CINE“La pasión de el Cristo”: su controversia, Edmundo Rodríguez Castelo |
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Desde que las representaciones fílmicas de Cristo
dejaron los moldes dulzones y engominados made in Hollywood, hemos
podido ver en la pantalla imágenes de este personaje
histórico-religioso más realistas, más humanas y por supuesto,
provocadoras de polémica, como toda expresión artística que va en
contra de lo ortodoxo y tradicional. Asi, hemos asistido a una sucesión
de películas, desde las malas y regulares, hasta las buenas y
excelentes y, entre estas últimas, a las controvertidas El Evangelio
según San Mateo de Pasolini, La última tentación de Cristo según
Scorsese y, ahora, a La pasión de el Cristo según Mel Gibson. Il Evangelo Secondo Matteo La más importante de estas producciones, y que irrumpió en el arte séptimo como un álito refrescante, fue, sin lugar a dudas, la dada por el discutido poeta y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini en 1964: Il evangelo secondo Matteo; una realización tan pegada a la posible realidad humana de Cristo como pudo hacerlo un artista marxista no creyente, preconizador de un cine de poesía, entre lo popular y lo renacentista, sin ideas preconcebidas ni a favor ni en contra, que quiso llevar a la pantalla lo principal de ese personaje popular universal, que vive en las páginas escritas por los cuatro evangelistas en el Nuevo Testamento, y especialmente Mateo, cuyo Jesús de Nazareth fiel y realmente saltó a la pantalla para, a la par de obtener reconocimientos artísticos -Premio del Jurado del Festival de Venecia-, causar polémica, y aún rechazo, por cuanto para muchos, el Cristo no pudo ser tan humano, tan sencillo, tan humilde, tan ordinario como cualquier judío de inicios de nuestra era. Este personaje había sido representado y visto hasta ese entonces como el King of Kings de la hermosa superproducción de Nicholas Ray, con el engominado galán Jeffrey Hunter -cuyos ojos azules hacían suspirar a tantas espectadoras- encarnando al protagonista de este remake hecho “en CinemaScope y gloriosos colores” en 1961, de la cinta silente The King of Kings filmada en 1927 por Cecil B. Demille, una obra tan tradicional y ortodoxa como solo este realizador podía hacerlo (el de las dos The ten Commandments, de 1923 y 1956). The last temptation of Christ Otra moderna recreación de gran valor estético y visual – a la par que polémica- fue la que en 1988 nos dio el destacado realizador norteamericano Martín Scorsese en The last temptation of Christ, llevando a la pantalla la novela homónima del griego Nikos Kazantzakis (el excomulgado gran escritor de Cristo de nuevo crucificado o Zorba el Griego). Esta imagen fílmica tampoco tuvo gran difusión comercial, pues no recorrió muchas salas de cine, aún siendo en algunas partes vetada radical y oficialmente -como sucedió en Quito- por una pacata jerarquía eclesiástica que, en contubernio con censuras laicas, se opuso tajantemente a una película que se ha atrevido a presentar tan irreverentemente a un Cristo que llega a tener relaciones sexuales con María Magdalena, a convivir con Marta y María, hermanas de Lázaro, en pos a terminar su vida como cualquier hombre ordinario, entre sus hijos y nietos, ante el airado reclamo de sus seguidores fracasados apóstoles. Claro que los santos religiosos -con el alcalde Paz a la cabeza- que se escandalizaron ante estas imágenes, rasgándose las vestiduras como los sacerdotes del Sanedrín judío, no pudieron, ni supieron -¿o no quisieron?- ver hasta el fin esta cinta muy realista y con logrados momentos, versión muy fiel de la novela de Kazantzakis, que sí termina con la muerte de Cristo en la Cruz, tal como aconteció en la realidad histórica anticipada por los profetas y narrada en los Evangelios; novela que se cierra con estas frases: “¡Alabado sea Dios, todo ha ocurrido como debía ocurrir! Lanzó un grito triunfal: ¡Todo esta consumado! Y era como si dijera: Todo comienza”. Lo otro era simplemente “una tentación” -la última- que bien pudo haber tenido ese hombre que nació de María en Belén y murió en el Calvario para marcar el surgimiento del cristianismo, y nuestra era, terminando su misión divina crucificado, superando cualquier tentación. The passion of the Christ Y este año, también precedida de polémica -y una gran polémica- nos ha llegado otra versión fílmica de la figura del Nazareno, aunque solo centrada en sus últimas horas de vida terrena: The passion of the Christh, la realización de Mel Gibson (nacido en 1956 en Peekskill, New York, vivió en Australia desde