Dudas y RupturasKierkegaard: lo público y la multitud, Juan Manuel Rodríguez |
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Gracias a las tecnologías de soporte y divulgación masiva, el uso de la red de información global y abierta (WEB) ha renovado el debate que pensadores anteriores ya establecieron en Europa acerca de los conceptos de lo público y la multitud y sus respectivos referentes. En este sentido, se ha actualizado el pensamiento del filósofo danés S. Kierkegaard y se acude a la crítica que hizo de la prensa del siglo XIX en algunos pasajes de su obra, principalmente al artículo “La era presente” (La época actual). El problema de lo singular frente a la universal no es un aspecto aislado del pensamiento de este filósofo, sino uno de los ejes de su sistema metafísico que funciona por antinomias. La primera, que fundamenta toda su filosofía, es la antítesis entre esencia y existencia. Entiende la esencia como algo fijo, definible, conceptual y abstracto, mientras que la existencia es lo indefinible, es la ejecución de una esencia por un existente individual, y responde a la forma en que cada sujeto resuelve su vida bajo la máxima del imperativo de Píndaro: “llega a ser lo que eres”. La existencia es acción, individualidad y ensimismamiento. Por su concentración en la existencia -que siempre es singular, única, irrepetible y está haciéndose o deshaciéndose mientras nos reste vida- nace en Kierkegaard la pasión por el encuentro con su intimidad y ese diálogo de la reflexión. Ya en su primer texto de juventud ( O esto o aquello , obsérvese la antítesis en el título), dentro de los aforismos, manifiesta: “Los hombres son absurdos. Jamás emplean las libertades que tienen, sino que exigen las que no tienen. Tienen libertad de pensamiento, pero exigen libertad de expresión.” Aunque incompleto y todavía sin explicación, Kierkegaard se refiere tangencialmente al problema entre el pensamiento y su divulgación, como hacen los medios, y rechaza la opinión vulgar de la multitud, que se caracteriza por hablar de todo superficialmente, por la ausencia de originalidad y de un compromiso vital. Sin embargo, cada persona puede liberarse de la influencia de la multitud a través de un esfuerzo por ejecutar una vida que privilegie la individualidad de un yo libre y responsable con su existencia. El pensamiento es individual, la divulgación implica que lo personal se convierte en universal, cosa que no puede ocurrir porque apropiarse del pensamiento de otro es entenderlo y reflexionarlo para su comprensión, recodificarlo mediante la abstracción y convertirlo en parte de uno mismo.
Los inicios de lo públicoEn su Historia y crítica de la opinión pública , J. Habermas situaba el origen de lo público hacia mediados del siglo XVIII. Sin embargo, la idea de lo público es cartesiana y anterior, presentada ya por Descartes en su “Prólogo” a las Meditaciones metafísicas con estas palabras: “ En estas Meditaciones expondré primero los mismos pensamientos por medio de los cuales yo me convenzo de haber llegado a un conocimiento de la verdad cierto y evidente; deseo ver si por las mismas razones que me han convencido, podré también convencer a otros.” Casi todas las argumentaciones insinúan una retórica y señalan implícita o explícitamente esta tesis del filósofo francés: lo que a un sujeto persuade y convence como verdad, posiblemente persuadirá a otro. Por tanto, mi opinión, si la divulgo, es capaz de ser aceptada por otras personas. Extrapolando la creencia de Descartes, se llega a que opinar de lo público y difundirlo es una forma de intentar convencer a los demás con mis opiniones. ¿Pero es posible que las razones de uno convenzan a los otros? A pesar de sus dudas provisionales sobre lo real hasta llegar a la duda, Descartes daba señales de crédulo e ingenuo. Él pudo convencer a inseguros, pero no a los que sospechaban e intuían otros caminos como Kierkegaard. Una convicción puede obtener discípulos por pactos, copia y reiteración, como el seguir la moda o la aceptación insensata de modelos existenciales. Casi siempre estas aceptaciones irreflexivas son secuelas de la pereza mental. También se pacta y copia el engaño, llegando a consensos en la opinión y la creencia debido a la comodidad y la adaptación social para no sentirse rechazado por el grupo.
Dos posturasEntendida la existencia como el quehacer de un sujeto en la realización de un proyecto vital, Kierkegaard postula dos posiciones antinómicas en “Ese individuo”. “Hay una visión de la vida que cree que donde se halla la multitud, allí está la verdad, y que la misma verdad necesita tener la multitud a su lado.” Esta postura de uniformidad y rendición al rebaño es rechazada porque la verdad no se mide por el número de votantes, y porque ésta es pura subjetividad, un encuentro del sujeto con su pensamiento. Apropiarse de lo ajeno sin reflexión iría contra la autenticidad y el compromiso individual de la existencia. Finalmente, una verdad, para que sea tal, no requiere de la aceptación de la mayoría, por lo general cegata; en tal sentido, ni la publicidad, ni la difusión, ni el éxito de una idea hace que ésta sea verdadera. Por otro lado, nos muestra un segundo camino. “Hay otra visión de la vida que piensa que allí donde esta la plebe, allí está la mentira, de forma que (considerando por un momento el caso extremo), aunque cada individuo, cada uno en privado, estuviera en posesión de la verdad, en caso de que se reunieran en multitud (…) la mentira estaría inmediatamente en evidencia.” Lo que resalta es que el pensamiento existencial es siempre singular y se llega a él en silencio, dentro de una acción de búsqueda personal, jamás multitudinaria. “La multitud es mentira. Por ello nadie tiene más desprecio por lo que es ser hombre que aquellos que del conducir a la multitud hacen su profesión.” Se advierte que se refiere a esas personas que son consideradas como líderes, dirigentes, políticos, mandamases y caudillos. La divulgación pública esparce rumor, información sin pensamiento, actualidad fuera de un contexto, opiniones carentes de compromiso. Las discusiones en la red digital permiten todo ello. Conocí a un intelectual que por semanas creyó estar en diálogo con un pensador de renombre porque su interlocutor citaba los textos del insigne, asumiendo la identidad de quien no era. Lo público contribuye a la propagación de una mentalidad de rebaño y masificación, como volverá a insistir cien años después Ortega y Gasset en La rebelión de las masas y en El hombre y la gente . Lo público y la multitud son entidades anónimas, despersonalizadas, parte del circo social donde hay espectadores, clientes, televidentes, radioescuchas, figurantes, audiencia, consumidores, totalidad uniformizada. El destino de la comunicación es la persona, jamás la multitud. La opulencia informativa no marca una mayor información porque el sujeto singular se disuelve en lo público. Borrar al sujeto y procurar la igualación es un proceso de asimilación donde no coexisten individualidades sino la amorfa multitud. Nadie se singulariza, todo se nivela, se iguala al humano con la hiena, una forma de desintegrar y asimilar a la persona en la escala descendente, diluir las diferencias e involucionar. Por ello, el que disiente es rechazado de la esfera de la opinión pública, porque hay que expresar lo que el conglomerado desea oír y ver, fomentar la diversión. Pero l a audiencia y el rating no son personas, sino números. Y Kierkegaard concluye: “La desdicha de nuestro tiempo es justamente ésta, que se ha convertido simplemente en nada más que `tiempo´, lo temporal.” A esto llamamos actualidad continua de información. Sin embargo, “lo que la época (actual) necesita, en el más profundo sentido, puede decirse en una sola palabra: necesita… eternidad.” |