras y flashes. Sonrisas, cuerpo escultural. Son corbatas a la moda, pelo engominado, una dicción correcta y, muchas veces, una actitud servil, obsecuente ante el señorón que se adueño del medio con el solo objetivo de defender sus bastardos intereses vinculados. ¿Qué entienden por periodismo esos periodistas sino la oportunidad de alcanzar el estrellato a cualquier precio? ¿Qué entienden por periodismo sino la lucha encarnizada para lograr que su programa se mantenga en los más altos niveles de audiencia? Si para eso hay que apelar a la truculencia, a la banalidad, al morbo, ¡qué más da! Así construyeron su fama. Ahora, en la convicción de que la política es también un espejismo, van en pos de los votos. Después regresarán a colocarse tras las cámaras como si tal cosa, sin inmutarse cuando el público, atónito, no pueda distinguir si el que les habla lo hace desde el periodismo o desde la política. Y es que para esas estrellas fugaces, las dos cosas son lo mismo: oportunidades para agrandar su imagen que, sin duda, es lo único que aman. |