Páginas de grandes periodistasNo todo es color rosa, Danilo Arbilla |
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En materia de libertad de prensa también, al pasar raya, hay coincidencias, pero con otro signo. El 2006 fue un año que marcó el récord en materia de asesinatos de periodistas: a nivel mundial y hemisférico. Lo dicen la WAN (Asociación Mundial de Periódicos), Reporteros Sin Fronteras, el Comité de Protección de Periodistas, la SIP. Pero no es solo eso, hay otros síntomas y hechos tan graves como esa ola de crímenes e incluso, en cierto sentido, más preocupantes en lo que hace al derecho a la información de la gente, el de todos y cada uno de los ciudadanos. El asesinato de un periodista es un acto repugnante en sí mismo y por su motivación: impedir que informe y que la gente reciba su información. Pero por cada colega muerto hay decenas de periodistas dispuestos a ocupar su lugar y a difundir lo que él tenía en sus notas, lo que él había investigado, lo que había descubierto. Paralelamente, en otro plano y no en esa forma flagrante, pero quizás con mayor efectividad en sus fines, se han incrementado y han proliferado mecanismos, normas y prácticas que recortan y reducen el menú informativo, limitando a los ciudadanos en su derecho a saber lo que pasa y en particular lo que hacen los gobernantes. El poder, cada vez menos dividido y menos equilibrado -por más que le pese al Barón de Montesquieu- utiliza innumerables vías y variados instrumentos para coartar ese derecho de los ciudadanos a través de leyes restrictivas, obstaculizando el acceso a la información pública, con sentencias judiciales contrarias a la libertad de prensa y limitantes de la actividad periodística, en el marco de una especie de doctrina antiderecho a la información o por la vía de decisiones administrativas arbitrarias y discriminatorias, ya sea en la distribución de la publicidad y crédito oficial o en la actuación (presión) de las oficinas fiscales, o meramente mediante llamadas telefónicas, veladas amenazas personales y señalamientos públicos a medios y periodistas desde las jefaturas de Estado. A todo eso hay que sumarle que en el 2006 se acentuó el retroceso en materia de vigencia de la libertad de prensa en los Estados Unidos, el que otrora fuera uno de los líderes en esa materia y cuya Primera Enmienda y sus sentencias judiciales eran ejemplo, punto de apoyo y sólidos fundamentos para la defensa de la libertad de expresión. Mientras tanto Fidel y Cuba, uno de los cinco países del mundo donde hay menos libertad de prensa, resurgen como líderes y como ejemplo para varios presidentes latinoamericanos, la mayoría de los cuales, sin llegar a los extremos cubanos, ya han "mostrado la hilacha" en cuanto a la aversión que les provoca el periodismo independiente. Y quizás lo más preocupante es que esto sucede mientras paralelamente crecen las economías, baja la desocupación, se cancelan deudas, hay superávit fiscales, como contradiciendo aquello de que a más libertad mayor desarrollo económico. Y seguramente es así, pero a la larga. Aparentemente no siempre se da a la corta. Por lo menos en Latinoamérica. Los buenos números parecen que disimulan y hacen menos visibles los atropellos, las limitaciones a las libertades, el avasallamiento con el titulo de "reforma" de las constituciones y el irrespeto de las leyes. Mucha gente, agobiada por sus necesidades, es lógico que sacrifique determinados valores ante soluciones a sus problemas de supervivencia y económicos y es comprensible que pueda ser engañada hasta por la vía de un burdo, demagógico y transitorio asistencialismo. Es muy explicable, incluso, hasta que muchos se olviden, lamentablemente, que también a fines de los 70 y principios de los 80 hubo buenos números con ausencia de libertades en países como Chile, Uruguay y Argentina. · Danilo Arbilla , periodista uruguayo, artículo publicado en la página editorial de El Universal, Caracas, el 3 de enero 2007. |
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