AnterioresBricolages, identidad y movilizaciones comunitarias, Alain Bouldoires

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Con el desarrollo de los medios de información y de la comunicación, aquello que nos parecía tan lejano se volvió accesible. Además, la movilidad de los individuos en el mundo contemporáneo, tiende a amplificar el fenómeno de las comunidades en el seno de las naciones. Esta es una situación nueva que impone reflexiones sobre las condiciones de la cohabitación entre las identidades culturales. En efecto, el lugar de los particularismos identitarios en el espacio público es uno de las mayores problemáticas de las democracias en el contexto de la universalización de los cambios. Los medios de comunicación masiva se encuentran confrontados con la emergencia de una palabra que afirme sus especificidades. Esta situación requiere un nuevo equilibrio de las expresiones. Así, la relación con el territorio se ha transformado profundamente y la recomposición de las diásporas (comprendidas como el esparcimiento de los individuos dentro y fuera de las naciones) ha sido favorecida por este contexto mediático.

Comunidades y territorios

El hecho de haber pasado de un pluralismo de convicciones a un pluralismo de identidades, significa que el fenómeno de las afirmaciones identitarias no sería únicamente la crisis pasajera de una generación, sino que llegaría a ser una remodelación, una nueva manera de aprehender la relación entre espacio privado y espacio público, entre identidad individual e identidad nacional, entre patrimonio espiritual y patrimonio cultural. El desarrollo de las tecnologías de información y de comunicación ofrece a estas tendencias una fuerza inédita. Éstas crean una situación nueva que permite, por ejemplo, la existencia de comunidades desterritorializadas. Patria ideal de los desarraigados, de los aislados, ellas constituyen una diáspora tanto más comprometida que llega a ser marginal. El modelo de las comunidades virtuales representa una alternativa problemática a la convivencia cultural : la herencia familiar antes que la socialización, la herencia de una religión antes que la libertad de conciencia, la memoria sacralizada contra el pensamiento crítico, los lazos afectivos contra los lazos de la razón. Es decir que se cuestiona toda la cadena de la transmisión. Por un lado, la crisis económica que se atraviesa desde hace una treintena de años y por otro, los trastornos geopolíticos sobre puntos sensibles del planeta, ambos abren un período de incertidumbre a diferentes niveles. De este modo surgen preguntas: ¿cómo integrarse a la sociedad cuando se viene de familias desarticuladas? ¿de culturas lejanas? ¿de clases sociales dominadas o del fracaso escolar? La tentación de replegarse sobre sí mismo, sobre sus valores y su patrimonio es una respuesta corriente. Sin embargo, la búsqueda de un ideal radical corresponde a la construcción de un mito creador que puede considerarse peligroso cuando se lo asocia con la violencia.

El retorno del individuo a la modernidad hizo aparecer con fuerza las paradojas de la construcción identitaria (Jean-François Bayard, L’Illusion identitaire, Paris, Fayard, 1996). Por una parte, como ya lo citamos, aumentan las reivindicaciones comunitarias, y por otra, asistimos a la afirmación de un individualismo radical.

Crisis tras crisis diferentes sectores sociales asumen los síntomas de una destrucción social y se vuelven una de las primeras fuentes de crispación identitaria. Existen diversas formas de lo que se podría llamar los “bricolages” identitarios y es tomando en cuenta varios niveles que tenemos la posibilidad de comprender cómo, hoy en día, el individuo aislado, fabrica una identidad, busca “su” verdad, define un personaje. Particularmente, parece que asistimos a una verdadera disyunción entre el sujeto y las instituciones encargadas de estructurar la sociedad. Concretamente, la memoria (entendida como patrimonio cultural) no parece asegurar la transmisión. Todo sucede como si la cultura de lo instantáneo habría barrido y dislocado las estructuras antiguas de referencia, dando lugar a un régimen de subjetividad. Entonces, lo que se reúne a lo común es el hecho de compartir las emociones, la experiencia individual, el lazo pasajero y la comunidad flotante.

Hace ya muchas décadas que nos interrogamos sobre la “crisis de las identidades”, sobre la “recomposición de las identidades” o sobre las “identidades plurales”.¿Y si estamos asistiendo a una crisis de transmisión en lugar de una crisis de  identidades? En realidad, es posible que confundamos los síntomas visibles y las causas primordiales. 


Medios de comunicación y diversidad cultural

La emersión de la mundialización y el desarrollo de los medios de comunicación imponen una nueva cohabitación cultural en “la sociedad individualista de masas” (Dominique Wolton, L’Autre Mondialisation, Paris, Flammarion, 2003). Ésta articula dos dimensiones en el funcionamiento interno de la sociedad: las identidades culturales individuales y las identidades culturales colectivas. Así, se confrontan “una realidad mundial que se fragmenta en un plan cultural y social” y “la persistencia de un discurso sospechoso bajo la mirada de toda problemática cultural colectiva que no se interesa en los individuos” (Wolton, 2003). Lo que parece “novedoso” es que de un hecho de la sociedad pasamos a un hecho político. La importancia de tomar en cuenta lo colectivo sería un avance positivo desde el punto de vista de la sociedad de masas pero la traducción política queda incierta (el riesgo de un refugio en el comunitarismo queda presente). ¿Entonces, qué hacer?

