CINETodo… por un tío llamado Óscar, Edmundo Rodríguez Castelo |
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Al empezar a hablar de los más famosos premios del mundo
del cine, nos parece indispensable hacerlo de sus creadores: los
integrantes de la Academy of Motion Picture Arts and Sciences de
Hollywood, institución fundada el 4 de mayo de 1927, cuando 36 personas
relacionadas con la industria cinematográfica decidieron darla vida
para “mejorar la calidad artística del filme medio, promoviendo un foro
común para las varias ramas y oficios de la industria cinematográfica,
alentando la cooperación en la investigación técnica y en el progreso
cultural”, como consta en su acta de nacimiento. En la actualidad, esta Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood alberga a más de 6.000 hombres y mujeres, llamados a integrarla únicamente por invitación expresa. Sus miembros están distribuidos en 13 áreas relacionadas con la industria fílmica: actores, productores, directores artísticos, directores, camarógrafos, ejecutivos, editores, compositores, productores, relacionistas, realizadores de cortometrajes, sonidistas y escritores. De las estatuillas doradas… Con la finalidad de cumplir en forma cabal los objetivos de su creación, el primer presidente de la Academia, Samuel B. Mayer, y la Metro-Goldwyn-Mayer propusieron la creación de un premio anual, y el escenógrafo Cedric Gibbons, encargado de plasmar la idea, rechazó las propuestas de concesión de placas, de medallas y diplomas, preconizando un premio consistente en una estatuilla que representase una figura de dignidad y carácter; mientras hacia la propuesta, trazó un diseño que finalmente fue adoptado, encargándosele la realización a un escultor de Los Angeles: George Stanley. Así nació uno de los premios más populares e importantes del mundo (y no solo del mundo del cine): un hombre desnudo posando con una espada y de pie encima de una bobina de película con cinco pequeños agujeros, representando cada uno de ellos a las diversas secciones iniciales de la Academia: de actores, directores, escritores, técnicos y productores. Esta estatuilla, como se la empezó a llamar, mide trece pulgadas y media y pesa cerca de nueve libras, habiendo sido inicialmente moldeada en bronce; pero, posteriormente, y debido a la escasez de materiales durante la Segunda Guerra Mundial, fue elaborada en yeso con un baño dorado. Actualmente está hecha de una aleación metálica dorada, lo que permite un acabado pulido. El diseño inicial no ha cambiado desde l945, cuando se le realizó una modificación en el grosor del pedestal. A partir de l949, estas estatuillas doradas comenzaron a ser marcadas con números arbitrarios en el talón, lo cual quiere decir que cada premio posee un serial. Las estatuillas doradas vieron la luz el l6 de mayo de 1929, en medio de un banquete realizado en el salón Blosson del Hotel Hollywood Roosevelt; posteriormente el escenario para la entrega fue cambiando anualmente, hasta 1969, cuando la premiación se celebró por primera vez en su sede oficial: el Dorothy Chandler Pavilion, pasando también por el teatro Shrine Auditorium la entrega del año anterior, y en 2005 en el teatro Kodak, siempre, eso si, en Los Angeles. En la primera premiación se dieron 15 estatuillas, en la segunda se redujeron a siete: mejores actor, actriz, director, director de arte, libretista, mejor cinematografía y mejor película. Desde entonces, el número de estatuillas ha ido creciendo poco a poco, hasta entregarse 25 en la edición de 2000, y en la última, 2005, correspondiente a los premios de 2004: 26 estatuillas, incluidas las dos Honorarias, a Roger Mayer y a Sidney Lumet , por su contribución al desarrollo del séptimo arte. Es importante señalar que a estas categorías iniciales, en 1936 se añadieron las de mejor actor de reparto y mejor actriz de reparto, que fueron para Walter Brennan, por Come and get it! (Rivales) y Gale Sondergaard por Anthony adverse (El caballero adverso); y en 1947 se creó la de mejor película en idioma extranjero, correspondiendo la estatuilla al filme italiano Lustra botas , del