ENSAYOSDe la universidad a la ciudadanía, Tránsito por la comunicación, la identidad y la cultura, Jorge H. Massuco |
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El propósito de este artículo es reflexionar sobre la función de las Universidades en la formación de la ciudadanía, analizar algunas alternativas que están siendo aplicadas y considerar una experiencia particular que se viene realizando desde 1998 en la cátedra de Animación Cultural en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, Ecuador.
Nuestras universidades, que aparecen con la colonia y evolucionan según los modelos de los países hegemónicos, arrastran una pesada carga de contradicciones propias de nuestra sociedad, frente a la cual no atinan a hacer propuestas conceptuales que respondan con originalidad a la realidad que vivimos aquí. Pablo Estrella, desde la Universidad de Cuenca, sostiene que el eje vertebrador de la universidad actual debe ser la práctica cultural, porque su destino es crear una educación que tenga una nueva concepción del desarrollo humano. Si la práctica cultural es producir manifestaciones identitarias, el proyecto universitario debe promover la consolidación de estos procesos, haciendo ciudadanos a través de las profesiones.
No hay dueños de la cultura
Nuestros países no tienen la homogeneidad sociocultural de los países centrales. Estos han desarrollado formas culturales que, trasladadas a América del Sur, se erigen en modelo y paradigma de quienes quieran ser “cultos”. Así, la élite, se constituye en el interlocutor válido y exclusivo (que excluye al “otro”) de la cultura europea.
Pero, ¿quién es el “otro” excluido, sino el vecino inserto en los procesos de la cultura popular?
Cuando Milton Cáceres acuñó la frase no somos atrasados con relación a Europa sino con relación a nuestras potencialidades, hizo algo más que llamarnos la atención: nos dijo que estamos (nosotros, la élite cultural) de espaldas al país y con la mirada en los centros hegemónicos del poder. Nada de esto tendría mayor importancia si no fuese porque contribuye a ahondar las contradicciones y confrontaciones al interior de nuestra realidad social, mientras los de afuera se entretienen observándonos. ¿Para qué sirve la cultura?
Aun cuando el DRAE se ha actualizado y cambió la definición de cultura, tradicionalmente elitista, por una mucho más amplia y cercana a la visión antropológica, los prejuicios en este sentido están tan arraigados que ni la universidad ha podido desprenderse de este modelo: continúa asumiendo como expresión de la cultura a las artes y la literatura.
Sin embargo, la cultura es la voz del devenir de los pueblos: la cultura es la manifestación de la identidad. A la cultura la encontramos en las actividades propias de un pueblo, dictadas por las vivencias y la historia compartidas; a la identidad, en los sentidos y experiencias que animan y dan forma a esas prácticas. Cultura e identidad son las dos caras de la misma moneda. No obstante, en nuestros países, caminan por carriles separados.
Hay un espacio común de participación que necesita ser desarrollado: el nosotros, zona de encuentro, de integración y crecimiento común, que tiene su propia dinámica de incorporación y decantación de formas y contenidos.
Es que estamos viviendo épocas de cambios. Hemos dejado el terreno libre a las hamburguesas y a los jeans, porque consideramos que la comida y la vestimenta degrada la práctica cultural, y ahora debemos aceptarlas porque están presentes y forman parte de nuestra realidad. Luciano Pavarotti canta con Elton John en auditorios masivos, el colombiano Fernando Botero pone en los paseos públicos esculturas de gente gorda y grotesca con las que todos se divierten. Si pensamos que el vals era un baile popular que ofrecía una oportunidad y una excusa para que las parejas se abrazasen en público, que otro tanto sucedió con los quiebres y requiebres del tango nacido en el suburbio, que los negro spirituals nacieron en la esclavitud, que Smetana y Beethoven introducían música folclórica en sus obras, que Wagner se basaba en mitos tradicionales me atrevería a decir que toda expresión de las culturas nacionales pasa por la fusión (la hibridación, diría García Canclini en una adjetivación que no comparto) de las manifestaciones de la cultura popular y la cultura de élite. La identidad se construye en el goce compartido
Si el fin último de la comunicación es encontrarse en el vecino y, yendo más allá, según palabras de Alex Mucchielli, “consiste en modelar mutuamente un mundo común”, la ciudadanía no es más que la resultante de procesos comunicacionales que se construyen en las actividades culturales compartidas.