La construcción de la identidad no es un obstáculo sino que llega a ser una condición de la comunicación. Si la pérdida de medidas conduce a la agresividad, las relaciones apuestan a la cooperación. Pero los medios de comunicación pueden además de reforzar los estereotipos, favorecer a una apertura. Construir relaciones supone el reconocimiento de la alteridad, la superación del ser, el respeto de ciertas reglas, la cohabitación con las diferencias.

De esta manera, es importante reflexionar sobre las relaciones mediatizadas dentro de la “sociedad de la comunicación”. ¿Cómo este instrumento permite trascender las identidades? ¿Podría ser también un vector de rechazo de la heterogeneidad? ¿Podría permitir la organización de nuevos referentes identitarios desterritorializados? ¿Podría ser un instrumento de negación de la modernidad a partir de la difusión de ideologías de exclusión? ¿Podría volverse el mejor aliado del comunitarismo favoreciendo la cohabitación de las comunidades? Por lo tanto, la cohabitación cultural pone en juego la dimensión social, siendo el riesgo la etnicización o la cosificación de las identidades. Mejor dicho, el lazo entre la cultura y las dimensiones políticas, económicas y sociales se vuelven más que esenciales. 

Conjuntamente, después de los Derechos del Hombre, los derechos políticos, los derechos económicos y los derechos sociales, hoy en día los derechos culturales se reivindican. Las lenguas originarias, la educación tradicional o ciertas culturas determinadas están a veces priorizadas ante los Derechos del Hombre. Así, el espacio democrático supone reconocer los derechos de otros y el deber de cohabitación. Refugiarse en las identidades puede alimentar la diversidad cultural como también negar la democracia.

Las industrias culturales se acomodan bastante bien en el comunitarismo a medida que el mercado tiende a diversificarse y agrandarse. En el plano político, el cuestionamiento se sitúa en otro nivel: el sentido. Diferentes lógicas están en trabajo y los proyectos políticos proponen decisiones fundamentales. Además, los medios comunitaristas se han invitado a la construcción identitaria con ciertos riegos. Según Wolton (2003), “es reenlazando la cultura con lo social y lo político que podemos evitar las derivaciones indentitarias […] la cultura no justifica todo […] el lazo de la diversidad cultural-práctica democrática debe ser absolutamente preservada”. Lo cultural es sin duda el último “efecto palanca” político de la mundialización.

De este modo, es urgente trazar una línea directriz de acción entre estos dos fenómenos: el individualismo y su bricolaje identitario, de un lado y el comunitarismo y la evolución de las movilizaciones reivindicadas, del otro. Hoy en día, el riesgo de un desprendimiento profundo del tejido social es tal, que es indispensable estudiar este fenómeno para comprenderlo. Pero, del mismo modo, habría que establecer un proceso de respuestas a las incertidumbres de las referencias identitarias. Si la Convención Internacional sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales de la UNESCO es rápidamente y masivamente ratificada por los Estados, puede establecer la dinámica de la diversidad cultural esperada. Así, constituiría el cuadro en el que sería posible extraer la potencia de innovación necesaria que podría calificarse como crisis de transmisión. En lo que nos concierne, emprendemos un programa de investigación que debería aportar algunos elementos de comprensión sobre la relación identidad y medios de comunicación (Construction des identités et pratiques médiatiques: étude d’une crise de la transmition ) www.msha.fr/cemic/grem/axe.htm

Nuestras primeras comprobaciones confirman que las tecnologías de la información y de la comunicación están omnipresentes en el cotidiano de los jóvenes. Una verdadera cultura digital se desarrolló estos últimos años, alrededor de los jóvenes entre 15 y 25 años. Lo que parece transportar hacia la adhesión de esta Net-generación, no son tanto los contenidos sino las múltiples posibilidades relacionales que proponen el móvil, las mensajerías o el Internet. Podemos sin embargo subrayar diferencias según la edad: usos lúdicos entre los más jóvenes, usos comunicacionales entre los adolescentes (blogs particularmente), usos más clásicos en aquellos que tienen entre 18 y 25 años (correo electrónico, descargas de programas y otros).
La relación con los medios de comunicación de estos jóvenes pone en definitiva la problemática de la relación con la cultura. Lo que está en juego aquí, son los nuevos modos de transmisión que se establecen y que provocan profundas mutaciones : nuevos valores, nuevo lugar de la familia, nuevos modelos identitarios. El móvil, la herramienta multifunción a manera del célebre cuchillo suizo, tiene un rol central en el cotidiano y demuestra una cierta angustia espacial que está en relación con la dificultad de inscribir su identidad en un territorio. Lejos de un consumo pasivo de programas, los nuevos usos de los medios de comunicación parecen haber tomado la forma de una mediación relacional constitutiva de una cultura efímera del instante. Pero esta « abertura comunicacional » aparente puede también esconder un fenómeno de repliegue identitario y de tribalización.
 
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