PORTADASobre el periodismo, la ética y la democracia, José Zepeda Varas y Daniel Prieto Castillo |
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Para hablar o escribir sobre periodismo, empecemos por mencionar a un periodista que dejó una huella profunda en esta profesión en el siglo XX. Un hombre al que cuando un periodista joven le preguntó qué buscaba en las guerras que cubría, respondió: “cuando voy a la guerra busco la ternura, busco la compasión, busco la solidaridad”. Y así fue, porque en cada una de sus páginas asoman quienes sufrieron las guerras, no los rostros de los guerreros. "Para mí es fundamental", decía el recientemente fallecido Ryzszard Kapuscinski, "que un reportero esté entre la gente sobre la cual va, quiere o piensa escribir. La mayoría de la gente de este mundo vive en muy duras y terribles condiciones, y si no las compartimos no tenemos derecho, según mi moral y mi filosofía, a escribir." Era un periodista, aunque el término esté desvalorizado, “comprometido”. Hace décadas atrás, estar comprometido quería decir tener valores, escribir desde ellos sobre determinadas situaciones, y en algunos casos jugarse la vida. George Orwell, por ejemplo, fue un escritor y cronista comprometido con la República Española, para criticar al fascismo y el sectarismo de la izquierda. Desde el digno ejemplo de Kapuscinsky, proponemos reflexionar sobre la relación entre periodismo, democracia y ética. Una labor que creemos necesaria, porque nuestra tarea cotidiana sufre las acechanzas del poder, representado en distintos rostros y grupos. El Compromiso de la BocaExiste un documento producido por colegas que, en la senda de maestros como Kapuscinski, insisten en la cuestión ética. Se trata de El compromiso de la Boca, producto de un encuentro sobre ética periodística coordinado por Javier Darío Restrepo, organizado por FOPEA, el Foro de Periodismo Argentino. El texto dice que hay que:
No hay compromiso posible con la democracia sin una ética a toda prueba. Y no hay periodismo riguroso sin ética. Lo decimos con palabras de García Márquez: "La ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón". El mundo tiene hoy dos dimensiones: la real y la virtual. El periodismo oscila entre ser testigo de lo real o dedicarse a crear realidades para vender, ganar audiencia y tener los favores del poder. El periodismo de Kapuscinski, de dignos periodistas del terreno como Michael Herr y Martha Heller, era un periodismo directo, aparentemente sencillo, pero consustanciado con la verdad a partir de una síntesis del lenguaje. La fallecida Martha Gellhorn, que cubrió desde las batallas de la guerra civil española hasta la invasión de Estados Unidos a Panamá, escribió al final de su vida: El periodismo, en su forma más acabada y efectiva, es educación (...) el periodismo es un medio, y ahora pienso que el acto de contar los hechos de forma exacta es un mérito en sí mismo. En torno a la gobernabilidad y la práctica periodística
La gobernabilidad autoritaria, de la cual tenemos una sostenida memoria en los países de la región, se logra a costa de la democracia. Es el intento de congelar el fluir de la vida, de eliminar o reprimir al máximo el sano juego de las contradicciones sociales, de crear la ilusión de estabilidad aplastando la vitalidad de la sociedad.
La gobernabilidad autoritaria atenta contra la cultura, busca infantilizar a la población, en el peor sentido del término, quiere privarla de voz con poder propio y ciudadano. Contra esa forma de gobierno que quita la voz, parte del periodismo ha desempeñado y puede desempeñar una función crucial de reestablecimiento democrático. No en vano los dictadores empiezan por cerrar la prensa cuando dan golpes de Estado, y los autoritarios en sistemas democráticos no tardan en invertir en prensa, para comprar elogios y ocultar negocios y manipulaciones. De todos modos, ahora vivimos momentos diferentes. Las terribles ceremonias en las que un dictador le pasaba el poder a otro (o en que uno se lo quitaba al otro) han quedado en el pasado. Vamos camino a los 25 años de democracias en nuestra región. Sin embargo, cuando un país es gobernado por grupos que buscan solo su beneficio y el de sus allegados, podemos reconocer la presencia de diferentes formas de autoritarismo, aunque las mismas no aparezcan con la violencia explícita de los gobiernos de facto. El autoritarismo trabaja también por cooptación, en el sentido que persuade sin violencia directa a alguien para que crea o actúe en determinada dirección.
Hace poco más de un año, el Foro de Periodismo Argentino realizó una encuesta entre 282 colegas Sobre los periodistas y su profesión. Los resultados son muy ricos y significativos. Nos detendremos en dos puntos. Ante la pregunta “¿Recibió usted, o su jefe, alguna llamada o acciones coercitivas desde algún funcionario público?” La respuesta afirmativa en relación con el total de la muestra fue del 45,4 por ciento. Ante la pregunta “¿Ha tenido conocimiento directo de actitudes no éticas de colegas en el ejercicio de su profesión?” la respuesta positiva asciende a un 95.7 por ciento.