niño; actor desde 1976 en Summer City, seguido de los éxitosos Mad Max desde 1979), convertido ahora en co-productor, co-guionista y director (función en la cual debutó en el 2000 ganando el premio Oscar con Braveheart). Una Pasión calificada -aun antes de su estreno comercial, el cual casi no llega por altas presiones judías-, de sádica, antisemita, con inexactitudes históricas en vestuario, en peinados y hasta con errores lingüísiícos (ha sido íntegramente filmada en arameo y latín); pero a la cual las iglesias y grupos cristianos de comunidades rurales y ciudades pequeñas norteamericanas le han dado una incondicional acogida, luego de un primer rechazo del Vaticano al conocer únicamente el guión, rechazo inicial que también se convirtió en decisivo apoyo ante la realización ya hecha, con la lapidaria frase del Papa, Juan Pablo II luego de haberla visto: “Es como fue”, aunque sin determinar una posición oficial de la Iglesia. Pros y contras que, eso sí, solo han servido para convertir a esta Pasión en un nuevo fenómeno de taquilla, superando ya a la exageradamente mimada de la Academia: The return of the King; transformándose así en una gran sorpresa para cinéfilos o no (y aun para el mismo Mel Gibson, cuya inversión de 25 millones de dólares estaba en peligro por no encontrar inicialmente distribuidores); y decimos sorpresa tomando en cuenta las pobrísimas recaudaciones de las dos prenombradas cintas polémicas sobre el Mesías, y otras no tan artísticas, pero sí con intenciones más comerciales. The Passion of the Christh ya está considerada como “la película religiosa más exitosa de la historia”. Antecedentes extrafílmicos llegados desde antes del estreno oficial del 19 de marzo -adelantado debido a la amenazante piratería, policial y fiscalmente permitida-, y conociendo los cuales nuestro público y nosotros hemos acudido a espectarla, pudiendo por nuestra parte y como críticos cinematográficos -y no simplemente escandalizados o comprometidos espectadores- anotar que lo primero que cabe es reafirmar esa opinión del Sumo Pontífice, de que lo que hemos visto en la pantalla ocurrió, en más o en menos, como ahí se nos presenta. Son realidades históricas aceptadas por todos -salvo algún despistado e inculto fanático antirreligioso-, y constantes en los hechos contados por Mateo, Marcos, Lucas y Juan en el Nuevo Testamento, cuatro seguidores de Jesús, quienes, conjuntamente con los discípulos del Nazareno, han llevado desde hace más de dos mil años, de generación en generación, la buena nueva de que el Cristo que fue asesinado cruel y aún brutalmente, por la gracia de Dios resucitó, con una vida que impulsa a la humanidad hacia delante, y da base cierta al Cristianismo pues, como decía Pablo en el siglo I a las comunidades de base de Corintio: “Y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados”, como consta en la primera epístola de Pablo a los Corintios, capítulo 15, versículo 17. “En sus llagas hemos sido curados” Y si topamos estos puntos al iniciar este acercamiento crítico a la película, no lo hacemos gratuitamente, o por mera obsesión ideológica nuestra, sino porque hacia este tipo de consideraciones humano-religiosas nos lleva el mismo realizador Mel Gibson, un católico romano ultra conservador, quien precisamente abre el filme con una decidora cita tomada del libro del profeta Isaías: “Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados”. Y, efectivamente, ahí en la pantalla, cruda y descarnadamente, sin ninguna concesión, están presentados ese “traspaso”, ese “molimiento”, que sufrió Cristo por las culpas de todos -no solo de los judíos-, ese “castigo” que “pesó sobre él” para salvar a la humanidad -y no solo a una parte privilegiada de ella-, y las “llagas” que han servido de remedio y por las cuales “hemos sido curados”. Una lectura reflexiva de los Evangelios, especialmente de la Pasión y Muerte de el Cristo, según lo ha indicado Gibson, le salvó aún del suicidio, dentro de una crisis existencial que sufrió hace unos doce años, habiendo entonces llegado a sentir una honda necesidad de contar fílmicamente esta historia, sin tratar de endulzar el dolor y la crueldad que realmente debieron acompañar a actos como la flagelación y la crucifixión que cierra la pasión, ni mucho menos inventar nada (en los créditos del filme consta como asesor un sacerdote jesuita). Y vaya que sí lo ha conseguido con una realización basada en hechos reales, pero no presentados en la forma de un documental realista, sino como una reconstrucción artística que los ha recreado e interpretado válidamente en pos a hacer