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Desde hace apenas una década, las
principales cadenas nacionales de televisión en España han prestado
especial atención a aquellos contenidos que giran exclusivamente en
torno a la prensa del corazón.
Los orígenes del periodismo rosa en este país se remontan a principios
del siglo pasado, cuando en los años veinte comenzaron a salir a la luz
las primeras informaciones de carácter social y cultural destinadas
meramente a la mujer.
Aquellas primeras revistas especializadas, véase ¡Hola!, Lecturas,
Semana y Diez minutos nacieron con la intención de mostrar un universo
de lujo y fantasía, ofreciendo reportajes de corte amable como bodas,
bautizos, reuniones familiares, fiestas, moda… y todo ello aderezado
con un tono ligero, afable y educado, acompañado de imágenes de gran
gusto. Muy alejado de lo que recientemente se está realizando en este
género periodístico.
Malas noticias
Para la periodista Pilar Falcón, esa clase de noticias agradan a los
lectores, porque en España las tragedias y los escándalos mueren pronto
y tienen peor seguimiento que las alegrías, algo que ya no se
corresponde totalmente con la realidad pues es más que evidente que, en
la actualidad, aquella información dotada de grandes dosis de
sensacionalismo cobra sin duda mayor protagonismo, una peculiaridad que
se ha trasladado también al ámbito de la crónica rosa.
Y es que, al parecer, dado el enorme éxito que ésta genera, no hay
mejor noticia que una mala noticia, decía irónicamente Elliot Carver,
en El mañana nunca muere.
Divorcios, infidelidades, rivalidades entre clanes familiares de postín
o entre miembros incluso de una misma familia, secretos inconfesables,
intentos de suicidio, malos tratos y, por encima de todo, la muerte.
Baste citar los fallecimientos de personajes como Diana de Gales, en un
contexto más internacional, y la de Carmina Ordóñez, centrándonos en el
caso español.
Alrededor de ambas mujeres se ha alimentado una parte de esa
prensa rosa, sediciosa y agitadora, que puebla los diarios de corte
sensacionalista en países como Gran Bretaña así como revistas
especializadas de nuevo cuño y sus correspondientes subproductos
televisivos en cuanto a España se refiere.
Son muchos los que enarbolan la bandera de la ética, la moral, o
simplemente el buen gusto, pero aún son mayoría los que apuestan por
estos contenidos banales e insubstanciales que desde hace años
sustentan la crónica social.
Éxito asegurado
Nos convenza o no, lo cierto es que la prensa del corazón y
sus protagonistas no dejan indiferente a nadie, de ahí que nos
planteemos por qué ese interés generalizado por un tipo de información
que cada vez adquiere mayores tintes amarillistas, obviando cualquier
concesión al buen gusto y a los códigos deontológicos establecidos por
la profesión.
Para Ramón Massó, este éxito se entiende porque en la actualidad solo
aceptamos mensajes ligeros, ya que lo sólido y serio aburre, de ahí que
abandonemos los circunloquios propios de otro tipo de prensa y nos
deleitemos sin contemplación con el género rosa, el más light del
mercado periodístico.
Santiago Acosta, periodista y presentador de Salsa rosa, uno de los
formatos españoles sobre famosos que más recientemente ha incorporado
Telecinco a su parrilla, exponía en la presentación del mismo que le
apetecía enormemente conducir un programa en donde se pudiera sonreír y
donde lo más grave fuera un caso de adulterio o ruptura sentimental.
En ese intento de evadirse de la realidad, es muy posible que la
banalidad de los hechos que en el periodismo rosa se cuentan sea lo que
verdaderamente capte la atención de una audiencia mayoritaria.
Pero, ¿qué es lo que tiene la prensa del corazón para situarse en el
vértice de la pirámide del interés público? ¿Evasión, puro
entretenimiento?
Son innumerables los ejemplos, aunque basta saber que durante la
emisión de numerosos especiales realizados en España sobre la
intervención de las tropas aliadas en Irak, la noche del 20 de marzo de
2003, Telecinco, la única cadena que no informó sobre el suceso de
manera puntual y exclusiva como hicieran sus competidoras, obtuvo con
su reality show Hotel glamour, una audiencia de casi cinco millones de
espectadores y una cuota de pantalla del 32,9 por ciento.