El viejo paradigma de la comunicación, siempre representado en una proyección horizontal, además de viejo resulta ser una falacia. La comunicación social es vertical y solamente adquiere sentido cuando en la base de la pirámide, donde están los perceptores (según definió en su momento Daniel Prieto), se generan relaciones horizontales.
Crear puntos de encuentro significa crear oportunidades de interacción e identidad. Es aquí donde comunicación, cultura e identidad convergen en la construcción de la ciudadanía.
Cuando disfrutamos una situación particular junto con otra gente significa que parte de nuestra identidad funciona en la misma frecuencia que la del prójimo. Estos caminos integradores deben ser transitados por los jóvenes, como reto consciente dentro del proceso de construcción de identidad.
Por eso las universidades tienen un espacio de intervención irrenunciable, albergan en sus predios a miles de jóvenes -categoría etaria no bien definida entre la adolescencia y la adultez- que están en la edad de los amores, los embarazos precoces, el servicio militar, la búsqueda de vocación, el primer trabajo y los estudios; edad del desconcierto y la marginación social. Este joven, transformado y colmado de saberes pero desarraigado en la propia sociedad, sin arte ni parte en la construcción y uso del espacio urbano, testigo pasivo de la vida cultural en su sentido más amplio, víctima inconsciente de una sociedad que lo somete al consumo y no le da oportunidad de hacer, transita, deambula por una ciudad que le es ajena.
La universidad no puede sustraerse a este problema, y la responsabilidad en la creación de instancias orientadas a desarrollar la relación de los jóvenes con la ciudad es de su especial competencia.
¿Por qué la gente habla de “esta ciudad” y no de “mi ciudad”?
La experiencia de la cátedra de Animación Cultural a la que nos hemos referido al principio de este artículo, ha puesto en evidencia que si se dan las condiciones para que el joven se apropie creativamente de la ciudad, pondrá su entusiasmo, iniciativa, capacidad, originalidad y alto grado de responsabilidad para concretar un proyecto que deje su huella en la ciudad. Todo acto público, todo evento, constituye por sobre todas las cosas una confrontación con la ciudad, especialmente cuando los responsables son los jóvenes, porque es un desafío a su afirmación y autoestima sometidas a juicio de la sociedad.
En 1995, José Sánchez Parga presentó en Quito una ponencia en la que hacía referencia a los “pactos de cultura”. Estos pactos, que nosotros deberíamos llamar de identidad o de ciudadanía, hacen partícipes de una mesa virtual de negociaciones a diversos actores sociales, para asumir la responsabilidad compartida de la construcción cultural con beneficios recíprocos.
Durante la elaboración del proyecto, los estudiantes realizan entrevistas, se relacionan y se informan con los cuatro sectores que han de sostenerlo. La finalidad académica es crear las condiciones y la oportunidad para que los jóvenes realicen un ejercicio de ciudadanía, haciendo de la práctica estudiantil una verdadera praxis, porque intervienen en el sistema de relaciones sociales a partir del axioma de que la cultura es responsabilidad de todos.
Baste decir que para los eventos del año 2001 los estudiantes trabajaron con más de cien empresas e instituciones y un sinnúmero de asesores, consultores, participantes directos, gente de la televisión, del deporte, de las artes y las más diversas actividades profesionales.
Hacer la ciudad Al final del evento los estudiantes han creado una oportunidad de encuentro para la gente de la ciudad. - La universidad: Proyecta su imagen académica, cumple el mandato estatutario creando espacios de expresión, afirma su relación con el medio externo. - Las instituciones: Encuentran una oportunidad para desarrollar una actividad social novedosa y proyectan una imagen corporativa. - Las empresas: Asumen su responsabilidad de integración en los procesos culturales, se relacionan con el medio universitario e intervienen en el desarrollo social y cultural. - Los medios: Encuentran nuevas fuentes de información, en muchos casos novedosas y originales. - Los productores: Tienen una oportunidad de contacto con el público, hacerse conocer, difundir su imagen y su obra. Se relacionan. - El público: Disfruta del contacto identitario en el entretenimiento, punto de integración social. - Los estudiantes: Conocen y se hacen conocer, se apropian de la ciudad, dejan de sentirla ajena, reconocen el espacio para manifestarse, se expresan institucionalmente, dicen y hacen con libertad y creatividad, trabajan en equipo, entienden las reglas y se incorporan al juego ciudadano. Hacen la ciudad. |
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