maestro Vittorio de Sica. Nos parece interesante destacar quiénes fueron los primeros ganadores de las estatuillas doradas de la Academia: el realizador William A. Wellman , por la Mejor película: Wings (Alas), de 1927, y Friedrich Wihel Murnau, premio Ex – aquo en la misma categoría, por Sunrise (Amanecer), de 1927, destacándose su calidad artística de producción, habiendo sido también premiados sus técnicos artísticos: Karl Struss y Charles Rosher; Frank Borzage fue premiado como el mejor director por Seventh heaven (Séptimo cielo), de 1927, filme que también obtuvo los premios al mejor guión, Benjamin Glazer, y a la mejor actriz, Janet Gaynor, cuyas actuaciones en Sunrise (Amanecer), y en Street Angel (Angel de la Calle), de 1928, también le fueron reconocidas para el premio; Lewis Milestone, por Two arabian knights (Hermanos de armas), 1927, compartió con Forzage el premio al mejor director; el premio al mejor actor lo recibió Emil Jannings, por The last command (El último comando), de 1928, de Josef von Sternberg, y por The way of all flesh (El destino de la carne), de 1927. Cabe indicar que todas estas realizaciones son de la época del cine silente (del popularmente llamado cine mudo), el cual estaría por terminar precisamente en ese año 27, el año de The Jazz Singer (El cantante de jazz), de Alan Crosland, con Al Jolson, filme que trajo la gran revolución del cine hablado. Siendo, en la siguiente entrega de las estatuillas de la Academia la película ganadora como la Mejor , la primera obra musical hablada de la historia del cine: Broadway Melody (Melodía de Broadway), de 1929, dirigida por Harry Beaumont, con Bessie Love, Anita Page y Charles King; un género tan caro al cine hollywoodense y que tantas joyas fílmicas ha dado al mundo, y, el cual, como podemos ver, ha nacido con el mismo aparecimiento de lo sonoro en el cine; un avance técnico que haría surgir nuevas categorías en las estatuillas doradas (música, canción, edición de sonido y efectos sonoros), como algunas otras que han servido para reconocer los progresos técnicos en la industria (efectos visuales), cuando no para recompensar los costes e inversiones millonarias que exige el arte séptimo. … a un tío llamado Óscar Pero, como los lectores que hasta ahora nos han seguido habrán notado, solamente hemos hablado de premios de la Academia, o más familiarmente de estatuillas doradas, sin que nos hayamos referido a ese nombre en la actualidad tan común, popularísimo e inconfundible, que consta en nuestro titular: Óscar. Algo que lo hemos hecho considerando que este premio de la Academia no tuvo ningún apelativo propio hasta 1931, cuando, según una de las tantas leyendas del mundillo del cine, la secretaria-bibliotecaria Margaret Herrick, al ver la estatuilla exclamó: Why, he reminds me of my uncle Óscar (Pierce) (“Ahí va, me recuerda a mi tío Óscar”). Un columnista la habría escuchado, escribiendo al respecto, y en la entrega de premios 1932-33, Walt Disney lo bautizó así al recibirlo, empezando desde entonces a llamarse Óscar al Academy Award (Premio de la Academia). En cuanto al mecanismo de selección y otorgamiento ha tenido variantes, hasta quedar establecido tal como se lo conoce hoy en día: representantes de los departamentos profesionales de la Academia nominan a cinco en cada una de las categorías a que pertenecen (actores seleccionan actores, directores a directores, guionistas a guionistas, etc.). Luego todos los miembros de la Academia (en la actualidad más de 6.000, hombres y mujeres), por votación democrática y secreta, designan a los ganadores. Valor, importancia, críticas Con relación a su valor e importancia, cabría indicar que al principio el acto de entrega de los Óscar era prácticamente ignorado por la prensa y aun por los mismos ganadores, ya que los premios eran conocidos antes de la ceremonia; incluso los beneficiados se hacían fotos con las estatuillas antes de recibirlas oficialmente. Mas, la gente de Hollywood, genial, entre otras cosas, en marketing y publicidad, no podía permitir que continuara esto, por lo que recurrió prestamente a uno de los elementos