El periodista norteamericano Carl Bernstein afirma que algo está
ocurriendo en los medios de comunicación cuando el más importante
cambio en el periodismo de Estados Unidos desde el Watergate ha sido el
auge del periodismo del cotilleo.
Parece claro que la sociedad actual busca el entretenimiento constante.
Anhela la diversión y ahora la encuentra también, de forma rápida y
barata, limpia y cómoda, a través del televisor y más concretamente en
géneros como éste.
Pero, además, existe ante todo un componente básico en la ecuación, que
hace posible que se materialice el auge y el éxito de la prensa rosa:
la curiosidad. Un elemento inherente al propio ser humano que lo ayuda
a crear, encontrar, descubrir y, también, por qué no, a fisgonear,
husmear, espiar, curiosear… en definitiva, a cotillear… y ahí es donde,
de nuevo, entra en juego la prensa del corazón como instrumento que
facilita esas funciones.
Subcultura
mediática
Solo en España, entre 1993 y 2000, se pusieron en marcha cerca de
treinta espacios de televisión en torno a los famosos (sin contar las
cadenas locales y autonómicas).
En la actualidad, y en el mismo marco de la televisión nacional, están
funcionando una docena de programas, ya sea de forma exclusiva o a modo
de
magazine, cuya escaleta se ve claramente dominada por el arte del
cotilleo.
Al éxito de éste se añade también el triunfo de una fórmula basada
expresamente en la suma teleológica del todo vale, o el fin justifica
los medios, como un fiel reflejo de lo que acontece e impera en la
sociedad actual.
La mercantilización de los sentimientos, al fin y al cabo sobre estos
se erige la prensa rosa, forma parte importante de la cultura
televisiva, en la que estamos inmersos. Una cultura insípida, vana,
improductiva en la que los medios de comunicación ansían, por encima de
todo, obtener grandes beneficios económicos, obviando, por tanto, su
obligada función social en pro del puro mercantilismo.
Y en medio de todo ello hemos corroborado que el amor, esa mercancía
que ya no es sentimiento, es un valor muy demandado en la sociedad
light, especialmente todo aquello que tiene relación directa con los
sinsabores que de éste se derivan, y que son condimentos claros en el
modus operandis de gran parte de los nuevos personajes que acceden a
este mundillo, precisamente porque, como expresa Luis Rojas Marcos, al
igual que el amor pasional, el rencor y la aversión profunda hacia
otros provoca arrebatos y obsesiones, elementos claves en el proceder
de algunos protagonistas del cuore español.
El dominio de estos contenidos en las parrillas televisivas españolas
es tan grande que hasta parece desbordar a los propios profesionales
del medio, y eso aún teniendo en cuenta el claro proceso de saturación
que se está viendo en los últimos años con la desaparición de numerosos
formatos, entre ellos el veterano Tómbola a finales de 2004, debido al
descalabro de su audiencia, así como la escasa aceptación de otros
muchos programas que dejan de emitirse rápidamente.
Para evitar el estancamiento en los contenidos, y declive en los
shares, se ha terminado por asumir la necesidad imperiosa de dar cabida
a personajes procedentes de la calle, aquellos que, hasta hace bien
poco, formaban parte del grupo social que manejaba los ratings con el
uso que hacían de su mando a distancia.
Estos personajillos, sin oficio ni beneficio, sin experiencia alguna en
los medios de comunicación, sin escrúpulos, conciencia y ética
personal, aunque con mucha desfachatez, osadía y descaro sobre sus
espaldas, se establecen como prioritarios para numerosos programas de
televisión y revistas del género, debido a la gran oferta que hay que
cubrir y porque favorecen los desencuentros con periodistas y público,
dando así motivos para seguir hablando de ellos.