Las cifras son claras y duras. El autoritarismo fundado en la picaresca, la seducción y la corrupción, bañados todos estos elementos de cinismo, sigue presente en nuestros países. Existe el periodista corrupto y su correlato que es el político corruptor. Por política o por dinero, o por las dos cosas. Las afinidades son muy fuertes.
No dejemos de recordar: hay represión directa sobre los medios. El reciente asesinato de la valiente periodista rusa Anna Polotikovskaya lo demuestra, al igual que las cifras de 2006 que nos ofrece Reporteros sin Fronteras: 81 periodistas muertos y otros 32 colaboradores de medios periodísticos muertos; 871 detenidos, 1.472 agredidos o amenazados, 912 medios de comunicación censurados, y 56 periodistas secuestrados. Y las cifras, son seguramente bajas. http://www.rsf.org/article.php3?id_article=20287 Periodismo aliado con poderes y gobiernos
Pero esta terrible realidad de los medios como víctimas, no puede ocultarnos la otra: la del periodismo que se alía con poderes y gobiernos para justificar mentiras, corrupción, represión y guerras. Ese periodismo pretende, además, condicionar la actuación de los agentes políticos y sociales que no marchan al ritmo del poder.
Si miramos hacia América Latina, la evolución es preocupante. El líder de la derecha nicaragüense, Eduardo Montealegre, anunció que presentará una iniciativa de ley para proteger la libertad de expresión ante las supuestas intenciones del gobierno sandinista de imponer censuras mediante intimidaciones, siguiendo lo que calificó de "el ejemplo de Venezuela".
La Prensa nicaragüense también ha expresado su preocupación por la decisión del presidente Ortega de concentrar la publicidad del gobierno en manos de su esposa y portavoz oficial, Rosario Murillo.
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, inauguró el nuevo formato de su programa semanal Aló, Presidente, que dejará de ser el espacio dominical donde tomaba decisiones de gobierno en público para convertirse en la fuente diaria, de lunes a viernes, de primicias noticiosas y campañas ideológicas. El mandatario se propone además promover lo que llama "cinco motores" de la revolución: encabezada por una ley habilitante que le permite legislar por decreto, llamada "vía directa al socialismo".
El periódico Tal cual, del conocido periodista y político Teodoro Petkoff, ha sido sancionado con una severa multa que excede en demasía el motivo judicial que la genera, y se parece demasiado al deseo de causar daño económico.
Por esas vías, Chávez quiere controlar la prensa en el momento en que son más necesarios en Venezuela unos medios que no respondan ni a las elites que usurparon la democracia en el pasado, como tampoco ahora servilmente a una suerte de autoritarismo populista. Es un desafío para el presidente Chávez no obstaculizar que el juego democrático que le ha confirmado en el poder pueda seguir actuando desde los medios periodísticos. Y es tarea de los medios serios explicar la compleja realidad venezolana presente con rigor, sin ideologías ni preconceptos. En esa tarea, tanto el gobierno como las empresas y periodistas serios pueden contar en el exterior con algunos aliados respetuosos. Estas situaciones de concentración del poder en determinados políticos o determinados programas apoyados por ellos, están presentes también en otros países, donde las alianzas con los monopolios mediáticos tienden a reducir las oportunidades de información y de conocimiento, con el consiguiente daño a la construcción de la democracia.
La cuestión es que cuando fallan los mecanismos del Estado, las carencias democráticas terminan por trasladarse a otro sitio. Así, lo que se debería debatir en los Congresos o en los organismos sociales, se proyecta en los medios de comunicación. En ocasiones esto es muy saludable. En países de América Latina o en España y Portugal la prensa ha cumplido, en los últimos 30 años, un papel clave en las transiciones democráticas, abriendo espacios, forzando debates, empujando a políticos, dando voz a la sociedad civil. Pero también seamos conscientes de los peligros: los medios en algunos de estos países se han convertido en un poder que puede amenazar la democracia, pasando de un papel democratizador a un papel conspirativo. ¿Ególatras y omnipotentes?
Esta primacía de los medios genera además actitudes de egolatría en los periodistas. Cómo extrañarse entonces que el escritor italiano Antonio Tabucchi diga en su novela Tristano Muere que, quien escribe para comentar la vida cree siempre que su comentario es más importante que lo que comenta, aunque no se dé cuenta. Tu, que escribes acerca de la vida, qué opinas de ello.
La renuncia de los periodistas a ocuparse de los hechos reales es grave. Al inventar la realidad se sienten omnipotentes, famosos por un día o por unos años, pero el proceso es suicida. Esta renuncia se ha unido al discurso conservador y neoconservador de los Estados Unidos y desde ahí se ha proyectado a muchos países. Se recurre al terrible papel de Radio Mil Colinas, la radio del odio de Ruanda que alentó la matanza de medio millón de personas en 1993. Pero hoy tenemos radios y medios del odio desde Nueva York hasta Madrid, pasando por varios países y continentes.
