ENSAYOSPinochet frente a los medios: El ícono noticioso de Chile, Juan Jacobo Velasco

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Más allá de lo simbólico, decir que Pinochet no es una mera noticia no es un truco retórico, es una realidad trascendente. De hecho, el ex general es la noticia chilena por excelencia. Como señala Patricio Navia en el libro Las grandes alamedas, el Chile post Pinochet, el ex general estuvo mucho más presente en la prensa –si aceptamos considerar al New York Times como representativo de la prensa de elite del mundo- después de su arresto en Londres que en cualquier otra instancia de su aparición política mundial.

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Para poner en contexto la presencia de Pinochet en el New York Times, Navia muestra en el gráfico la cantidad de veces que Fidel Castro apareció en las páginas de dicho periódico durante el mismo lapso. Salvando el período de crisis económica que experimentó Chile a principios de los ochenta, Pinochet volvió a ser noticia a partir de su arresto en Londres. Pero después de haber sido enviado de regreso a Chile, su nombre solo fue relacionado con el avance de los juicios que en el país se llevaban a cabo contra el ex dictador.

En Chile, Pinochet es el ícono noticioso más importante de los últimos 30 años. Fue la principal figura mediática durante los diecisiete años de régimen autoritario y en los catorce años de democracia, ocho de los cuales actuó como sombra de la transición en los gobiernos de los presidentes Patricio Aylwin y Eduardo Frei, desde su posición como comandante en jefe del Ejército. A pesar de que a partir de su detención en Londres y su regreso a Chile, su presencia activa como figura pública decayó significativamente, el nivel de atención que generaron los procesos judiciales que se levantaron en su contra nunca dejaron que Pinochet saliera de los apartados de prensa más importantes. Ese interés se intensificó luego que las investigaciones del senado norteamericano sobre posibles fondos del terrorismo en los Estados Unidos develaran las cuentas secretas del ex general en el Banco Riggs y en paraísos fiscales en el Caribe.

A nivel mundial

La importancia que el tema Pinochet tiene a nivel internacional y local dice mucho de lo que su imagen simboliza y, en este contexto, la aproximación noticiosa es significativamente distinta, según si proviene de fuera o dentro de Chile. Mientras que la mayor parte de la prensa mundial desde el inicio del régimen militar trata a Pinochet como un dictador que rompió el orden constitucional chileno, deponiendo cruentamente a un presidente elegido, cometió violaciones a los derechos humanos, abusó del poder y gozó de impunidad, en su país, su nombre recibe un trato deferente debido al apoyo que desde un principio le endilgaron los medios de comunicación social más cercanos.

Estos mismos medios de comunicación pudieron seguir existiendo durante el régimen militar gracias a que, con mayores o menores matices, su adscripción al gobierno los convirtió en una suerte de voceros no oficiales. En ese sentido, los pedidos que las víctimas de la dictadura han hecho tanto a las autoridades militares como civiles de ese entonces, para que reconocieran sus responsabilidades a través de un mea culpa personal e institucional, no se han dirigido a los medios de comunicación que claramente tienen responsabilidad frente a la sociedad en lo concerniente a la calidad de la información, la objetividad y el criterio para administrar las noticias durante el gobierno de las Fuerzas Armadas.

Por eso no sorprende que, pese a que los hechos dan muestras suficientes de su culpabilidad -como máximo personero- en los crímenes imputados a su gobierno, aún se mantenga un manto de silencio en la prensa para enfrentar el juicio histórico de Pinochet. Ello se observa en un lenguaje cifrado lleno de eufemismos. Allí donde en el exterior y en privado se dice dictador, en la prensa chilena aparece general en retiro. Allí donde se habla de dictadura, se cambia por régimen militar. Y en donde se acusa de crímenes de lesa humanidad, asesinatos y torturas, en el establishment comunicacional se habla de procesos.

 Un país distinto

Sin embargo, Pinochet como tema ha ido perdiendo el halo de tabú semántico y eso se nota en el tratamiento de las noticias referidas a él. La democracia ha significado una apertura de la discusión más allá de los gustos de los medios de comunicación social, que han tendido a brindar espacios a los detractores del régimen militar. Ello se debe, por un lado, a la transición democrática y política, que ha significado que la oposición a Pinochet haya permanecido en el Gobierno durante casi 15 años.