dramáticos creados por el mismo cine y algunos de sus maestros como Alfred Hitchcock (entre paréntesis, uno de los grandes realizadores que nunca recibió un Óscar; lo mismo que D.W. Griffith, Buster Keaton, Orson Welles, Charles Chaplin, Stanley Kubrich, o el actor cómico Harold Lloyd, y ahora en esta entrega el cinco veces nominado: Martin Scorsese): el suspense, la expectativa creada por un secreto celosamente guardado y solamente develado la misma noche de la premiación. Con el surgimiento de la televisión, al suspense se unió el espectacular montaje de una noche artística única, cuajada de astros y estrellas marchando por la alfombra roja y actuando en el escenario y en las mismas butacas, llegando así a concitar la atención del mundo entero, y no solo de los Estado Unidos, donde, eso sí, el año anterior se consiguió el record de tener 43,5 millones de personas ante la pantalla, contra 41,5 millones en esta última entrega, la número 77. Así, la estatuilla dorada, bautizada familiarmente como Óscar, ha llegado a tener un gran valor y una significativa importancia dentro de la industria cinematográfica, pues, el lograrla conlleva fácilmente un ingreso extra de más de cien millones de dólares en las taquillas (y a algunas cintas las ha hecho revivir dentro de un recorrido moribundo, especialmente fuera de los Estados Unidos), sirviendo, además, a quien lo obtenga dentro de cualquiera de las categorías, para que pueda negociar en mejores términos su salario, sobre todo cuando el premio está fresquito, todavía es noticia, pues la historia nos demuestra que sus ventajas no son muy duraderas, ni permanecen para siempre. Todo vale A esto también contribuyen los medios de comunicación de todo el mundo, que atraen la atención de las grandes audiencias, sobre esos nombres, de hombres y mujeres, de realizaciones, bendecidos al haber arribado a una meta soñada y deseada que se llama Óscar. Para llegar a la cual, eso sí, parece que todo vale, como lo ha destacado el escritor Mario Puzo en su novela The Godfather (El Padrino), inmortalizada precisamente por el cine en la versión dirigida por Francis Ford Coppola, en 1972, ganadora de tres Óscar: Mejor película, Mejor actor (Marlon Brando), y Mejor guión (Coppola-Puzo); cuya segunda parte, como algo raro en el cine, dos años después, fue considerada superior por la crítica y aun por la Academia, obteniendo seis Óscar, incluido el importante al Mejor director, el mismo Coppola, además de los a la Mejor película, al Mejor actor secundario (Roberto De Niro), al Mejor guión (Coppola-Puzo), a la Mejor música (Nino Rota y Carmine Coppola), a las Mejores dirección artística y decoración (Dean Tavoularis, Angelo Graham, George R. Nelson). Vino también The Godfather, Part III (El Padrino III), en 1990, siendo reconocida la genialidad del director Ford Coppola, siempre en unión del escritor Puzo, para lograr extender la saga de una familia de la mafia por tres extensos filmes con éxito, aunque el tercero sí ya no ganó ningún Óscar. Y que todo vale por obtener un tío llamado Óscar, también lo ha hecho ver el filme llamado precisamente The Óscar (El Óscar), dirigido por Russell Rouse, en 1966, sobre la novela homónima de Richard Sale. Y la prensa siempre le concede al menos un titular de primera página, con los infaltables artículos que contribuyen a dar a la entrega de los Óscar, un saborcito especial, como, por ejemplo, pudimos leer en El Comercio de Ecuador, del martes 1 de marzo, este titular: Clint Eastwood venció por nocaut a Martin Scorsese, refiriéndose en términos algo deportivos a la última entrega de los premios de la Academia, con este subtítulo: Óscar: El cineasta de 74 años ganó los premios a Mejor filme y Mejor director, mientras que al autor de Casino solo le resta esperar un galardón honorario. Según se anota posteriormente: “Así, la Academia consagró a Eastwood como un peso pesado en Hollywood, pues, con 74 años, tiene en su haber cuatro Óscar, dos a mejor director y dos a mejor película, todos por Unforgiven y Million dollar baby. Estrenada en estos días en Ecuador, sin titulo en español, la cual