Son los llamados freakies, personajes con fecha de caducidad inmediata
porque, como ocurre con las marcas, los famosos también cumplen con su
propio ciclo vital: nacen, se asientan y, en un momento concreto,
decaen, todo ello con la mayor celeridad a fin de ceder su puesto en el
mundo de los mass media a un nuevo artículo en la cadena de producción,
la novedad del mercado.
El friki anhela sus quince minutos de gloria televisiva y para ello
recurre a montajes, enfrentamientos varios, supuestas relaciones
íntimas con famosos, etc. Deja de ser un
outsider, un mero observador, para pasar a convertirse en pieza clave
del negocio del espectáculo.
Son los nuevos ídolos mediáticos. Símbolos de la subcultura actual que
favorecen sin lugar a dudas el puro enfrentamiento televisivo y, en
consecuencia, el escarnio en toda su magnitud.
Ética:
lo que el dinero se llevó
Son las nuevas marionetas mediáticas, esas que han terminado por
contagiar su falta de ética y escrúpulos a algunos de los profesionales
de la prensa rosa que, valiéndose de la frivolidad y la banalidad en
las que se enmarca su actividad, muestran una escasa atención a los
códigos deontológicos.
Hablamos del hecho en sí de faltar a la verdad conscientemente, de
hacer caso omiso a la Constitución Española que vela por el derecho al
honor, la propia imagen, etc. De dar cabida al rumor, de faltar al off
the
record, de grabar y fotografiar a personas en lugares pertenecientes a
su esfera más íntima y privada, de aludir a ciertos personajes con
expresiones vejatorias o lesivas y un largo etcétera.
La tensión entre famosos y periodistas es tal que las amenazas,
querellas, demandas y juicios públicos están a la orden del día. Las
barreras de la ética y lo moralmente aceptable se han evaporado casi
por completo, salvo raras y afortunadas excepciones.
En consecuencia, se está favoreciendo un clima de desamparo que se
acentúa aún más cuando las personas ultrajadas, agraviadas, insultadas
e injuriadas, no ven una respuesta inmediata a las acciones judiciales
que interponen. Una desconfianza trasladada también al propio entorno
periodístico en el que la competencia es, no solo difícil, sino
también, y en demasiadas ocasiones, desleal.
Los excesos por parte de algunos profesionales de los medios son tan
frecuentes que incluso el propio presidente del gobierno, José Luis
Rodríguez Zapatero, tuvo que enviar un
buro-fax en el que expresaba su profundo malestar a la dirección de la
revista Diez Minutos porque el semanario editó un reportaje familiar no
autorizado, el 18 de agosto de 2004, en el cual aparecían perfectamente
identificables los rostros de sus dos hijas de corta edad.
Además, la corriente sensacionalista que se impone en el periodismo en
general, irrumpiendo también con gran éxito en el mercado de los
sentimientos, favorece sin duda la continuidad de la tan denostada
aunque más que rentable
telebasura.
Búsqueda de soluciones
Para atajar este problema, el Ejecutivo español planteó en octubre de
2004 la necesidad de poner en práctica un código de corregulación
(entre gobierno y televisiones) a fin de establecer unos mínimos éticos
y legales que protegieran al espectador de los efectos perniciosos de
esa clase de contenidos.
Una empresa nada asequible, máxime cuando semanas después de lanzar
esta propuesta fue el mismo gobierno socialista el que, para sorpresa
de todos, utilizaba a uno de los máximos exponentes de la telebasura,
el formato Gran Hermano, para difundir a la ciudadanía española algo
tan serio y trascendente como el texto de la Constitución Europea ante
el referéndum que sobre ésta se realizaría el 20 febrero del presente
año.
Parece, por tanto, una labor complicada y a todas luces imposible, pero
debe ser tarea de todos, comprometernos a recobrar una fórmula más
divertida y sensata, lejos de los cánones actualmente establecidos.
No es, pues, solo responsabilidad unidireccional, es decir, por parte
de quienes hacen y manejan el medio, sino bidireccional. Por tanto,
quienes hacemos una selección de la información también participamos en
esa responsabilidad.
La pregunta es, ¿estamos realmente dispuestos a hacerlo o seguiremos
conformándonos con lo que nos ofrecen? En su mano está la respuesta.
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