La coalición (Concertación) que aglutina a los partidos de la izquierda moderada y del centro (socialdemócratas y demócratas cristianos), con el ejercicio del poder y la legitimidad de las urnas abrió cuñas dentro del sistema de defensa de la imagen del ex general y su legado, impulsando un proceso en algunos casos lento y tortuoso, pero a la larga constante, de revisión de la verdad histórica y de reparación y justicia para las víctimas de los abusos de la dictadura.

Esta búsqueda ha develado las miasmas del gobierno militar, a través de la publicación de los detalles de los asesinatos, crímenes y secuestros cometidos entre 1973 y 1990, mostrando una realidad distinta de la que oficialmente se pregonaba antes de los noventas. El impulso que los diferentes gobiernos concertacionistas le han dado al esclarecimiento de la verdad histórica no pudo haberse concretado sin el apoyo del poder judicial, y sin la participación de los medios de comunicación que comenzaron a realizar sus propias investigaciones.

Si bien en un principio los resultados de las indagaciones fueron más bien tímidos, el periodismo investigativo comenzó a desarrollarse de la mano de las pesquisas judiciales y la percepción de que la mayor libertad posibilitaba ahondar en las investigaciones. Esta mancuerna fue madurando en la medida en que los principales responsables de los crímenes durante la dictadura, tras descubrirse el detalle de su participación, fueron sentenciados (como fue el caso del ex jefe de la policía secreta del régimen, DINA, Manuel Contreras) o quedaron totalmente expuestos ante la opinión pública (Pinochet).

Por otra parte, la libertad que comenzaron a gozar los medios de comunicación no solo se desarrolló a partir de los efectos virtuosos del sistema democrático, también tuvo una veta ligada al cambio generacional y social. La década de los noventas no solo significó la apertura de más espacios de expresión; también fue marcada por el auge económico, y lo que en palabras del sociólogo Eugenio Tironi fue dado a llamar como la irrupción de las masas. En el lapso de catorce años (1985-1998), Chile experimentó un crecimiento sostenido de su economía y del consumo sin precedentes en su historia. El surgimiento de una sociedad consumista impulsó la aparición de nuevos estándares y paradigmas, en los que el mercado marcaba las tendencias. Por ello no extraña que los medios de comunicación, en lugar de establecer una pauta en la opinión pública, empezaran a responder a lo que los consumidores querían, en algunos casos de forma bastante burda. Cuando a fines de los noventa, el dueño del nuevo diario El Metropolitano explicaba las razones que daban origen al proyecto, afirmaba elocuentemente “venimos a llenar un nicho de mercado”.

De este entorno emergió un contingente joven que marcó distancias con la visión ideologizada que caracterizó las tres décadas anteriores. La generación que empezó esta ruptura nació del descreimiento en la política, de la autonomía y la libertad de elección que suponía la economía de mercado, y la necesidad de cuestionar tanto al gobierno de la dictadura como al democráticamente elegido. Buscaban desmitificar todo y comenzaron por el mito máximo: Pinochet

El periódico The Clinic es el ícono de este cambio. Tanto su nombre como su éxito están ligados a las transformaciones de la sociedad chilena y a Pinochet. Cuando el ex dictador cayó preso en Londres, estuvo recluido en la London Clinic por un tiempo, antes de ser trasladado a una mansión en donde esperó que el gobierno inglés aceptara regresarlo a Chile por razones humanitarias. La comedia en que se transformó todo el proceso por devolver a Pinochet a su tierra natal fue ácidamente seguida por lo que en un principio fue un pasquín, pero que después se convirtió en un fenómeno comunicacional que hoy en día edita 50 mil ejemplares semanalmente. Su fundador es un literato que, junto a un grupo de amigos, aprovechó todo el material que la historia de Pinochet en Inglaterra, y la de la clase política chilena en su país -buscando traer al ex general de vuelta-, generosamente le regalaba para, en principio, criticar al establishment con una dosis de humor cáustico.

Este estilo, totalmente nuevo en Chile, tuvo un suceso sin precedentes que convirtió a The Clinic en un medio de comunicación masiva. La consigna no solo era hablar descarnadamente y con sorna de lo que acontece en el país, sino hacerlo sin compromisos y con desenfado. Con el tiempo, además de incluir opiniones y elaborar historias entretenidas en virtud de los hechos, The Clinic comenzó a incursionar en el periodismo de investigación y en la elaboración noticiosa más sofisticada, siempre desde la base de la duda metódica. El medio confronta a toda la clase política, a los personajes públicos y a los mismos medios de comunicación con la misma mirada descreída y crítica, sin ningún pelo en la lengua.

