|
Al menos tres paradojas envuelven la
vida de Juan Pablo II, el fenómeno mediático del siglo. No es fácil
hacer un balance objetivo de su rol en la religión, en la política y en
las comunicaciones, en medio de un homenaje de carácter unánime y
universal de tales proporciones que no ha faltado quien hable de
“papolatría”.
Alcance y eficacia
La primera paradoja que envuelve a Juan Pablo II se instala entre el alcance del mensaje y su eficacia.
Una multitud de proporciones bíblicas se hizo presente en Roma cuando
la muerte del Papa. “El funeral más grande de la historia” tituló el
diario El Comercio, de Ecuador, coincidiendo con muchos titulares por
el mundo. Dos millones de peregrinos y cinco mil periodistas llegaron a
Roma desde todas partes del mundo. Pero esto era solo el final lógico
de una trayectoria de 26 años de estrellato. No ha existido figura en
la historia que haya fascinado tanto a las multitudes de todas las
razas y de todas las edades. Nadie ha tenido vigencia por tanto tiempo.
“Su cuarto de hora de gloria le duró un cuarto de siglo”, dijo el periodista francés Gérard Dupuy.
Sin embargo, y aquí está la paradoja, su mensaje no tuvo el mismo éxito
que su presencia. Las multitudes que salieron a recibirle no pusieron
en práctica sus enseñanzas. Recibieron al mensajero pero no el mensaje.
El teólogo Pedro Lamet sostiene que el mundo no entendía su mensaje.
“Es audible para las masas, dice, pero es ininteligible para un amplio
sector. Y es fundamentalista para los líderes de opinión y para los
intelectuales”.
El mundo se maravillaba con el papa estrella, porque su titánico
liderazgo daba seguridad y transmitía fruición mediática, pero la
práctica religiosa iba disminuyendo.
Millones acudieron a escuchar su palabra, pero su influencia en la conducta moral era mínima.
Las claves del liderazgo de Juan Pablo II están en la seguridad que
ofrece al hombre de hoy, solitario y consciente de su condición mortal,
que teme al porvenir y se siente bien en el rebaño siguiendo al pastor,
como dijo Patrick Sabatier.
El éxito que ha tenido entre los líderes y dirigentes políticos de
todas las latitudes, se explica porque ningún líder dejaría pasar la
oportunidad de compartir un lugar en la cima de la popularidad y de
obtener legitimación social y moral, tan decaída por la crisis de las
ideologías políticas.
La iglesia Católica ha perdido terreno durante el reinado de Juan Pablo
II, contradiciendo la apariencia. La población mundial católica ha
bajado del 17,75 por ciento al 17 por ciento, el número de bautizados
crece menos que el de nacimientos y el número de sacerdotes se ha
reducido de 416 mil 320 a 405 mil 450.
Corporalidad y espiritualidad
La segunda paradoja se instala en la dicotomía entre corporalidad y
espiritualidad. En una iglesia que, desde San Agustín, ha tenido la
tentación de negar el cuerpo, Karol Wojtyla representa la recuperación
de la corporalidad . La paradoja de Juan Pablo II está en que, siendo
un hombre de intensa espiritualidad, de vocación mística, exalta el
aspecto físico, no solo en la presencia y valoración del cuerpo sino
también en la liturgia, recuperando el rito y hasta el milagro.
Karol Wojtyla no era un hombre de gran estatura, pero era vigoroso y
saludable y su presencia impresionaba. Desde luego, no era una figura
ascética y espiritual como Pío XII o Paulo VI.
Atleta y actor, el cuerpo es para él un medio de expresión y
comunicación. Un instrumento valioso al servicio de la misión. En la
perspectiva de Juan Pablo II, el cuerpo no está para preservarlo ni
para castigarlo, está para desgastarlo en el servicio de los demás.
La doctora Tymienicka, citada en el libro de Berstein y Politi, dice
que Juan Pablo II era “el hombre más elegante... el actor más elegante.
Hay en él un ingrediente de perfecta compostura y un autocontrol muy
suave en su comportamiento”.
Allí está uno de los secretos de Woytila como fenómeno mediático. Su
carisma reside en la transparencia. Tiene un encanto personal que se
expresa en su manera de mirar, de sonreír, de moverse. Una actitud tan
cálida que seduce irremediablemente.
La valoración de lo físico es constante a lo largo de su vida y no
tiene que ver con el grado de deterioro del cuerpo. En los primeros
años vimos un Papa deportista y real, físicamente real. Un Papa que
esquiaba y hacía montañismo, que no se disgustó cuando una periodista
logró una foto nadando en la piscina que mandó construir en la casa de
verano de Castelgandolfo.