en esta última entrega recibió también los Óscar: a la mejor actriz principal, Hilary Swank, y al mejor actor secundario, el veterano actor negro Morgan Freeman. Prosiguiendo el matutino capitalino: “De su lado, Scorsese pasa a formar parte de la lista de los olvidados del Óscar, ya que en su trayectoria ha sido nominado cinco veces al premio como mejor director y nunca se ha podido llevar una estatuilla”. La mega producción con la que Scorsese terció en esta entrega 77 fue The Aviator (El aviador), la cual, quizás en reconocimiento a sus inversiones y esfuerzos de superproducción, recibió al menos cinco Óscar: a la Mejor actriz secundaria, Cate Blanchett; a la Mejor dirección artística, Dante Ferreti y Lo Schiavo; a la Mejor cinematografía, Robert Richardson; al Mejor vestuario, Sandy Powell; y, al Mejor montaje, Thelma Schoonmaker. Se esperaba que su estrella, Leonardo Di Caprio, obtuviera el Óscar al mejor actor principal, que inesperadamente fue para el actor negro Jamie Foxx por su papel estelar en Ray, donde interpreta al legendario genio del soul, fallecido el año anterior: Ray Charles. (¡Un año en que dos estrellas negras ganan sendos premios Óscar, y cuatro estaban nominadas! “Hollywood sigue haciendo historia”, ha destacado Freeman). Democrático otorgamiento Aquí se evidencian las críticas hechas al Óscar, especialmente desde el punto de vista de reconocimiento a lo artístico; algo que quizás surge de la forma democrática de otorgamiento, con la votación de 6.000 personas, no todas especialmente críticas, muchas ya inactivas, además sin haber visto personalmente todas las películas por las cuales deben votar, influenciadas más por la publicidad (y por publicistas y relacionistas de las casas productoras), y por lo sentimental, antes que por las cualidades y méritos artísticos puros de las cintas; lo que se ha reflejado en la gran cantidad de premios Óscar que han ido a parar a los rockys, los titanics, los gladiadores, o los señores de los anillos, en detrimento de otras realizaciones quizá más artísticas, pero menos populares, comerciales, ni con millonarias inversiones retribuíbles. Algo que ha provocado un sinfín de críticas, y aun reacciones concretas, como la del actor George C. Scott, quien en 1970 declaró que este premio era “sin sentido”, como una “parada, desfile de carne”; pese a lo cual, en ese mismo año fue designado ganador por su actuación en Patton, con la consiguientes perturbación y perplejidad en la industria, pero con el deleite de la prensa y del público. O como la de Marlon Brando, quien, en franca actitud política, rechazó el segundo Óscar que se le concedió en 1972 por The Godfather (El Padrino), protestando “contra la situación en que se le tiene al indio americano”; en ese mismo año, eso sí, fue internacional y unánimemente aclamado por su papel en el controversial filme de Bernardo Bertolucci: Last Tango in Paris (Último tango en París) . Su primer Óscar lo obtuvo y sí lo aceptó en 1954, por su inolvidable actuación en el filme ganador de ocho Óscar: On the waterfront (Nido de ratas), del recientemente fallecido Elia Kazan, con quien Brando se reunió en la eternidad el año pasado, habiendo sido recordado por la Academia en esta entrega. Mas, pese a esto, y a lo que se pueda ver de negativo en este premio de la Academia, considerado más como una recompensa a lo comercial, a los millones de dólares invertidos, a un sentimentalismo popular, antes que a lo seriamente creativo y artístico dentro del arte séptimo convertido así en una grande e inmensa feria de lo comercial e industrial, no se puede dejar de reconocer que por el tío Óscar muchos y muchas son capaces de hacer cualquier cosa por tenerlo entre sus brazos, reconociendo así el significado económico y de gran ayuda profesional que él, evidentemente, tiene sobre otros premios incuestionablemente con mayor peso artístico internacional, como pueden ser la Palma, el León de San Marcos, el Oso o la Concha de Oro, de los Festivales de Cine más importantes y reconocidos dentro del ámbito cinematográfico internacional: Cannes, Venecia, Berlín o San Sebastián. |