DUDAS Y RUPTURASEl convidado de piedra, Juan Manuel Rodríguez |
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En su viaje por tierras españolas, el presidente ecuatoriano Rafael Correa ha recalado en la Universidad de Valencia. En el rectorado, un pequeño patio porticado de tres pisos, se ha dispuesto una tarima con mesa rectangular que recogerá al presidente y su corte. Son las doce del mediodía. Tal vez por la hora de un día laborable, el público es escaso. Resguardados por miembros de la guardia civil, periodistas españoles y ecuatorianos y algunos inmigrantes que desean conocer al hombre del socialismo bolivariano permanecen sentados en sillas de plástico. Niños ataviados con trajes típicos de la región valenciana y de Ecuador, el nuevo mestizaje, entregan presentes al visitante que predica el cambio con usos similares a los de sus antecesores. ¿Cambiar hacia qué?
La mirada del orador se derrama sobre los asistentes. De pronto se interrumpe ante la insoslayable estatua de un hombre venerable que, con libro en su mano izquierda, domina el ámbito de la plazoleta. En el pedestal del convidado de piedra, insigne anfitrión y espectador crítico, se destaca una leyenda que dice claríssimo scholari suo et praestantissimo philosopho, Ioanni Ludovico Vives (1880). La efigie de cuerpo entero, obra de José Aixa, representa a Juan Luis Vives, excelente latinista, profesor de las más renombradas universidades de Europa, escritor de unos sesenta tratados, amigo de Tomás Moro y Erasmo, una de las piezas claves del renacimiento humanista. Se trata del valenciano que luchó con pasión contra el absolutismo de los reyes y la ayuda a los menesterosos, enseñó el valor de la libertad de conciencia y la educación sin exclusiones, y vivió amenazado por los inquisidores. Varios de sus familiares, entre ellos su padre, padecieron la hoguera.
Luis Vives fue alumno y profesor en la universidad de Lovaina. El visitante también estudió en ese mismo centro. A pesar de las coincidencias no se reconocen. Entre ellos hay un abismo temporal de quinientos años y una brecha ideológica insuperable aunque la injusticia, abuso del poder e ignorancia que atacan, son las mismas. El uno representa el humanismo, el otro el socialismo utópico y la revancha.
Los contrastes
El orador comienza a disertar de “las bestias salvajes”. Vives imagina que esos deben ser algunos extraños animales de aquellas regiones inexploradas. Pero al rato advierte que se equivoca, que el disertante nomina así a los periodistas, los cronistas modernos encargados de informar al pueblo. Los dueños de esas fieras son los amos de los medios de información. Los periodistas son los esclavos que acatan las órdenes de los empresarios. ¿Acaso los cronistas no tienen conciencia? Los juicios del orador chocan con las ideas de concordia y pacificación que Vives resumió en su Tratado de la concordia y discordia en el género humano. Para los antiguos griegos, ¿no era la concordia social el fundamento de la democracia?
La argumentación aturde a Vives. Él, que ha escrito la Introducción a la sabiduría y el Tratado acerca del socorro a los pobres, se rebela ante los sinsentidos y el odio como materia para acceder a la sociabilidad y fraternidad humanas. El saber debe estar al servicio de la justicia y se debe erradicar el deseo de combate en las argumentaciones porque lo importante no es vencer sino buscar la verdad. Recuerda sus ideas: “La guerra es ocupación más propia de bestias que de hombres. Contestar injuria con injuria es lavar el barro con el barro.” El humanismo sustenta el pluralismo cultural como la base de la justicia, la hermandad y el respeto, un respeto que comienza por aceptar las opiniones contrarias como válidas.
La equidad
“Sin equidad es imposible la conservación de la sociedad.” Y a Vives le parecen injustas las palabras que dividen a la sociedad entre ricos y pobres, sabios e ignorantes, buenos y malos. La columna vertebral de su pensamiento choca contra el sectarismo. Los totalitarismos, como la Inquisición, son dogmáticos, imponen su credo con violencia y condicionan la libertad de conciencia que debe primar en la circulación de las ideas. Vives defiende la pluralidad en la cultura universal. Sus ideas humanistas le han enemistado con el rey de Inglaterra, asesino de su amigo Tomás Moro. Mejor que nadie conoce lo que es el destierro y ser un extraño en tierras desconocidas. Aborrece tanto a los maestros políticos como religiosos porque el fundamento de la conciencia es la educación crítica.
La relación entre poder y ciudadanía es la equidad en la ley y su cumplimiento. Por eso, los gobernantes deben ofrecer un solo espectáculo: el cumplimiento radical de las leyes. Estas leyes deben ser pocas y claras, y están contenidas en el “sermón de la montaña”. Cuando prevalece el egoísmo de los poderosos, las leyes solamente favorecen a unas minorías y son injustas. Las leyes, cuando son justas, obtienen el consenso necesario dentro de la sociedad. La decadencia de las leyes y sus instituciones proviene de la ignorancia y de las exclusiones que promueven las normas dictadas por los gobiernos que creen estar por encima de las leyes. La gente se retira. El humanista observa que el acto ha concluido. El patio rectoral vuelve a quedar vacío. El convidado de piedra preside esa soledad del claustro y piensa: “Muchos habrían podido llegar a la sabiduría si no se hubieran creído ya suficientemente sabios”. |
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