En los últimos años era un Papa enfermo, achacoso, sufriente. El vocero
del Vaticano, Navarro Vals, cuenta que el Papa le solicitó que hiciera
más transparente la oficina de prensa. ¿Qué desea su Santidad, que
exhiba sus radiografías? Le pregunto el vocero. -Es más o menos lo que
tenía en mente- le respondió el Papa.
Después de esta conversación, Navarro entregó a la prensa las
radiografías del colon del Papa. Esto demuestra que la exposición del
calvario del Papa a través de los medios, no fue un acto de
exhibicionismo o una utilización de la Curia Romana con fines
proselitistas. Respondía a una visión de la vida y de la muerte de Juan
Pablo II, responde a su teología del cuerpo.
Centenares de millones de católicos participaron en los funerales por
televisión y han seguido el calvario de su agonía. La Iglesia ha
recuperado con Juan Pablo II una tradición arcaica: el culto a los
muertos y la valoración del sufrimiento y la decadencia que la sociedad
contemporánea prefiere ocultar.
Este rescate de la corporalidad contrasta, sin embargo, con su
espiritualidad . Desde su juventud, Juan Pablo II tenía una inclinación
por el misticismo. Intentó varias veces ingresar en un monasterio para
dedicarse a la vida contemplativa. El obispo Sapieha, su mentor, se lo
impidió. Siempre fue un hombre espiritual. Pasaba largas horas dedicado
a la oración, incluso durante sus extenuantes viajes con agendas
agotadoras. El día que fue elegido arzobispo de Cracovia, según cuentan
sus biógrafos, después de aceptar la designación, fue a un convento de
monjas cercano y pasó en oración toda la noche.
Esta paradójica valoración de lo corporal y lo espiritual constituye
otro de los secretos de su popularidad. Juan Pablo II era un personaje
real y corporal y, al mismo tiempo, tenía un halo que solo emanan las
personas muy espirituales o que han sufrido mucho. Su presencia se
hacía sobrecogedora.
Modernismo y tradicionalismo
La tercera paradoja se instala en la contradicción entre modernidad y tradición.
El Papa estrella utilizó los medios tecnológicos del mundo moderno y
quebró todos los récords. Fue el hombre más filmado y fotografiado del
mundo, el que ha reunido las más grandes multitudes, el que más países
ha visitado, el primer Papa que ingresó en una sinagoga judía o una
mezquita para participar en sus ritos. Todas estas características
parecen describir a un Papa moderno y progresista.
La paradoja está en que este hombre tan interesado en llegar a todas
partes, y tan interesado en dialogar con todos, era en realidad
tradicionalista e intransigente con la doctrina.
El Concilio Vaticano II definió el gobierno de la Iglesia como el
gobierno de los obispos, pero Karol Wojtyla estableció una Curia Romana
centralista, concentrada en la tarea de unificar a la Iglesia y
mantenerla disciplinada.
Utilizó su personalidad y su carisma para doblegar a los disidentes y para imponer su línea doctrinaria.
Trajo de Polonia y de sus años de infancia y juventud las marcas que definieron la
línea que impondría al mundo. Hijo de soldado y súbdito de un sistema
político centralista, no se entusiasmó nunca con la Democracia.
Juan Pablo II lucía muy progresista por su énfasis en la defensa de las
libertades y los derechos humanos, pero hablaba de la liberación de un
sistema que impedía la libertad de conciencia y la libertad religiosa.
Hablaba de una liberación del sistema comunista.
Con su hábil diplomacia contribuyó a la caída del muro de Berlín, pero
en el siguiente viaje a los Estados Unidos denunció al capitalismo y
dejó en claro que liberarse del comunismo no equivalía a aceptar el
capitalismo Los viajes que realizó a los Estados Unidos tenían como
meta denunciar los excesos del capitalismo, interesado solo en el
bienestar material, y unificar la Iglesia norteamericana .
Los modales de modernidad de Juan Pablo II contrastaban con la
intransigencia en la doctrina. Eliminó los extremos de la derecha y de
la izquierda y sometió toda la Iglesia a la férrea disciplina doctrinal
de la Curia Romana.
El teólogo suizo Hans Kung, a quien le prohibió
la cátedra en 1979 porque había cuestionado, entre otras cosas, la
infalibilidad del Papa, hizo un balance del legado de Juan Pablo II ,
pocos días antes de la elección del nuevo pontífice. Dijo Kung que el
Papa fallecido tenía una posición muy conservadora y que la Iglesia
debía abolir la inquisición representada por el cardenal Joseph
Ratzinger, actualmente Benedicto XVI.
|