Claro que, en ese espíritu, Pinochet tiene un apartado especial. En las portadas de The Clinic no es difícil encontrar una imagen trucada del ex dictador disfrazado de cuatrero y con el títular se busca ladrón y asesino. Toda la historia reciente desde su regreso de Londres, marcada tanto por los juicios por los derechos humanos, su desafuero, la imposibilidad de procesarlo por su demencia senil y la aparición de las cuentas secretas, han alimentado la imaginación de los editores del semanario y su creatividad para presentar las noticias y los análisis como un homenaje especial a su mentor.

 No hay estrategia que valga

Más que los cambios del entorno, lo que provocó que la opinión pública se volcara masivamente en contra de Pinochet fue él mismo. ¿Qué nexo podían tener la visita de un ex militar a Europa, los atentados del 11-S y las declaraciones del mismo sujeto a un canal de televisión en Miami para autoproclamarse angelito? Nada más que la justificación para que, en un fallo apretadísimo, la Corte Suprema chilena diera inicio a la posibilidad cierta de juzgar al ex dictador. Ello y una opinión pública totalmente volcada en su contra.

Su segundo desafuero es el último eslabón de una cadena de reveses mediáticos que le dieron un giro de 180 grados a sus últimos días. Hasta 1998 tenía asegurado un buen pasar como senador vitalicio, manteniendo una posición cercana con los medios de comunicación que siempre lo respaldaron. Pero su visita a Londres y su posterior detención lo obligaron a aceptar volver a su tierra para enfrentar los juicios por violaciones a los derechos humanos. Eso significaba un revés enorme, porque tener que presentarse en tribunales era una especie de afrenta que, hasta antes de Londres, el ex general había logrado esquivar con precisión de relojero, siguiendo la táctica de no reconocer responsabilidad por los crímenes. A ello, claro, contribuían los medios de comunicación afines a Pinochet, que, si bien por primera vez reconocían que debía ser juzgado por temas vinculados con los derechos humanos, adscribían a la tesis de que tenía que ser devuelto a Chile.

La impresentable demencia senil con la que evitó presentarse ante los juzgados generó un antes y un después que, aparentemente, le devolvía la tranquilidad. Primero, porque lograba evitar ser juzgado. Y segundo, porque la opción de un retiro voluntario llevaba implícita la necesidad de aislarse de los medios de comunicación.

Dos hechos tiraron abajo sus certezas. Las declaraciones a Telemundo en 2003, en las que evidencia una lucidez que se desdice de su supuesta demencia, y la aparición, como parte de una investigación del Senado de los Estados Unidos por los atentados del 11-S, de las cuentas en el banco Riggs por entre cuatro y ocho millones de dólares, de las que habría hecho transferencias justo en la época en que argumentaba su locura temporal.

El descubrimiento de las cuentas secretas golpeaba a Pinochet en el que hasta ese momento se había convertido en su valuarte moral: su aparente probidad. Sus seguidores recitaban como un mantra el aprecio que le tenían por la modernización que le había heredado al país y su honestidad. Pero cuando se enteraron de las platas escondidas, algunos se rasgaron las vestiduras, medios de comunicación incluidos, y apoyaron las investigaciones que inició la justicia.

Ante el apremio, Pinochet aceptó acudir a los tribunales para ver, por primera vez, a un juez. El hecho marcaba un precedente, pues él mismo usaba un tribunal como herramienta para lavar su imagen, un activo tanto o más importante que su legado. Pero ese tipo de recursos también tenía un costo, que era dejar en evidencia que sí podía participar de un proceso legal en su contra. Es así como ahora, en lugar de un juicio, con el desafuero tiene enfrente la retahíla de procesos que han aguardado más de dos décadas, comenzando por su participación en el operativo multinacional conocido como Operación Cóndor.

Para justificar sus fondos, esgrimió tres argumentos, uno de los cuales se basa en la utilización de gastos reservados, lo que ha generado una reacción negativa de la opinión pública que percibe que el uso de esos dineros es sinónimo de robo. Cerca del 85 por ciento de ella considera que Pinochet se apropió indebidamente de recursos estatales. Esta percepción tuvo un impacto directo en los medios de comunicación, incluso en los que tradicionalmente apoyaron al ex dictador, que comenzaron de a poco a darle la espalda. Así, frente al aislamiento y el dedo acusador de la opinión pública, Pinochet tiene pocas posibilidades de armar una estrategia comunicacional exitosa.
 
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