Se han producido una serie de fenómenos sociales, culturales y políticos en los medios. En nombre de una supuesta democratización de ellos y de la “participación” de los ciudadanos, se ha impuesto el todo vale. La aparente revolución contra las jerarquías mediáticas ha legitimado el populismo, la chabacanería, la promoción de una cultura sin valores, y el fin de la calidad. Todo da igual, y cuando esto ocurre, los derechos de los ciudadanos y la política desaparecen. El ignorante es experto, el diálogo se cambia por el griterío, el debate racional por el insulto más eficaz, la rapidez reemplaza la reflexión, la vida privada se torna pública y los medios y la vida social entran en un circuito de espectáculo y mercado tan poderoso que un día descubrimos que ya casi nada queda fuera de ese perverso marco de referencia.
En este marco, hablar de censura directa, aunque en ocasiones ocurre, es quedarse lejos del problema. Se trata de un mecanismo más complicado. Como lo explica el periodista Serge Halimi, de Le monde diplomatique, hay una censura invisible del medio y otra personal: el periodista ha integrado el grado de libertad que tiene. Sabe muy bien lo que se quiere que diga. Si algo le compromete lo más mínimo, lo deja al lado y escribe algo que no le comprometa (...) sabe que casi todo lo que escribe es accesorio: eso es periodismo de mercado y pone al redactor en la misma situación de la mayor parte de los asalariados.
El proceso de deterioro, corrupción y destrucción de los medios ha sido lento, en parte premeditado, en parte inconsciente, en gran medida acumulativo. Un proceso, por supuesto, que tiene mucho que ver con el deterioro y desgaste de la democracia. Del rating se ha pasado a la mercancía competitiva. Y ahora estamos en la fase de la seria preocupación, en la medida que la prensa sufre una caída de ventas en todo el mundo, la televisión se ve amenazada por los videojuegos, el dvd y otros instrumentos que le roban horas, y la radio se apaga en el momento que no puede competir con el atractivo audiovisual. ¿Desaparecerán los periódicos?
El periodismo tiende a ser cada vez más local “de proximidad” y menos político. Un reciente estudio de la revista The Economist indica que los periódicos en papel corren el peligro de desaparecer en las próximas décadas. La información se especializa, se vuelve más local, más cercana a los ciudadanos, e inclusive se abre la puerta a que sea producida por los propios ciudadanos acerca de sus gustos, placeres, necesidades.
Esta es la tendencia global, es la que debemos tener como referencia cuando hablamos de autoritarismo, corrupción y hasta represión en los medios de América Latina. No solo vivimos los tradicionales problemas de censura y represión y control de los medios por el poder, sino que nos encontraremos a la vuelta de la esquina con el problema global del fin de los valores éticos en los medios y, como en un crimen perfecto, el contexto global favorece la corrupción local. En un país cercano a América Latina este proceso ha ocurrido y aunque Silvio Berlusconi ya no está en el Gobierno, la legislación que favoreció su monopolio de los medios se complementa con el populismo autoritario de los medios y de su política. Es un daño a la democracia italiana del que no será fácil salir.
¿Qué ocurre cuando tenemos un periodismo inserto en un proceso de gobernabilidad democrática? Nos referimos a una situación en que se cumplen los ideales del derecho a la comunicación. Se trata de ejercer un periodismo que colabore en una gobernabilidad a favor de la sociedad, y no de unos pocos grupos privilegiados.
El concepto más avanzado de gobernabilidad incluye tanto a las instituciones del Estado como a los actores de la sociedad civil. A la vez, una gobernabilidad adaptada a nuestro tiempo debe contemplar que otros conceptos aparentemente estables cambian de forma. Por ejemplo, conceptos como nación y ciudadanía se ven afectados por los grandes flujos migratorios. Los medios suelen ser nacionalistas y hasta patrióticos. Cuando casi todas nuestras sociedades, en el Norte y en el Sur, están cambiando por las migraciones, ¿a qué ciudadano se refieren los medios, a quién reflejan, de quiénes hablan? Una gobernabilidad compleja debe tener en cuenta también las necesidades globales en relación a las particulares. Cuestiones como el comercio global, la crisis ambiental, la protección de los derechos humanos, las epidemias y el acceso a medicamentos a precios razonables, el crimen y las economías ilegales internacionales son las que vinculan, de forma concreta, nuestra sociedad con las de otras partes del mundo. Nuestros gobernantes tienen que decidir sobre estas cuestiones, y los ciudadanos deben opinar, influir, y ser víctimas o beneficiarios de lo que se decida. En este inmenso campo de acción, un periodismo de lo real tiene un papel digno y renovado, conectando lo local con lo general del sistema internacional. Si los medios de comunicación tradicionales quieren seguir cumpliendo su papel al servicio de la democracia, tendrán que ofrecer esta visión de conjunto, conocimiento y comprensión en los asuntos a los que el ciudadano encamina su actividad política. |
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