ver a todo el mundo -creyente o no- lo duro, cruel, violento, sangriento y aún brutal , que debió haber sido el camino de Jesús de Nazareth (sobria y efectivamente caracterizado por Jim Caviezel) en su descenso a los infiernos -esa cámara de torturas de la Torre Antonia-, para luego seguir por la ahora llamada Vía Dolorosa hasta el calvario, hasta el Gólgota, donde le esperaba la ignominiosa muerte en la cruz (como al peor de los criminales). Golpes de la soldadesca al ser detenido en el huerto de Getsemaní, desgarramiento de la piel de todo el cuerpo por los latigazos, escupitajos, perforación de su cabeza con una corona de hirientes espinas, cargar con una pesada cruz sobre sus hombros, en la cual finalmente sería clavado, luego de ser perforados sus manos y pies, para concluir en una lenta agonía de tres horas... Todo debió ser así, como, eso sí, se lo presenta por primera vez en la pantalla, sin concesiones, sin rehusar el más pequeño detalle doloroso, cruel, sangriento, como pudo haber sido el brutal martirio que debió sufrir un Dios, no un simple hombre, víctima inocente del castigo expiatorio por los pecados de toda la humanidad. Sadismo y antisemitismo ¿Sadismo? Algunos detractores de la cinta han hablado de sadismo en la presentación de los hechos anotados. Ciertamente que lo puede haber; pero no en los hechos fílmicos, en la forma de presentarlos por parte del director Gibson, sino en esos personajes que ciertamente gozan en azotar y hacer saltar la sangre de ese cuerpo judío: los soldados romanos, disfrutando al impartir un cruento castigo que, eso sí, parece llega a agotarlos a ellos antes que a la víctima (¿o quizás el sadismo esté en esos espectadores o críticos que, por lo mismo, lo sienten y reclaman por él?) Soldados romanos que son patéticos y tristes instrumentos del odio sentido hacia Jesús por los judíos que conformaban el Sanedrín, liderado por el sumo sacerdote Caifás, quienes hicieron todas las maquinaciones posibles para eliminar a ese carpintero judío que había surgido para molestarles, para estorbarles en sus afanes de amontonar riquezas y mantener el poder, consiguiéndolo gracias a los romanos invasores, con el gobernador Poncio Pilato a la cabeza. Y luego de ver como presenta el realizador de The passion of the Christ estos acontecimientos y a los personajes que los provocaron para hacer se cumpliera el destino del Cordero inocente llevado al matadero, ¿cabe aceptar esa otra acusación gratuitamente hecha al filme, de antisemitismo? Algo que tampoco, nos parece, cabe, pues queda plenamente claro lo dicho: que quienes fueron los acusadores y verdugos de Cristo, NO fue el pueblo judío -ni de ese entonces, ni anterior o posterior- , sino sus altos y corrompidos dirigentes, esos siempre hipócritas y detentadores del poder y sus fáciles riquezas: los sacerdotes, los escribas y los ancianos del Sanedrín. Éstos, con sus sirvientes y claque pagada -como saben crearlo todos los gobiernos corruptos, sin excepción-, hicieron lo posible, e imposible, para eliminar a ese nazareno que les había enfrentado en su forma hipócrita y acomodaticia de interpretar y hacer cumplir la Ley, en sus mentiras, en su desaforada sed de poder, placeres y riquezas... convertidos en sumisos esbirros de los invasores romanos co-explotadores del pueblo judío; romanos que, encabezados por el gobernador Poncio Pilato, supieron lavar oportunamente sus manos de la sangre de ese judío víctima de ambiciosos líderes religiosos y políticos, romanos que también temían por el poder de ese posible Rey de los Judíos: Jesús, el Nazareno. Y en The passion of the Christ, marcando expresamente la posición de ese pueblo judío puro y no contaminado por los poderosos sacerdotes del templo, se pone en boca de un soldado romano esta frase: “es un judío”, en referencia rica y valiosa a la presencia de Simón de Cirene, obligado al comienzo a cargar de mala gana la cruz en ayuda a Jesús, pero luego transformado en un acompañante comprensivo de la inocencia de aquella pobre víctima. Y es judío el pueblo que, entre temeroso y asustado, no comulga con esa subida dolorosa al Calvario; especialmente son judías todas esas mujeres que están alrededor como tristes comparsas acompañantes de la sangrante figura del Nazareno. Mujeres judías en donde está para nosotros lo más doloroso y aun lacerante de esta película -más que en esa violencia visual fruto en ocasiones de la técnica y el trucaje-: como el ver a María, la madre del Cordero (Maia Morgenstern, dándonos una inolvidable y conmovedora Madre Dolorosa), en cuya figura ha sabido el director plasmar morosamente todo el dolor de una madre ante el brutal aniquilamiento de un hijo; dolor silencioso que desemboca en esa genial recreación plástica de La Piedad, tan representada y cantada a lo largo de los siglos: María, la madre, con Jesús, el hijo, muerto en brazos, figuras dolientes desde las cuales Gibson eleva la cámara para hacer ver todo como el centro de una gran isla de dolor hacia donde cae desde lo alto -desde fuera de la pantalla- una gota cristalina -¿quizá una lágrima del Padre?- que estalla en mil partículas, mientras el demonio, soterrado orquestador de todo ese cruento y cruel ajusticiamiento, huye, a la par que se desgarra el velo del templo, se abre la tierra y la tempestad se desata desde un cielo gris y nublado, que ha reemplazado al antes azul y límpido que sirvió de trasfondo contrapunteador de toda la Vía Dolorosa. Y llegará la resurrección Mas, todo no terminará ahí, pues, haciendo ver el valor de este sacrificio que es la justificación de la fe cristiana, en una breve, pero honda escena llegará la resurrección de la víctima cruelmente traspasada, molida, castigada, llena de llagas, por la salvación de todos los hombres. Ciertamente que habría mucho más que analizar en esta destacada obra de arte, con calidad y méritos, excelente (ambientación, ritmo, fondo musical y sonoro, medida en todo lo dramático-histriónico, con visualidad pictórica y gran unidad narrativa y dramática, sin concesiones, golpeante). Pero, sin poder, ni querer alargarnos más de lo que ya lo hemos hecho, no podemos menos que destacar el hábil y efectivo empleo de ese gran recurso cinematográfico: la vuelta atrás en el tiempo -flash-back-, para ir enriqueciendo, sin atentar contra la unidad dramática, este gran camino de la Pasión, con saltos que de las imágenes actuales llevan al espectador hacia la vida anterior del Mesías prometido, presentando breves momentos de su vida, de su misión, de su doctrina, de su palabra: así, de la primera y aún brutal caída con la cruz se regresa a una caída de Jesús niño, para ser ayudado por su madre, quien ahora solamente puede mirarle impotente; o de la sandalia del soldado torturador se retorna al Cristo escribiendo misteriosas palabras en el polvo ante quienes quieren lapidar a la adúltera, recordándose el perdón sin reservas predicado por la nueva doctrina; o del agua que lava las manos de Poncio Pilato, se va al Maestro lavando los píes de sus discípulos en sublime ejemplo de humildad; o se trae la imagen del Nazareno predicando amar especialmente a los enemigos; o se recuerda su sencilla labor de carpintero de los ricos, como cualquier artesano judío popular; o estamos en la última cena con la institución de la Eucaristía. Así, la Pasión y Muerte del Cordero de Dios cobra toda la fuerza y el valor reales y simbólicos que tuvo en el cierre y culminación de una vida única y especial, destinada desde siempre al gran sacrificio que, por primera y única vez, el cine se ha atrevido a hacernos ver en lo duro, trágico, sangriento, violento, aun brutal, que pudo tener. Un filme que nos ha hecho, y creemos que a muchos hará, mirar ese Vía Crucis con nuevos ojos, si no de fe, sí de comprensión humana hacia un inmenso dolor humano que quizás muy poco ha sido apreciado y valorado a lo largo de los tiempos, convertido en un simple ícono festivo, un tanto folclórico, que año tras año se repite y se ha repetido, como algo un tanto etéreo, apartado de nuestra realidad cotidiana, que en ocasiones solo ya es recordado en los murmurantes rezos, casi simples fórmulas vacías de tanta viejita beata que quizá ya ni recuerda qué mismo es o fue la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, deslustrada, despintada, aún desfigurada desde hace mucho por un cristianismo cada vez más frío, más contemporizador, más comprometido con una sociedad occidental laica, pagana, racionalista, ciegamente apegada a un reino de este mundo, por el cual y para el cual no vino a ser torturado, flagelado, coronado de espinas, crucificado, muerto y sepultado el Hijo de Dios, que finalmente resucitó y subió a los cielos, al seno del Padre, como sacudiéndonos casi brutalmente, nos ha recordado el católico y creyente realizador Mel Gibson en su The passion of the Christ, una película, según se ha destacado: hecha por un católico, para católicos; a quienes ciertamente les acercará más a su fe, sacudiéndolos, y ante la cual ha dicho el dominico Agustine Di Noia, subsecretario de la Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe: “Para muchos católicos que vean estas imágenes, la Misa nunca será lo mismo”. |